Episodio 27

1171 Palabras
LAS PALABRAS DE PAPÁ Hace mucho tiempo, en algún lugar del mundo, hubo un niño llamado Fred, quien era hijo único y vivía con sus padres en una casa inmensa con jardines frondosos y coloridos. Las habitaciones en la gran mansión no se podían contar, porque era prácticamente un palacio colmado de toda la inmobiliaria propia de un lugar como ese. Los padres de Fred lo amaban mucho, ya que después de su nacimiento, no pudieron tener más hijos, lo que hicieron de él un niño protegido y estimado tanto por su familia, como por todos los sirvientes de la casa.  Su padre era un hombre adinerado, con grandes terrenos, muchos animales en sus campos y incontables sirvientes en casa que llevaban a cabo todas las funciones y tareas necesarias. Mientras Fred y su madre disfrutaban de la comodidad de ser adinerados. Por otro lado, la madre de Fred era una mujer hermosa, que se enamoró de ese enigmático caballero de pelo castaño y ojos café y decidió unir su vida a la de él, mudándose a la gigantezca mansión en el alto del cerro. Cada día, Fred disfrutaba de la bendición que era ser hijo del dueño y señor de todo aquel imperio que su padre se había forjado a base de mucho esfuerzo y sacrificio. Una mañana de primavera, su padre salió con Fred a recorrer parte de las tierras que eran suyas. Cuando llegaron a un alto, donde podía percibirse la mayoría de ellas, su padre le dijo: ---Mira hijo, un día, todo esto será tuyo. Así que cuando llegue el momento de dirigir todas mis riquezas, recuerda siempre que el hecho de tener mucho no te hace mayor a los demás, y que un buen administrador valora a sus empleados como si fueran parte de su familia. Además, ten cuidado de los bienes, porque si bien es cierto que ellos dan comodidad, no son más importantes que las personas. Cuando seas hombre sabrás que ellos no dan la felicidad. Y por último, escoge bien a tus amigos, porque muchos solo te buscan por lo que tienes. --Está bien, papá, recordaré siempre tus palabras. Después de eso, volvieron a casa y continuaron sus vidas como de costumbre, el padre en sus afanes de administrador y el hijo, siendo niño y disfrutando de su niñez. Con el paso de los años, Fred fue convirtiéndose en un hombre, hasta que, llegada su madurez, su padre le dijo que debía involucrarse en el control de las propiedades a lo que Fred contestó: --Papá, para eso estás tú. Yo quiero divertirme un poco más con mis amigos, más tarde aprenderé. Su padre le reclamó, recordándole que a él le tocaría administrar todo aquello y que si quería prosperar como lo había hecho hasta ahora, debería aprender el manejo, pero Fred, adolescente al fin, y joven inmaduro hizo caso omiso de la encomienda de su padre y no se dedicó a aprender con él. Meses más tarde, el padre de Fred, junto a su esposa, decidieron dejar la mansión por unos días y salir a visitar a una hermana de la madre de Fred, pero en el camino, sufrieron un trágico accidente, y ambos murieron en él, dejando a su hijo huérfano, con todo el compromiso de sus bienes sobre sus hombros y sin la más mínima experiencia de cómo resolver.   Fred tuvo que presentarse solo al velorio de sus padres, donde muchas personas extrañas le saludaban y daban el pésame, pero a él no le importaba nada de eso. Cuando el funeral hubo terminado, el abogado de su padre le invitó a una reunión para informarle que debía pasar a recibir legalmente todas las riquezas que su padre le dejó. Una vez en la oficina, cuando el abogado le habló del número de ceros que tenía su cuenta, Fred lloró amargamente escuchando las palabras que su padre le había dicho cuando era niño, los bienes que ahora tenía no le daban felicidad porque había perdido a sus padres y el dinero no los podría reemplazar. Sin embargo, Fred continúo su vida y fue aprendiendo cómo manejar el negocio. Un día, un comprador se acercó a él y le ofertó comprarle una parte de sus tierras en un monto demasiado bajo. El capataz de su padre le dijo que no lo hiciera, que no le convendría, pero Fred le respondió de manera tosca: --Estas tierras son mías, tú eres un tonto capataz que no tienes nada, así que cállate y metete en tus asuntos. El capataz no le quedó de otra y calló, ofendido por el mal trato dado por el joven. Sin embargo, él tenía la razón, por eso cuando la venta se efectuó, Fred se dio cuenta tarde de la estafa que le habían hecho y esta vez se acordó una vez más de las palabras de su padre: “Los bienes no te hacen superior a los demás”. Sin embargo, cuando quiso retractarse, ya era muy tarde y había perdido al empleado y las tierras. El tiempo transcurrió y Fred continúo con su vida. Cuando se hizo más adulto, conoció a una joven hermosa, que se desvivía por él y consiguió casarse con él en poco menos de dos meses. Sus amigos de la infancia le recomendaron que no lo hiciera, que no la conocía lo suficiente para casarse con ella, y que se diera tiempo hasta confirmar que esa era la mejor decisión. Sin embargo, Fred no escuchó a nadie, él creía que la amaba y se casó con ella sin medir consecuencias. El matrimonio no duró ni una semana, porque cuando vino a ver, la chica se había ido sin dar señales y lo próximo que supo fue de su abogado, cuando ella le solicitaba el divorcio, con un beneficio del cincuenta por ciento de lo que le quedaba. Fred amargamente, tuvo que firmar los papeles y perdió la mitad de las riquezas que le dejó su padre. Como su vida había dado un giro tan triste, Fred se dedicó a beber y a malgastar todo lo que tenía, perdiendo así en apuestas su casa, sus tierras y su dinero. Ahora Fred, que ha desperdiciado sus años, vive en la pobreza y tiene que buscar empleo para poder comer, porque sino morirá de hambre, y mientras busca con el orgullo herido, un lugar para trabajar, resulta que quien lo contrata es el capataz que él una vez trató mal. Para su sorpresa, el capataz no le habló mal, ni lo humilló, sino que le trató bien, con respeto y bondad. --¿Cómo es capaz de actuar bien conmigo, después de todo eso? – le preguntó Fred. -- Porque su padre se encargó de ganarse en amigo conmigo por su buen trato durante años y por respeto a eso, yo le ayudo hoy. Entonces Fred aprendió la lección que su padre tenía razón, y lloró tristemente todo lo perdido, ahora siendo un empleado más, por no haber sabido escuchar lo que su padre quiso que aprendiera.
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