«This time I turn around
And things have changed
Now I don't feel the same
Start a fight
I can't defend
One more time
Dammit, I changed again!».
«Esta vez me doy la vuelta
Y las cosas han cambiado
Ahora no siento lo mismo
Iniciar una pelea
No puedo defenderme
Una vez más
¡Maldita sea, cambié de nuevo!».
Dammit, I Changed Again
Canción de The Offspring
*****
POV Nykolas
Había cerrado la semana de maravilla. Ya me sentía hecho para ese maldito cargo de supervisor. Las groserías y altanerías de Grudell me las pasaba por el forro y prácticamente lo dejaba hablando solo cada vez que se presentaba a dejarme algún justificativo mal elaborado, los cuales no deseché, sino que los archivé para entregárselos a Floyd y que él decidiera qué hacer con su joya de agente. A fin de cuentas, no me pagaban extra por entregar controles de asistencia ni reposos falsificados.
Cogí las carpetas de mi escritorio y salí de la oficina para llevárselas a Daiana, quien casi toda la semana había sido muy amable conmigo, lo cual aproveché para preguntarle, con fingida ingenuidad, sobre los otros supervisores y los formatos más tramitados hacia el almacén, pero ella esquivaba las preguntas con cambios de tema, pues lo menos que deseaba era hablar sobre el aburrido mundo laboral durante los escasos momentos libres.
No quería pensar mal y relacionarla con el tráfico de municiones, pero no podía fiarme de su cara bonita. Ella era tan sospechosa como los demás. No obstante, habíamos almorzado juntos un par de veces, y cuando no comía con ella lo hacía con Hayter, y de manera muy natural, él y yo nos volvimos más colegas que antes. O más amigos, no estaba seguro, para mí Hayter siempre iba a ser una figura de autoridad aunque estuviésemos en el mismo nivel jerárquico.
Escuché tararear a la secretaria y cuando me vió, sonrió y ladeó la cabeza.
—¡Súper! ¿Qué me trae allí?
—El papel de reciclaje que usaremos en un año —bromeé y le mostré el rotulado de la carpeta que describía «CA8».
—Que responsable, entregando los controles de asistencia una hora antes del final de jornada.
—Tú sabes, puntual como siempre…
Ella recibió la carpeta y le dio un rápido vistazo para corroborar que todo estuviese en orden y no implicara una devolución por parte de la Coordinación.
—Todo correcto —afirmó ella—. Voy a llevar esto al piso de arriba y solo queda que sean las cinco para irnos al bar —comentó entusiasmada mientras se dirigía hacia las escaleras.
«¡Mierda! ¿Ya es viernes?».
Me recompuse y asentí algo torpe. No me podía arrepentir, ¿o sí? Iba a ser de mala educación… En cuanto ella se fue por las escaleras, me devolví a mi oficina. Busqué el celular y le escribí a mi Sirena que la vería el sábado temprano para andar en bici. Tal vez me lo imaginaba, pero la sentía algo fría y distante. Quizás un poco aburrida porque mis únicos temas de conversación encerraban las palabras «oficina» y «trabajo».
Me estaba volviendo una persona poco interesante, como un oficinista cualquiera, un ejecutivo más que solo se reía del humor tonto de pasillo y de los chistes malos de algún idiota que preparaba el café en la sala de compartir. Y no quería mostrarme tan simple con Amy, pero ¿de qué otra cosa le iba a hablar? Casi todo el día estaba en un punto extremo. O con torres de papeles informativos que sobrepasaban la altura de mi nariz o mirando por la ventana sin nada que hacer. Y entonces aprovechaba para hablar con Amelia, pero ella casi siempre estaba haciendo deberes en la biblioteca de la universidad… Entonces no me quedaba de otra que malgastar el tiempo en tonterías, como jugar en el celular o continuar mirando el episodio de la serie que dejaba incompleto el día anterior.
Tocaron la puerta y vi mechones largos y oscuros asomarse por el resquicio de la puerta, y de inmediato identifiqué a Daiana, quien terminó de mostrarse y llevaba su cartera al hombro. Un agradable olor dulzón embargó la oficina con rapidez en cuanto ella entró y se paseó por el espacio.
—Computador apagado, escritorio en orden —señaló la muchacha mientras pasaba revista por la oficina—. Mira, todo organizado.
—¿Tan desordenado me veo? Me tienes en mala estima, ¿eh? —dije en tono jocoso y me levanté para vestirme el saco.
—¡Ay!, claro que no… —entonó con dulzura—. ¿Nos vamos?
—Sí, dame un segundo…
Chequeé tener las llaves de la motocicleta en el bolsillo del pantalón y mi celular dentro del saco. Tomé mi bolso y apagué la iluminación. Otros supervisores también estaban saliendo de sus oficinas, puntuales para escapar del edificio antes que ocurriera algo que nos mantuviese dentro de SoulPlate por más tiempo. Se formó una fila frente al ascensor, pero Daiana solía usar las escaleras como yo, bajar cuatro pisos no era un sacrificio.
Charlamos hasta que estuvimos frente a la motocicleta, y preferí llevármela al bar —aunque estuviese muy cerca— porque no pretendía emborracharme —ni entonarme— o dejar que la secretaria se emborrachara. No estaba bien bajo ninguna circunstancia. Una cosa era salir a beber con Alek, al que conocía de muchísimos años y podíamos bebernos hasta el agua de los floreros sin temor porque ambos nos cuidábamos, y otra cosa muy distinta era reunirme amistosamente con la secretaria, a quien conocía de vista hace más de un año, pero tenía pocas semanas siendo más cercana nuestra convivencia.
Entonces, nos subimos a la moto e innecesariamente conduje hasta el bar a una cuadra. Fue una formalidad, y no pude ocultar mi risa, porque fue estúpido; desde la esquina de la cuadra del bar podía ver el estacionamiento de la agencia, y a Daiana también le hizo gracia, y al bajarse de la moto soltó su carcajada y se acomodó el cabello detrás de los hombros, como si se hubiese despeinado mucho por el ajetreado viaje.
Ingresamos al bar y pensé que nos sentaríamos en la barra, pero la pelinegra tomó asiento en un banco alto y estilizado, junto a una mesita circular y otro banco. La seguí, no quedaba de otra.
«¿Y ahora?».
Junté mis dedos sobre el borde de la mesita, como si esperara que algo ocurriera. O que alguien se acercara a ofrecernos algo, y en definitiva, necesitaba que ocurriera lo segundo, porque no tenía idea de qué carajo hacer. Daiana se toqueteaba el cabello y trataba de esponjar su flequillo, que a mi parecer, ya lucía bastante abultado. No era como el de Amelia, que se fusionaba con el resto de su cabello largo, nada que ver. Este era recto, abombado y pesado, y era la característica que le otorgaba su sobrenombre en la agencia.
Muñeca.
Pronto un mesero se acercó y ella pidió una cerveza y yo sumé una segunda, y unas brochetas mixtas que ella apoyó. Me excusé para lavarme las manos y ella me dijo que iría luego de mí, a lo que, de forma educada le ofrecí que fuese primero a los servicios, pero ella negó con gracia y me dejó ir primero. Al salir del baño miré hacia mi mesa, y ya nos habían llevado las cervezas, entonces fue el turno de Daiana, quien bajó de un salto del taburete, batió su cabello y me sonrió al pasar por mi lado.
«¿Acaba de coquetearme?».
Las botellas estaban cerradas y los vasos reposaban a un lado. Decidí esperar que volviera la muchacha, era mejor que presenciara cuando le sirviera la cerveza en el vaso, o que ella misma lo hiciera, por esas cosas de la seguridad personal y los tragos con drogas. Ella volvió y el «¡pop!» del tapón corona que sellaba las botellas fue suficiente para romper la rara tensión que se había creado en la mesita, y a los minutos la conversación fluía como las mismas burbujas de gas que estallaban en nuestras bocas.