Niña

1881 Palabras
Amanecí con los puños bien cerrados Y la rabia insolente de mi juventud La ingenuidad Nos absuelve de equivocarnos Que cada uno aporte lo que sepa Iberia sumergida Canción de Enrique Bunbury ***** POV Nykolas La vida se basa en rutinas. Desde que nacemos, los padres creaban una rutina en la vida de su pequeño, y al crecer, le enseñaban una rutina a ese ser, que modificará con el pasar del tiempo, y evolucionará a costumbre. Mi rutina acostumbrada era despertar, y sin proponérmelo, mi mente se desbocaba en Amelia. Pero ahora era beber café evitando los pensamientos relacionados con Amelia. Ir a trabajar desganado porque ya no buscaría una excusa para sacar el celular y escribirle o llamarla para saber de ella, porque… No sé. Tal vez estaba siendo muy orgulloso, pero su actitud me sacaba de quicio. Me hacía hervir la sangre y me tintaba de n***o el ánimo.  Coño. Es que nada más con pensar en su ineptitud, me refrescaba la rabia de hace días, y su desesperante e irracional soberbia, y esa manera tan altiva de mirar, de respirar, de actuar tan deliberadamente, sin meditar consecuencias… Tan inmadura… La inexperiencia era una bacteria en su torrente sanguíneo, y por mucho que quisiera aconsejarla y mantenerla recta en su camino, ella, con su actitud reacia a los cambios, tenía la enfermedad pululando hasta en su fuero interno, y con eso yo no podía combatir. —¿Todo bien, men? —preguntó Alek y me observó con intriga Estábamos haciendo la fila para tomar el ascensor en SoulPlate. —Sí. Miré el panel electrónico y el ascensor no se movía del piso diez. Resoplé, miré la puerta que conllevaba a las escaleras de emergencia y luego a Alek, y un simple ademán con el mentón bastó para que nos fuéramos por las escaleras. —Cristina está insoportable. Si llego temprano se disgusta porque la hago sentir culpable por demorarse, y si llego un minuto después de las siete, soy un impuntual… —Así son las mujeres… —zanjé y continué subiendo las escaleras. —Eso parece… ¿Y la niña? —No sé y no me interesa. Es una orgullosa, insolente y, coño, ella no va a ser más orgullosa que yo. Está desubicada. No me va a tener como un monigote, ya quemé esa etapa —rezongué en voz baja, pero el eco de las escaleras hizo resonar mi voz con fuerza, y pisé más fuerte los peldaños mientras subía.  —¿Martina? Me detuve y rebobiné su pregunta. Coño. —Martina está bien, bella como siempre… —Orgullosa e insolente. ¿No es muy pequeña para actuar así? —burló y me rebasó.  Me quedé callado y seguí subiendo escalones. Él se detuvo en el descanso del cuarto piso, abrió la puerta cortafuego y me esperó. —Voy al sexto —avisé. —¿Y eso, men? —Nada grave, luego te explico. —¿Unas frías al salir? —propuso. «¿Por qué no? Tengo tiempo sin hacer vida social». —Si me esperas hasta las siete… —advertí. A él tampoco le gustaba esperar.  —Es viernes, tengo el fin libre. —Yo también. No se diga más.  Alek continuó su rumbo, y yo hice igual. Al llegar al sexto piso, me anuncié y a los minutos entré a la oficina de Curtson. Estaba convencido que un cambio laboral me iba a ayudar mucho para establecer los cimientos de mi futuro, en el que me veía sin deudas, con una familia y más bienes materiales, como un auto o un apartamento. Pero coño… ¿Podría hacer una familia con mi terca Amelia? ***** Tres horas después —Entonces Curtson m-me quiere como su i-informante —hipeé y meneé la fría botella de cerveza. —Así que de eso se trata… Te da uuun cargo a cambio de tus ojos.  —¿Nada mal, eh? Alcé la botella y brindé con Alek. Bebí otro sorbo, más profundo y continuo que los anteriores. Puse la botella en la mesa y quedaba un dedo del alcohol. La de Alek también había quedado vacía. —Nada mal… ¿Y si dan con el tipo que saca las… las…? —Arrugó el ceño y movió una mano en el aire—. Las balas, pues.  —Igual me quedo con el cargo. —Vaya, serás la perra de Curtson. —Por lo menos para… para Hayter ya lo soy. Desde que Curtson me ayudó asignándome con Waldorf, quedé como su acólito.  —Sí eres basura —soltó Alek y carcajeó. Le hizo una seña al barman y ordenó otras dos cervezas. —Si te lo hubiese propuesto a ti, ¿lo hubieses rechazado? —Para nada. Ahí estaría debajo del escritorio de Curtson… —dijo y alzó una ceja.  No pude evitar reírme de manera escandalosa y desenfadada. Aunque teníamos menos de seis botellas en la barra, podía sentir el pequeño mareo del alcohol en la sangre. Y si me olía debajo del saco, percibía con mayor solidez el aroma de la cebada. En ese momento, el barman nos pasó las cervezas.  —Cerdo asqueroso… —señalé y bebí de la nueva botella.  —Me vas a decir que no temiste que eso ocurriera.  —No, que puto asco. Hubiese salido de la oficina en menos de un segundo… —Uhm… —gruñó y también probó la cerveza. Al cabo de dos rondas más, ya no podía con mi lengua. Las frases más insignificantes y tontas me hacían reír como si estuviese entre el público de una presentación de Stand Up Comedy, y en definitiva, ya era hora de irnos. —Que puta hueva caminarrr por las motossss —balbuceé. —¿Motosss? N-no no. Un taxi, un Uber, cualquier v***a que no manejemosss… —Yo puedo manejar bien así —me mofé—. Le di clases a Valentino Rossi y ve a donde llegó el fettuccine. Nos quedamos de pie a media cuadra del bar. El estacionamiento de SoulPlate estaba a la vuelta de la cuadra, pero se veía tan lejano que cansaba de solo echar un vistazo. —Estoo… estoy pidiendo un Uber. Amelia me mataría si te dejo ir en ese estado. —¿En cuál eshtado? Trastabillé al bajar el escalón de la calzada y seguí andando hacia la agencia. —¡En ese! —gritó Alek y su voz resonó en la avenida. Me dio alcance a los pocos segundos, y luego era yo el que se quedaba atrás. Al llegar a SoulPlate, vi un auto plateado, al que Alek se asomó y luego me instó a subir a la parte trasera. Parecía que mi cabeza se había subido a alguna atracción mecánica, porque cualquier punto que miraba, se movía, y me era inevitable recostarme del vidrio de la ventana buscando estabilidad. Al cabo de varios minutos, Alek bajó del auto y yo bajé con él, y reconocí la casa frente a mis ojos como la mía, pero una persona se acercó muy rápido a mí y me batuqueó por la ropa. —¡Esto es el colmo! —chilló—. ¡Ve cómo estás! —Arrugó la nariz y volvió a hacer la mueca de disgusto—. Y ni se diga de cómo hueles… ¡Nykolas! —Mi Sirenita preciosa —balbuceé y la cogí por las mejillas—. A la que m-menos pensaba ver era a ti… —¡¿Y tú lo dejaste ponerse así?! —chilló más fuerte cuando me acerqué para besarla, y ella me empujó y se soltó de mis manos.  —Él quería manejar… —respondió Alek con voz queda—. Créeme, evité una tragedia. —Nykolas, entra y te das un baño —ordenó y señaló la puerta. —N-no sé dónde están mis llaves —murmuré toqueteándome los bolsillos.  —Si las encuentro, vamos a tener serios problemas, más de los que ya tenemos… —masculló mi Sirena. Me parecía graciosa y hasta absurda su actitud, hasta que, de un certero empujón me tiró contra el marco de la puerta y comenzó a revisarme. Encontró las llaves y me intimidó con la fría mirada que despidieron sus ojos. —Creo que sobro aquí —dijo Alek con las manos en alto y comenzó a retroceder.  —Gracias por traerlo, Alekséi —soltó Amy, y se giró algo brusca hacia él.  —A la orden, Amy… Amelia… Alek bajó las manos, me observó con las cejas arqueadas y la mandíbula apretada, y con un movimiento rápido pasó un dedo por su cuello cuando Amy no miraba. Giró y siguió caminando lejos de mí casa.  —¿También acabas de… de cagar de miedo a mi mejor amigo? —¿También? —replicó ella y abrió la puerta—. ¿Me tienes miedo? —¿En este momento? No, no… Bueno, sí. N-no es para menos, me amenazaste… —Te vas a bañar, tienes diez minutos. Un minuto más y me voy. Tan amenazantes lucían sus ojos al mirarme que no dudé en obedecerla. Fui derechito al baño. Agua fría en todo mi cuerpo, cepillado de dientes y luego enjuague bucal, y casi, casi, era una persona normal. Salvo que veía doble en algunos segundos, pero si parpadeaba rápido se me normalizaba la visión. Amy estaba sentada en la cama de mi habitación, y salió cuando pretendí vestirme. Ya no estaba enojado con ella, la extrañaba mucho, pero en ese momento la vergüenza era el sentimiento predominante en mi cabeza. Bajé para hacer las paces con ella, y la vi revolviendo el refrigerador. Volteó hacia mí por un segundo y continuó revisando.  —¿Tienes hambre? —preguntó con seriedad.  —N-no sé, tengo que… Amy, lo siento. Ella sacó varios embutidos y los colocó en la mesada. Se giró y apoyó su peso en el borde. —¿Qué sientes? —Vergüenza… —murmuré y bajé la mirada—. Sabes que no hicimos bien, pero en este momento me siento patético… Odio que me veas a-así. —Entonces no hagas nada para verte así —replicó y me señaló con una mano, que terminó palmeando su muslo—. Mira, tienes razón en tanto, Nyx. Podemos ser, por fin, una pareja normal, y dejar las mentiras atrás, y hacer las cosas bien, es solo… Q-que no me lo creo —dudó y sus dedos hicieron un baile entre ellos—. Me parece increíble que tú y yo podamos andar libres y juntos por la vida.  —Nena, podemos hacer las cosas bien, tú sabes… Ambos sonreímos y me acerqué, la rodeé por la cintura y ella recostó su cara en mi pecho y sentí sus manos descansar en mi espalda baja, como si le diera pena apretarme el trasero. —Bueno, a partir de mañana. —¿Por qué mañana? —Porque me escapé hoy para verte —comentó con la cara alzada y sonrió. —Coño, pero es que tú no aprendes —recalqué como un irónico regaño y le azoté el trasero. Pero ya daba igual, esa noche no la iba a dejar ir. Su castigo iba a ser el mismo si llegaba a las once de la noche o a las seis de la mañana. 
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