Café

2430 Palabras
«There's nothing more that I can say but on a day like today I pass the time away and walk a quiet mile with you».   «No hay nada más que decir en un día como este, Solo paso el rato y camino una silenciosa milla a tu lado». Out on the Tiles Canción de Led Zeppelin ***** POV Amelia Luego del vergonzoso episodio del «viaje y la perforación», no había visto más a Ahrianna, pero ahora me conseguía por las caminerías a su primo, Leonard. Y a pesar de su espeluznante presencia, era agradable. Bueno no muy agradable, al menos no era mala compañía. También era raro. Muy raro. Caminábamos hacia uno de los cafetines, había desayunado muy poco y quería comer algo antes de ir al hotel a trabajar. —Entonces la Princesa descubrió que el piercing no era real. —Y vaya manera en que lo descubrí. Fui la burla de mi madre. —Hubiese sido gracioso de ver. Fruncí el ceño y él hizo una media sonrisa. —Por lo menos no dejaste que me hiciera algo así en ese estado. Te lo agradezco —agradecí con sinceridad, aunque soné sarcástica.  —Por nada… Al llegar a la cafetería, me compré una dona y un café capuchino —que estaba calientísimo—, y el rarito solo compró café n***o. Nos sentamos para comerme mi dona, pero fue un poco incómodo, y no porque la mesa de la cafetería bailaba un poco, sino porque el muchacho no dejaba de detallar mis movimientos. Y masticar y respirar se me hizo difícil con una mirada tan pesada —y llamativa— como la de él. —¿Cuántos meses tiene la criatura? —¿Cuál criatura? —cuestioné y mordí la dona de dulce de leche. Estaba sabrosísima.  —La que… Olvídalo —cortó y bebió su café—. No deberías fumar más —mencionó como un recordatorio, y con atrevimiento pasó un dedo por mi mejilla y vi el dulce de la dona embarrado, el cual él lamió.  Asentí un poco perturbada y me esforcé en ignorarlo, pues continuaba mirándome como un acosador. Mi celular vibró dentro del bolsillo de mi ajustado jean y lo saqué, con algo de dificultad. Pensé que tal vez podría ser Ahrianna avisando que se reuniría conmigo, y así su primo no continuaría siendo «el de la mirada intensa», pero me equivoqué al ver que era Nyx quien me había escrito: —Estoy afuera del campus, vamos a almorzar.  Sonreí y le envié una respuesta afirmativa. Envolví la dona en varias servilletas y cogí mi vaso de café. —Me tengo que ir, mi novio me espera —avisé como alguna clase de despedida. —Uh, okey. Te acompaño a la salida. —Te lo agradezco, pero no es necesario —dije con una fingida sonrisa, al tiempo que me colocaba de pie. —Insisto. Además, me gustaría ver quién es el novio de la Princesa. El apodo de «Princesa» me estaba fastidiando. Suspiré, me sobé sobre las cejas y cogí mis pertenencias. Decirle que dejara de llamarme así no iba a funcionar.  —Como quieras —farfullé. Salimos del comedor y apresuré mis tenis por la caminería, tanto que Leonard se quedó atrás, y a lo lejos vi a Nyx sobre su motocicleta negra con líneas azules. No se había quitado el casco y seguía sobre el vehículo, pero cambió de parecer al verme y se bajó enseguida, y caminó hacia mí y extendí mis brazos hacia él, buscando encontrarnos con un abrazo, pero me esquivó y me arrebató el vaso de café. No vi en qué momento sucedió, pero cuando me percaté, Leonard estaba mojado de café y con una marca roja en la cara. —¡Nyx! —grité. «¿Qué ocurrió?».  Me tomó del brazo y me arrastró hasta llegar a la moto, espetó un «sube» muy tosco y le obedecí antes que me quitara la dona y me la lanzara. Busqué a Leonard y estaba secándose la cara, y un hematoma muy rojo se comenzaba a formar en su mejilla. —¿Nyx, qué sucedió? —Ahora te explico —respondió y arrancó la motocicleta. Me sorprendió que, después de todo, estuviese como si no le hubiese tirado un vaso de café caliente a otro tipo. Pero también me extrañó que Leonard no hizo nada para defenderse… Tampoco lo conocía mucho, pero mi reacción hubiese sido defenderme, así fuese tirando arañazos al aire.  Nos detuvimos en un restaurante en el que la mayoría de los comensales que vi a través de la ventana vestían trajes formales, como el de Nyx. Dejamos la moto en el parqueadero y él quiso entrar al restaurante, pero lo detuve. —¿Qué pasó? ¿Por qué lo atacaste? —Te estaba viendo el culo. Retrocedí un paso y parpadeé, incrédula. —¿Tú crees que voy a quedarme de brazos cruzados mientras el enfermo mental ese te veía hasta la médula? —replicó, acortando la distancia hacia mí, lo que me hizo sentir minúscula delante de su formidable presencia—. Me disculpas si te pareció exacerbado, pero no. —P-pero no puedes estar por ahí repartiendo golpes a cualquiera que me vea… —Te hice respetar, es todo.  —Nyx —musité, intimidada. —Mira, tal vez me extralimité, pero no hay vuelta atrás. Se lo merecía. —Es el primo de Ari, y es un compañero mío, lo conozco. Alzó las cejas y asintió despacio con ambas manos atenazando su cintura.  —Bueno, tal vez ahora lo desconozcas… —Nykolas, te exijo que sea la última vez que hagas algo así. Hizo un resoplido despectivo, me agarró de la mano y me entró a la fuerza al restaurante. Nos dirigimos lejos de la entrada, junto a una pared, y me quedé de pie cuando él señaló la mesa. Es que él no podía ponerse como un energúmeno cada vez que alguien tuviese alguna clase de atención hacia mí. —¡Nykolas! Deja de ignorarme, ¿estás escuchando algo de lo que te digo? —reproché y mi voz se hizo aguda aunque le hablé en voz baja.  Se posicionó detrás de mí y sus manos cubrieron mis hombros.  —Deja de decirme «Nykolas». Se buena novia, agradéceme que saqué a un inadaptado de tu círculo de amistades y almuerza tranquila conmigo —masculló en mi oído y besó mi mejilla. Movió la silla para que me sentará, y por mera rebeldía, me tiré sobre ella y yo misma me arrimé a la mesa. Nos llevaron el menú, y no habíamos leído la carta, cuando ya él había pedido una cerveza. ¿Qué le pasaba? —Nyk… Nyx —repuse, más calmada—, ¿qué sucede? No es solo lo del primo de Ari. ¿Pasa algo? —N-no, todo está bien —titubeó, apoyó los codos en la mesa y entrelazó los dedos, sobre los que recostó su frente. —Claro, todo está bien —repetí como una burla—. Cielo… ¿Qué ocurre? Él suspiró y apoyó el mentón sobre una mano. —Nena, estoy estresado… No han dado los resultados de las pruebas para la vacante… —Eso. ¿No indicaron cuándo harán el anuncio? —No, y eso es lo que más me estresa. No puedo pensar en otra cosa que no sea eso. —Pues, deberías, es que ve cómo estás… —No puedo, ya me ilusioné.  Escucharlo tan preocupado por los resultados me causó ternura. Me había explicado con mucha emoción cuánto quería el cargo, aunque no fue algo en lo que se imaginó alguna vez, porque su personalidad poco se acoplaba a los horarios de oficina y las rutinas acartonadas, pero su conciencia le aconsejó que era la estabilidad que necesitaba. —Va a suceder, será para ti —musité con dulzura y pasé varios dedos por su mejilla—. Estudiaste mucho y ese jefe que te ingresó al curso, está de tu parte. Él te ayudará también. —Eso quiero creer. Mira. —Se inclinó más hacia mí, como si me fuese a contar un importante secreto—. Si los cálculos no me fallan, en un año salgo de mis deudas, y puedo comenzar a equipar mi casa —dijo en voz baja, y su boca cambió de una seria línea a la de una pequeña y sincera sonrisa. —¿En serio? —repliqué, sorprendida y feliz—. Mi Cielo, ya verás que sí se podrá. —Pero que sea pronto, porque odio las esperas, y ve. Pedí una cerveza y no me la han traído… —Tonto —musité y me incliné para besarle la nariz. La conversación sirvió para que él se desestresara, o al menos, se desahogara. Porque, siendo realista, él necesitaba vivir con estrés, con un problema que lo motivara y empujara a buscarle solución. Después que le llevaron la cerveza, la compartimos y almorzamos. —Que tipo tan raro… —comentó cuando salíamos del restaurante.  —¿Quién? No vi a nadie raro en el restaurante —dije y volteé, buscando a mi alrededor.  —Éste… El amigo tuyo, al que le aventé el café. —Ah… pero no es mi amigo. Es el primo de Ahrianna.  —Ah ham… Hay que estar loco para tatuarse la esclerótica. Y la cara. Y hacerse tantas perforaciones —continuó, al tiempo que nos dirigimos hacia la motocicleta.  —¿Verdad? La primera vez que lo vi me dio escalofríos. —Uhm… ¿Casa u hotel? —Hotel, picarón —cuchicheé coqueta y moví los hombros como si sonara música sensual de fondo.  —Si haces eso, pienso mal —dijo y me entregó el casco un poco brusco.  Viré los ojos con odiosidad, me puse el casco y subí a la motocicleta para irnos. Al llegar al hotel, me bajé, le devolví el casco y le di un beso de despedida cuando se sacó el casco de su cabeza, y él, en vez de colocárselo de nuevo, bajó de la moto —ya apagada— y caminó en dirección al lobby. —¿Vienes también? —Llevo tiempo sin ver a tu mamá. —¿Y por qué quieres ver a mi madre? —inquirí, con mucha extrañeza.  Me miró con la cabeza ladeada por unos pocos segundos, sonrió y entrelazó con suavidad sus dedos a los míos para guiarme a través del lobby hasta dentro del ascensor, cuyas puertas estaban abiertas de par en par.  —Cortesía, Amor. ¿No la puedo ver? —Claro que puedes, pero debe estar atareada de trabajo, ya sabes como es… Le dio comando al pulsar el botón del piso diez y las puertas amagaron en cerrarse, sin embargo Nyx detuvo el cierre al pulsar otro botón en el panel, pues unas personas se apresuraron para entrar a la cabina. Y más atrás de las personas, escuché la dulce voz de mi madre, y al posar los ojos al frente, la vi con Khaled. Asumí que volvían de almorzar, y mi madre vio a Nyx y luego a mí, acurrucada bajo uno de sus cálidos brazos, y él me soltó y saludé a mi madre con un mimoso abrazo y a Khal con un ligero beso en la mejilla, para no activar las alarmas de celos de Nyx. Subimos al área administrativa, y anduvimos hasta la oficina de mamá. Mi madre no dejó de charlar con Nyx, pues, tenían varias semanas sin verse. —Ay, Nykolas. Estuve llamándote, pero la llamada nunca conectó, y luego Amelia me comentó que tu celular se había dañado, ¿Lo pudiste reparar? Mi cara se puso de mil colores e inmediatamente volteé hacia Nyx, quien entrecerró los ojos y asintió despacio, y me dio una de sus miradas intimidantes. —Sí, sí… fue un problema con la batería, pero ya lo solucioné. Suspiré aliviada y me mordí los labios, queriendo huir de ahí. —Yo sabía que había olvidado algo —soltó mi madre de repente y frunció el ceño—. Amy, ¿me buscas un Cuatro Leches en el restaurante? —¡Claro que sí! Nyx, ¿me acompañas? —Vamos, Amor… —¿Sería mucho pedir un pudín de chocolate? —preguntó Khal, quien había permanecido callado y concentrado en su portátil por largo rato. Le sonreí al asentir y él me sonrió de vuelta. Nyx me abrió la puerta y casi corrí por el pasillo para llegar al ascensor. Mi novio me dio alcance y se situó a mi lado, con una mano en mis costillas y su mejilla sobre mi cabeza. —Nena, ¿cómo es eso que se me dañó el celular? Hice un puchero de manera inconsciente y la mano libre de Nyx me apretó las mejillas. —Habla, Nena. —Le dije que se te había dañado el celular cuando estuvimos con tu familia y que por eso no contestabas sus llamadas. —Ah… Vale. Sonó tan calmado, que me vi en la necesidad de expresar mi duda. —¿No estás enojado? —No mucho, solo no le veo sentido, pero… ¿Por qué no me llegan sus llamadas? ¿Las bloqueaste? —Sí…  Me sujetó la cara con más fuerza y mis mejillas quedaron apretujadas entre sus dedos. —Coño, eres necia. Arréglame el celular —exigió y sacó su móvil—. Porque yo tampoco puedo comunicarme con ella. Tomé el aparato y entré en las configuraciones para desbloquear las llamadas de mi madre. Él me guió dentro del ascensor y yo continué en mi labor. Más tarde, ya habíamos merendado, y estuve sacando copias por largo rato, y trasladando carpetas y resmas de papel entre las demás oficinas, mientras que Nyx charlaba con mi madre en su despacho. Cuando volví a la oficina de mamá, Nyx se levantaba de uno de los sillones y se cerraba el saco, y Khal ya no estaba allí.  —Me tengo que ir —avisó. Se veía tenso. —¿Sucedió algo malo? —preguntó mi madre.  —No, no… Eso creo, me llamó Hayter. Debe ser por lo del curso que le comenté, tal vez ya salieron los resultados.  Asentí despacio y pregunté: —¿No te lo confirmó? —No. Te llamo más tarde, ¿sí? —murmuró y me besó en la mejilla. —T-te acompaño… —Me ofrecí, él asintió y se despidió de mi madre con dos besos en las mejillas. Antes de salir de la oficina le hablé a mi madre—: Ya vuelvo. 
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