Capítulo 1

502 Palabras
Madison Las cabezas disecadas de animales parecían burlarse de mí mientras cruzaba el largo pasillo hasta el final, hasta el despacho del señor Conall. Siempre he odiado pasar por aquel sitio. Es como si el olor a incienso y todos esos animales muertos presenciaran algo malo, algún trato o promesa que tan solo beneficiaría a Sebastian. No podía dejar de preguntarme si había hecho algo mal. Uno de los de seguridad había estado aporreando mi puerta con más fuerza de la que debería estar permitida a esas horas de la mañana. Y es que ¿para qué me iban a necesitar tan pronto? En mi mente aún adormecida no tenía sentido, aunque estoy segura de que en la del señor sí. De repente recordé lo que pasó la última vez que prácticamente me arrastraron hasta ese despacho y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. —Señorita Medina —me saluda indiferente el mismo guardaespaldas que me despertó hace un rato—. Llegas tarde, Conall te espera desde hace más de media hora y ambos sabemos que no le gusta esperar. —Gracias, Carles —le respondí cansada, intentando sonar igual de borde que él. No contestó, y yo sonreí al ver que apretaba el puño contra su costado. La verdad es que era fácil cabrearlo; no le gustaba que lo llamaran por su nombre de pila y a mí me gustaba chincharle. Era bastante divertido. Carles me sujeta la puerta para que entre, y yo lo hago a regañadientes. —Por fin, Madi, guapa. Pasa y siéntate, cielo. Sus palabras me produjeron arcadas, pero hice lo que me pedía y me senté delante de él. Observé a sus dos hombres de confianza y lo que había a su alrededor y noté cómo me tensaba. Todo eso... —Oh Dios mío, ¿me va a echar? ¿Qué es lo que he hecho? Porque seguro que puedo solucionarlo o pedirle perdón, señor, yo... —¡Basta, Madison! —gritó, interrumpiendo mi diálogo cargado de estrés con un golpe seco en la mesa— No te voy a echar. ¿En serio pensabas que me atrevería siquiera a perder a una de mis chicas favoritas? Tragué saliva sonoramente, aún asustada. Sí que era verdad que soy de las que más dinero le proporciona, pero j***r, tenía miedo del temperamento de Sebastian. —Sí que son para ti, querida, pero no para ponerte de patitas en la calle. Tienes un nuevo trabajo, eso es todo. El cliente quiere... —¿Cuánto tiempo? —esta vez fui yo la que le interrumpí. —Un mes —me informa como quien no quiere la cosa, tajante. ¡Un mes! ¿Estaba de broma? —No pienso estar tanto tiempo con un baboso desesperado, bastante tengo con aguantarles un fin de semana a todos —solté enfadada, aunque me arrepentí al instante. En un abrir y cerrar de ojos tenía a Sebastian a mi lado, sujetándome el brazo con fuerza hasta el punto de hacerme daño.
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