Madison
Cierro la puerta de la furgoneta de un portazo, bastante cabreada. Y cuando lo hago, Carles sale disparado de la entrada para coches antes siquiera de que pueda ponerme el cinturón y acomodarme en el asiento.
«Cretino», pienso. Al parecer hoy todos los que viven en esta casa se han despertado con el pie izquierdo.
—¿Puedo saber a dónde vamos?
—Lo tienes todo en la ficha —explica, cortante.
Le hago una mueca y él frunce el ceño. Pienso en decirle que fruncir el ceño durante todo el día y todos los días no tiene que ser bueno para las arrugas de su frente y que de vez en cuando está bien que sonría, pero lo dejo estar. Carles nunca se ha enfadado conmigo y su forma de tratarme ha sido especial, por así decirlo, respecto a las demás chicas de la casa, pero sí sé que su paciencia tiene un límite muy corto. Sí, es capaz de aguantar mis berrinches, pero a cierto nivel, y hoy parece que su nivel de paciencia ha llegado al límite. Sobre todo después de que Sebastian lo llamase a su despacho después de salir yo.
Al final abro la boca para hablar.
—Carles, yo... No sé qué te habrá dicho el señor Conall, pero... —me corta con un suspiro.
—Nada que te pueda interesar, pero no ha sido culpa tuya.
—Sí lo ha sido.
No obtengo respuesta, así que decido no molestarlo más. Continuamos el resto del viaje en silencio.
***
—Ya hemos llegado —anuncia Carles, sobresaltándome. Llevábamos horas callados.
Miro a través del cristal tintado de la ventana a mi derecha y una mansión enorme ocupa todo mi campo de visión.
Menudo niño de mamá. ¿Cómo no iba a vivir en un sitio como este si a su padre le sale el dinero por las orejas?
Abro la puerta sin esperar a que Carles lo haga y me doy de bruces contra alguien al poner un pie en el suelo.
Joder.
«Siempre espera a que te abran la puerta, Madison, siempre. Cabezota».
—Lo sient... —comienzo diciendo, pero el chico que hay frente a mí me corta.
—Vaya —exclama— Tú debes de ser Madison, ¿no?
Levanto la vista hacia él y me saluda con una sonrisa de suficiencia. Una sonrisa de lado, de esas que pondría alguien que quiere ligar contigo o quiere parecer interesante o más que tú. En él, yo diría que es la tercera opción.
—Madi. Y sí, soy yo. ¿Me dejas? —le hago un gesto para que se aparte y me deje salir. Él hace lo propio y se aparta.
La voz de Carles suena fuerte a mi lado.
—Esos modales, Madison, ¿qué te he dicho de las puertas?
Ruedo los ojos. Definitivamente hoy no se puede hablar con él.