Capítulo 3

867 Palabras
Madison Para mi sorpresa, Carles me da un abrazo (un abrazo bastante estirado, todo sea dicho) de despedida antes de decirme que me comportarse, para después despedirse de Hugo con un apretón de manos y andar hasta su coche. Sí, el niño rico tiene un nombre, pero me gusta más el apodo. Cuando la furgoneta comienza a alejarse, hago el amago de coger mi maleta pero Hugo se me adelanta. Le doy una de mis mejores miradas asesinas. —Nadie toca mis cosas —le espeto. —Eres mi invitada y yo soy un caballero, así que yo llevo esto —señala mi maleta rosa fucsia en el suelo— y tú llevas esa mochila tan hortera que parece comprada de un mercadillo. Abro la boca para protestar pero no me da tiempo, ya que él echa a andar rápidamente a través de la parcela. Me mira con cara de pocos amigos cuando llega a la gran verja de color blanco que protege su mansión de niño rico, pidiéndome que me dé prisa. Y es que me había quedado parada donde estaba; la verdad es que me había dejado anonadada. Pero ¿quién se cree que es para meterse con mis cosas? Llego a su lado y él presiona un botón que hace que la verja empiece a cerrarse. Le sigo pisándole los talones y abro la boca para hablar. Al parecer, mi voz ha optado por aparecer en el momento en que no me está mirando y juzgando con esos ojos que esconde tras las gafas de sol. —No es de mercadillo —siento la necesidad de defender mi mochila. –Claro, claro. Ruedo los ojos de nuevo. Definitivamente he salido de guatemala para meterme en guatepeor. En vez de seguir discutiendo con él por algo que en verdad no tiene sentido, opto por mirar a mi alrededor. El camino hasta la puerta está resultando más largo de lo que parecía, no sé si por la compañía o porque de verdad es enorme. Todo el camino de piedra está rodeado de plantas y flores, todo bien cuidado y ordenado, como si alguien hubiese gastado su tiempo en decidir si ponía las margaritas junto al jazmín o si las ponía separadas. La verdad es que todo lo que veo es precioso y relajante, da ganas de quedarte aquí todo el día oliendo cada flor de este jardín. El niño rico me mira por encima del hombro y decide abrir la boca y hablar. —¿Te gusta lo que ves? —pregunta, pero no espera que le responda— Pues el jardín trasero es más alucinante todavía. Pongo los ojos en blanco y desconecto se la conversación. No tengo ganas de que me restriegue todo el dinero que tiene y que yo no tengo. Hugo se detiene al llegar a unas escaleras pequeñas que dan a la entrada y yo me doy de bruces contra él. Otra vez. Lo veo sonreír a la vez que saca un juego de llaves del bolsillo de su pantalón cuando alzo la vista, y también me topo con una cámara de vigilancia apuntándome directamente. —¿Hay cámaras de esas por todos lados? La pregunta me sale sin pensar mientras que recuerdos de casa de Sebastian me vienen a la mente. —Solo fuera de casa. Aquí, en la parte de atrás y en la verja. ¿Por qué? ¿Crees que soy un pervertido y te voy a espiar mientras te duchas o algo así? Le miro. Él alza las cejas. Parece ofendido. —No, solo preguntaba. Pero si piensas hacer eso, te denunciaré. Hugo ríe mientras que abre la puerta. Mientras algo que no logro entender entre tantas risas y se aparta para dejarme entrar a mí primero a la que será mi casa durante un mes. —¡Vaya! —exclamo. —Mola, ¿eh? —alardea él. La verdad es que es alucinante. El salón es enorme y de color blanco, con muebles violeta y n***o y con cuadros que reconozco bien de pintores famosos colgados de las paredes. Dejo que mi mochila caiga al suelo y me adentro más en la habitación, mirándolo todo, y es que esto es nuevo para mí. La mansión de Sebastian es oscura, e incluso me atrevería a decir que huele a motel sucio de carretera. Y no, no es que no limpien, es que su gente hace que luzca así. Esta mansión no tiene nada que ver. —Entonces, ¿te gusta? —Es genial —reconozco—. Y ¿vives solo? En mi cabeza no logro entender que alguien viva aquí solo, de ahí que la pregunta salga sola de mis labios. La verdad, a mí me sobran muchos metros cuadrados, pero cuando Hugo traga saliva y asiente con un semblante bastante serio, decido no decirle lo que estoy pensando. Algo me dice que ese tema no le agrada mucho. Comienzo a andar por un pasillo que a saber a dónde lleva cuando escucho la voz de Hugo, fuerte, que me llama. —Ve a cambiarte, vamos a salir. Te enseñaré tu habitación —me ordena y empieza a subir las escaleras sin siquiera esperarme. Vaya bipolar...
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