Capítulo 4

709 Palabras
Madison Sigo a Hugo escaleras arriba hasta que se detiene frente a una puerta casi al fondo del pasillo. La abre con tanta fuerza que temo que vaya a romper el pestillo o la manivela. Pero, ¿qué le pasa ahora? Cuando se aparta para dejarme pasar, me olvido por completo del enfado del niño rico, y es que me quedo alucinada por segunda vez hoy. La habitación, mi habitación en este tiempo es enorme. Nada comparado con el salón, claro, pero si la comparamos con el cuchitril donde dormía en casa de Sebastian, esto es mucho mejor. Hace tres veces el que era mi dormitorio. —Guau, ¿todo esto es...? —comienzo preguntando, pero me interrumpe de malas maneras. —Tuyo por ahora, sí. Es puerta de la derecha da a un baño privado y he mandado que te compraran y guardaran algunos vestidos que quiero que lleves cuando salgamos, están en el armario. Si quieres —esta vez soy yo la que le interrumpe. —¿Me has comprado ropa? Él me mira de arriba abajo con descaro y eso me ofende. Puedo saber lo que está pensando: que no parezco rica y fina. Que los vestidos y el resto de mi ropa que he traído en mi maleta son normales y que no le sirven. —¿No te gusta cómo visto? —¿Tienes vestidos de gala? No, ¿verdad? —¡Pero no necesito tu caridad! Me arrepiento de haberle levantado la voz en el mismo instante en que me acorrala contra la pared al lado de la puerta. Sus brazos están a ambos lados de mi cuerpo, y su cara a centímetros de las mía. —No vuelvas a gritarme. —Perdón —me disculpo, y lo hago de verdad. Parece que el corazón se me vaya a salir del pecho en cualquier momento. —Solo acéptalos, ¿quieres? No es caridad. Es para que no sepan que eres una... —le interrumpo. —¿Chica de compañía? Hugo se queda mudo, mirando hacia nuestros pies. Parece ¿arrepentido? —Bien, sé que no es plato de buen gusto que alguien vaya acompañado de alguien como yo, pero es lo que hay. Lo que tú has querido y pedido. —j***r, perdona. No quería decir eso —murmura, separándose de mí. Hugo se pasa ambas manos por la cara y luego una por el pelo. Vaya, parece arrepentido de verdad. No es que trabajar en lo que trabajo sea algo malo, es solo que yo no escogí serlo. Y ver la compasión o la vuelta en los ojos de alguien, como criticándome por cómo soy y por lo que no tengo me duele más que a otra persona que sí hasta elegido esto. Camino hacia el armario bajo su atenta mirada, en son de paz. No quiero discutir y que ser le ocurra avisar a Carles o a Sebastian. —¿A dónde vamos a ir? ¿A comer a un restaurante de cuatro estrellas de esos? Porque necesito saber qué ponerme. Hugo me mira, sonriendo. En serio, este chico es bipolar. Viene hacia mí y se coloca a mí espalda, abriendo él la puerta del armario. Un montón de vestidos de diferentes colores y largura aparecen frente a mí y me quedo mira otra vez. En serio, hay un montón. Demasiados. —A un brunch. No te vistas de largo no nada de eso. Mira —se coloca a mi lado y sacas un vestido color azul pastel con una sola manda, ajustado—, este te quedará bien. Asiento, cogiendo el vestido. La verdad es que es precioso. Sencillo y precioso. Muy yo. —¿Los has escogido tú? —La ama de llaves. Pero sí, le comenté mis prioridades. —¿Tus prioridades? —Haces muchas preguntas. «Me gusta saberlo todo pero cada vez que hablo contigo parece que se me escapa algo, don niño rico y bipolar», quiero decirle, pero en cambio digo: —Y tú las rehuyes. Hugo sonríe. Al parecer ya se le ha pasado el enfado de antes. Se aleja de mí hasta llegar a la puerta y antes de dejarme sola en la enorme habitación me dice: —Hay tiempo para todo, señorita Madison.
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