Madison
Miro mi reflejo en el espejo de cuerpo entero que hay frente a la cama y no me veo nada mal. Es más, me veo bastante guapa.
El vestido azul se ajusta perfectamente a mi cuerpo, marcando mis curvas, y no me queda ni muy corto ni muy largo, sino que llega hasta las mitad de mis muslos. Lo he combinado con unos tacones plateados que parecen brillar un poco cuando me muevo y de los que me enamoré nada más abrir el armario zapatero. En serio, son los zapatos más bonitos que he visto en mucho tiempo.
Del pelo no me preocupo mucho, lo dejo tal cual lo tenía antes de venir: liso con las puntas onduladas, solo que opto por colocármelo a un lado, encima de mi hombro izquierdo.
Voy hacia mi mochila para coger el neceser cuando alguien llama a la puerta y abre sin esperar respuesta.
Ruedo los ojos cuando veo a Hugo entrar en las habitación con los puños cerrados a ambos lados de su cuerpo.
—No sé si lo sabrás, pero cuando alguien llama a la puerta tiene que esperar a que le den permiso para entrar.
—Estabas tardando mucho.
—Y si estuviese desnuda, ¿qué?
No me contesta, pero lo oigo tragar saliva sonoramente. Yo alzo la vista para mirarlo y tengo que contenerme para no abrir la boca de par en par, embobada.
Se ha puesto un traje de chaqueta gris que le sienta para chuparse los dedos y una camisa blanca con los dos botones de arriba desabrochados, haciendo que parezca el doble de sexi de lo que ya se por sí es y provocando sensaciones en mí que no sabría cómo describir.
«Joder».
¿Cómo no me he dado cuenta antes de lo atractivo que es?
—¿Qué? —pregunta él, sacándome de mi ensimismamiento.
—¿Qué? —repito.
—Que qué estabas mirando.
Hugo se acerca a mí y yo trago saliva. El brillo de labios que había cogido del neceser se cae al suelo y la tapa sale disparada debajo de la cama.
«Calma, Madi».
—¿Te gusta cómo voy vestido?
—Yo...
—Porque tú estás preciosa.
Vale, ese comentario no me lo esperaba.
Hugo acaricia mi mejilla con sus dedos, y cuando parece que va a hacer algo más interesante se para en seco, y entonces lo recuerdo: el contrato.
—Párrafo tres: el cliente no puede tocar y/o tener relaciones con la chica a menos que ella se lo permita —dice de memoria. Su voz suena ronca.
Al parecer el niño rico respeta las normas después de todo.
—¿Te sabes el contrato de memoria o qué?
Hugo sonríe, pasándome el brillo de labios (¿en qué momento lo ha cogido del suelo?) y se aleja unos pasos más de mí. Ha puesto es sonrisa de lado como la de esta mañana cuando nos hemos conocido, solo que ahora no logro descifrar lo que quiere decir con ella.
—Te doy cinco minutos antes de que me arrepienta —dice sin mirarme antes de salir por la puerta.
Espera, ¿qué acaba de pasar? ¿De qué tendría que arrepentirse?
***
Tengo que admitir que ver a Hugo conducir me parece de lo más atractivo. Me he fijado en que siempre está frunciendo el ceño excepto cuando detiene el coche frente a algún semáforo en rojo y que de vez en cuando tararea las canciones que suenan en la radio. Resulta muy... interesante. Sí, esa es la palabra que buscaba.
—¿Pasa algo, señorita Madison? —pregunta, provocando que dé un salto en mi asiento. No esperaba que hablase.
—Yo, eh... ¿Para qué es el brunch? Digo, todavía no me has explicado para qué estoy aquí.
Mi intento por cambiar de tema parece funcionar, ya que Hugo comienza a explicarme todo lo que necesito saber. Me cuenta que su padre es el que celebra el brunch en su casa y que es para captar socios y clientes para su empresa, aunque en realidad él dice que es para recaudar fondos para los más necesitados o alguna cosa de esas que le suele preocupar a la gente. También me cuenta que su padre se dedica a las finanzas y que espera que él dirija la empresa que quiere abrir en el extranjero dentro de poco.
—¿Y qué se supone que debo hacer yo?
—El problema es que no quiero dedicarme a las finanzas. Necesito que distraigas a mi padre y a quien quiera que él pretenda presentarme. Solo serán un par de horas como mucho.
—Entonces, ¿quieres que les dé conversación? ¿Y por qué simplemente no vas y ya está?
—Porque mi padre es el anfitrión, ¿recuerdas? No quiero dejarle en mal lugar.
Asiento, intentando formar conversaciones en mi cabeza para cuando lleguemos estar más o menos preparada. ¿La verdad? Este trabajo es nuevo para mí. Los otros clientes simplemente necesitaban mi compañía para no asistir solos a cenas o fiestas de trabajo, incluso a veces ni siquiera necesitaban que yo hablase.
Pero esto sin duda es más divertido.
Quince minutos más tarde, Hugo aparca el coche frente a una mansión enorme. Incluso puedo decir que es más grande que la suya.
—Es aquí. ¿Estás lista?
—Has pagado por las chica adecuada —le contesto medio en broma.
Hugo sonríe y murmura un “y tanto” por lo bajo mientras que sale del coche, y yo lo sigo. Su mano se encuentra con la mía y entrelaza nuestros dedos, y seguimos así hasta que cruzamos la puerta de casa de su padre.
—Guau.
—Ven, te presentaré a mi padre.
Pasamos entre las gente hasta que casi nos damos de bruces contra un hombre mayor que lleva una copa de champán en la mano. Levanto la vista hacia él cuando su voz grave retumba por encima de la música relajante que está sonando en el salón.
—Pero bueno, por fin te encuentro. Te dije que llegaras puntual.
—Hola a ti también, papá —le saluda Hugo.
Jacobo, como ya me ha informado Hugo que se llama su padre, me mira de arriba abajo ignorando a su hijo. Alza las cejas, como esperando que alguien me presente o lo haga yo misma, pero Hugo se me adelanta.
—Papá, ¿te acuerdas de la chica de la que te hablé? —el hombre asiente. ¿Le había hablado de mí?— Ella es Madison. Madison, este es mi padre, Jacobo.
—Encantada de conocerle, señor.
Jacobo me mira de arriba abajo de nuevo, pero esta vez con una expresión que no logro descifrar lo que significa. Después, pasando por completo de mí, coge a su hijo por el brazo y se lo lleva, diciéndole quien sabe qué al oído.
Yo trato de seguirlos de cerca para cumplir con lo que Hugo me ha pedido, pero algo me dice que ese hombre no me lo va a poner fácil.