Amanda tenía el pulso a millón por milésima vez en su vida, pues parecía que las desgracias no tenían final para ella. En esa oportunidad, se arrastraba por la vegetación del bosque, y ya que no podía apoyar su vientre en la tierra, se hallaba sentada sobre esta. Le dolía demasiado la parte baja de su panza, la que apenas estaba mostrando signos de agrandarse y extenderse por todo su torso. Se sostenía con las manos esa área, debido a que el dolor en algún punto fue insoportable, las lágrimas surcaban sus mejillas y tenía varias cortadas en sus piernas. Aún así, no podía gritar, si lo hacía, era más que probable que la bestia volviera. Era un lobo salvaje, pero no un cambiaformas. Lo cierto, era que tenía su olor como punto de ataque, lo supo por la manera en que este se guiaba solo por

