Lo deprimente de todo esto es que no tengo otra opción que volver a verlo, gajes del oficio, nunca mejor dicho.
Voy al baño y me lavo la cara, arrastro el poco maquillaje que me había puesto hace un rato, me planteo volver a maquillarme, pero no tengo ganas, y es otra manera de llevar la contraria a Alejandro, quiere que esté perfecta para sus reuniones, debería valer con que haga mi trabajo, tome notas y lo que sea que quiere que haga aquí.
Bajo al vestíbulo y lo busco con los ojos, no creo que se haya marchado sin mí, no lo veo, me decido a llamarlo, no contesta.
—¿Dónde estás? —pregunto susurrando impaciente en alto.
La respuesta debería haber sido, aquí, pero no es así, no está, sí, se ha ido sin mí...
De nuevo a la habitación, esto ya cansa, no pienso quedarme aquí encerrada esperándolo, me pongo ropa cómoda y salgo a la calle a pasear, a conocer los alrededores, tomar algo, vamos, lo que surja.
Admiro la belleza de Londres, las casas son preciosas, lástima no saber inglés para poder ir más lejos, podría haber pedido un taxi.
Tras un largo rato caminando regreso al hotel para saber si ya ha vuelto mi jefe, la respuesta llega pronto, literalmente en el portal del hotel.
—¿Dónde estabas?, ¡has venido a trabajar, no a irte por ahí! —me grita furioso de nuevo.
—¡Solo he paseado un poco!, ¡te fuiste sin mí!
—¿Un poco?, ¡es la una!
—¿La una ya? —pregunto sorprendida —.Lo siento, no fui consciente de la noción del tiempo —me disculpo.
—Ya, ya lo veo, sube y vístete, tenemos una comida —me ordena mirando el móvil.
—Estoy vestida —le contesto abriendo los brazos.
—Es una comida formal, no para ir en pijama —suelta provocando que me ría —¿Qué te hace tanta gracia?
—¡Esto no es un pijama!, es algo llamado chándal, se usa cuando vas a caminar, o hacer deporte, pero claro, tú usarás traje hasta para eso.
—Sé lo que es un chándal, pero no es adecuado para la reunión, ponte un traje, un vestido o lo que sea, pero no esa camiseta de... —se queda pensativo.
—De Friends, es una serie muy famosa.
—No la conozco.
—Me voy a cambiar, creo que estoy hablando con un extraterrestre —me mofo de él, ¿este hombre no ha visto nunca la televisión?
Por décima vez vuelvo a la habitación, me cambio y me maquillo un poco, al fin y al cabo, soy la secretaria de alguien importante, tendré que estar a la altura, eso es lo que pienso mientras escojo algo más llamativo.
Orgullosa con el resultado vuelvo al vestíbulo, nada más salir del ascensor lo veo, está nervioso, da vueltas para un lado y otro mientras habla con alguien por teléfono.
—Sí, tranquila, no me va a asustar, sé muy bien cómo tratar con él —escucho que le dice a la otra persona.
Al llegar a su lado me coge de la mano y me arrastra hasta el coche sin parar de hablar, solo que esta vez solo niega o asiente, no usa frases largas.
—Luego te llamo y te cuento, un beso —se despide.
Ya me imagino, o espero que sea así, con quién hablaba, con Laura, solo a ella le mandaría un beso.
Se gira un poco en el asiento y me mira.
—¿Qué te has puesto? —me pregunta arqueando una ceja.
—Un vestido, como me pediste —le informo muy tranquila.
—Me refería a algo más tapado, más formal.
—A mí me parece formal, solo quería cambiar un poco de color —continúo haciéndome la inocente.
—Ya, está bien, al menos no vas en chándal, pero podrías haberte tapado un poco —insiste poniendo un gesto de desaprobación.
—Lo tendré en cuenta la próxima vez.
No me habla hasta que llegamos al restaurante, nada más bajar del coche me pide que espere con un gesto de las manos y desaparece, vuelve minutos después con un chal en las manos.
—Póntelo —me ordena mientras lo abre.
—¿Hablas en serio?
—Muy en serio, no me gusta que se te vea el escote, ese vestido es demasiado llamativo y sugerente.
—¿Acaso hemos vuelto a la edad media y no me he enterado? —le pregunto empezando a enfadarme.
Alejandro se acerca a mí y me coge del cuello, me besa metiéndome la lengua hasta la campanilla y se separa unos milímetros.
—No soy antiguo, pero si no puedo parar de mirar tus tetas, no podré concentrarme en lo que digan, solo pensaré en quitarte ese vestido —dice en un susurro medio ronco.
Me quedo pálida, la idea era llevarle la contraria obedeciendo, nunca me he sentido cómoda con estos vestidos, como ha dicho Alejandro, tan sugerentes, no quería excitarlo.
Obedezco y me pongo el chal, lo ha cogido del mismo color del vestido, pero un poco más claro, la mezcla de violetas seguro que queda bien, eso me sorprende, aunque seguro que desentona el rojo tomate de mi cara, no podría sentirme más avergonzada.
Entramos y al igual que ayer, nos guían a una mesa, todavía no han llegado los demás, Alejandro pide para mí una copa de vino rioja, yo no le discuto, no después de lo sucedido, solo quiero que acabe esto y volver a la habitación con mi cómodo y nada excitante chándal.
—Buenos días —nos saluda un hombre trajeado llegando a la mesa.
Detrás de él va el suegro de Alejandro, carraspeo incómoda al ver el planazo, él ni saluda, directamente se sienta.
—Ya que no está dispuesto a ceder su parte, el señor Francisco está dispuesto a un acuerdo —empieza el hombre que no conozco.
—Sorpréndame... —le contesta Alejandro con aires de grandeza.
—Que se quede usted las sedes de España y él las de Londres.
—¡No!, ¿tú te crees que soy imbécil! —le grita a Francisco
—Dejemos a un lado mi opinión sobre ti, porque no saldrás muy bien parado,
—¡Mira quién fue a hablar!, ¿para eso te querías reunir?, no pierdas tu valioso tiempo...
—No, no era por eso, en realidad quiero hablar de algo más importante, mi hija.
—¿Ahora te importa? —le pregunta con desprecio.
—Solo dime si es cierto, si... —ruega el hombre con ojos llorosos.
Yo estoy concentrada en cada palabra, en cada gesto, y cada vez más intrigada, ¿será que Laura no le ha dicho nada del embarazo y se acaba de enterar de que va a ser abuelo?, ¿por qué no se lleva bien con Alejandro?, ¿y por qué se tiran pullas sin parar?, tal vez Francisco no lo quería como yerno, sabía que acabaría haciéndole daño a su hija.
—Es cierto —contesta Alejandro muy seco.
—Dejarnos solos —nos ordena Francisco al otro hombre y a mí.
Cuando me voy a levantar Alejandro me coge de la mano y me vuelve a sentar.
—No, no tenemos nada que hablar, perdiste a tu hija cuando se casó conmigo, yo sabré cuidar de ella —le dice con una mirada que penetraría en cualquier muro.
—Alejandro, es mi hija... —le ruega.
Siento lástima por Francisco, no sé qué habrá pasado, pero no me parece justo lo que está haciendo Alejandro, el hombre se ve muy afligido.
—Si ya has acabado, puedes marcharte —le ofrece mi jefe.
—Muy bien, veo que ya se te ha subido mi fortuna a la cabeza, encontraré la manera de verla, tú no eres quien para impedirlo.
—¡Si te acercas a ella te mataré! —le grita Alejandro según se pone de pie lleno de ira tirando todo.
Francisco lo ignora y sigue caminando hacia la salida, yo me quedo en absoluto silencio, consciente de que todos mis miran, pero cada vez menos de la personalidad de Alejandro, de los secretos que guarda.
Se vuelve a sentar como si nada, toma un trago de vino y fulmina a todos con la mirada, la gente vuelve a sus conversaciones y comidas.
—Lo siento, no sabía que acabaría la reunión así —se disculpa conmigo.
—No, no pasa nada, pero creo que has sido muy desagradable con tu suegro, es su hija y ...
—No hables de lo que no sabes —me corta al instante.
—Vale —le digo dejando de mirarlo y mirando el mantel marrón de la mesa.
—Vámonos, se me ha ido el apetito —me ordena de repente ya levantándose.
—¡Pero yo sí tengo hambre! —le grito intentando alcanzarlo, más bien me quejo, estoy famélica después del paseo de esta mañana.
Al llegar al coche me coge del brazo y me empuja contra la puerta cerrada de atrás, me besa y acaricia mi trasero aplastándome.
—Comerás en el hotel, después de que te folle —susurra en mi oído.
Me quedo en shock, no lo pillo, nunca sé que va a hacer y eso me desespera, ¿soy un polvo de relajación o algo así?, ¿usa el sexo como terapia?
Me abre la puerta y entro sin rechistar, durante el pequeño viaje intento pensar en algo, cualquier excusa para evitar el desastre de nuevo.
Llegamos y sigo en blanco, es como si en mi cabeza hubiese una habitación revuelta y desordenada.
Subimos al ascensor, él mantiene las distancias, ni siquiera me mira, ni una sola vez, el pitido nos indica que ya estamos en el piso y se abren las puertas.
—¡Yo me voy a dar una vuelta! —le grito soltando lo primero que me viene a la cabeza sin salir del ascensor.
—No, tú te quedas aquí, conmigo—me ordena según se pega a mi cuerpo y levanta la falda deteniendo el ascensor.
—No quiero hacerlo —le digo intentando no mirarlo a los ojos.
Alejandro hace caso omiso a mis palabras y mete la mano dentro de la braguita, masajea con la yema de sus dedos la rajita.
—¿Y por qué estás tan mojada? —me pregunta metiendo un dedo dentro.
—Esto es un error, ha sido un error desde el principio —le digo luchando para no gemir.
El placer que sus dedos me provocan consiguen derribar la barrera que yo lucho por mantener.
—No es un error, Eli, apareciste cuando más te necesitaba.
Esas palabras parecen sinceras, el tono de su voz también, pero la historia que conozco me dice que es una gran mentira.
Levanto la cara y lo miro a los ojos sintiendo sus dedos dentro de mí, me sujeto fuerte al sentir el orgasmo llegar, es cierto, la frase y su cuerpo pegado al mío al salir del restaurante me han puesto a mil, pero yo no soy un premio de consolación, no me gustan sus tretas y mentiras.
Dejo que el espasmo de placer invada mi cuerpo y mi flujo moje sus dedos, cierro los ojos y le clavo las uñas en la espalda mientras tiritan mis rodillas, entonces abro los ojos cuando la sensación va desapareciendo.
—Daba igual si era yo, o era otra —le digo con firmeza volviendo a abrir el ascensor.
Salgo corriendo, con las bragas húmedas aún del clímax, entro en mi habitación y cierro rápido, Alejandro golpea la puerta.
—¡Abre, Eli, nada es lo que crees! —me grita.
No le contesto, no serviría de nada hablar, sé más de lo que quisiera, prefiero mantener esas dudas, al margen de los problemas, golpea varias veces, grita, pero poco a poco se desvanecen los intentos y acaba marchándose.
Me quedo unos segundos así sentada, pensando, o más bien sin hacerlo, solo degustando los dedos en mi interior, reviviendo el orgasmo más rápido que he tenido nunca, y maldiciendo que mi jefe sea irresistible, que sea él.
Me levanto cuando recupero la cordura y voy al baño, pienso en qué hacer ahora, necesito evitarlo, entonces recuerdo al chico del restaurante de comida rápida y nuestra cita hoy, es perfecto.
Me doy una ducha y me pongo ropa cómoda de nuevo, bajo intentando evitar a Alejandro en el caso de que esté ahí, llego a la calle sin problemas, camino a paso rápido hasta llegar al restaurante, él ya está aquí.
—¡Hola, ya pensaba que no vendrías! —me saluda Raúl.
—¡Lo siento, me lió mi jefe! —me disculpo, no se imagina cómo, pienso —¿Llevas mucho esperando?
—No, solo media hora.
—¡Lo siento mucho, de verdad!
—No importa, mejor tarde que nunca, ¿no? —me sonríe.
—Sí, bueno, ¿dónde vamos? —le pregunto animada.
—Ya lo verás, es una sorpresa —me responde bromeando.
El sonido del móvil me indica que me ha llegado un mensaje, lo miro por encima, es de Alejandro, lo apago sin leerlo, hoy no quiero saber nada de él.