—¡No lo hagas, te lo suplico! —le ruego a Alejandro. —No voy a discutir sobre una decisión que ya he tomado —dice sin mirarme. Llegamos a su casa en absoluto silencio, imaginaba una casa grande, pero lo que veo es inmenso, un palacio en medio de un gran campo lleno de flores. —¿Vives aquí? —pregunto sorprendida, debe costar una fortuna mantenerla. —Claro, ¿qué esperabas? —Algo más..., pequeño. —Esta casa la heredó Laura de su madre, decidimos mudarnos aquí cuando ella enfermó. —¿Qué le ocurre? —pregunto con lástima. —Ahora no quiero hablar de eso, baja, nos está esperando —me ordena tajante. Hago lo posible por no ser torpe, pero con la barriguita es imposible, cada paso parece un salto, el chófer se apiada de mí y me presta su brazo para ayudarme a salir del coche. Alejandro ya

