Capítulo 11: Despedidas Temporales

2000 Palabras
Después de la entrega total de Isabella hacia Nicolás, ambos sentían que nada en el mundo podría interrumpir la conexión profunda que habían logrado. Aunque la inesperada visita durante la cena había generado un momento de tensión, esa noche se había sellado como una de las más importantes de sus vidas. Los dos estaban en calma, más unidos que nunca, y con un deseo insaciable de seguir amándose. Sin embargo, una tristeza sutil comenzó a envolver el ambiente. Sabían que el momento de separarse, aunque solo temporalmente, estaba cerca. Ambos tenían que regresar a sus respectivas casas, sus vidas habituales. Las obligaciones y responsabilidades los reclamaban, y aunque ninguno de los dos quería admitirlo en voz alta, la despedida se avecinaba como una sombra que amenazaba con apagar la llama intensa que acababan de encender. Isabella no podía evitar pensar en cómo la ausencia de Nicolás afectaría sus días. ¿Volverían a ser como antes? Su mente viajaba a esa época en la que solo lo conocía como su doctor, un profesional distante pero fascinante. Ahora, sin embargo, sabía que jamás podría volver a verlo de la misma manera. Nicolás, por su parte, sentía una mezcla de satisfacción y nostalgia anticipada. Había deseado a Isabella desde que la conoció, pero lo que habían vivido esa noche superaba cualquier expectativa. No era solo una cuestión de deseo físico, sino algo más profundo. Se habían conectado de una manera que lo hacía replantearse muchas cosas de su vida. Y aunque su trabajo y su rutina le exigían tiempo y concentración, su mente seguiría volviendo a ella, una y otra vez. —No quiero que te vayas —murmuró Isabella, abrazando a Nicolás con fuerza. Él sonrió, acariciando suavemente su cabello. —No es una despedida para siempre, solo por un tiempo —susurró, tratando de calmar sus propias emociones. Isabella levantó la mirada y lo besó con ternura. Sabían que esas eran las últimas horas que tendrían juntos por un tiempo, y cada minuto se volvía precioso, como si quisieran guardar cada sensación, cada roce, en lo más profundo de sus recuerdos. Cuando el sol comenzó a asomar tímidamente por el horizonte, supieron que el momento había llegado. La luz suave iluminaba sus rostros, dándoles una apariencia casi irreal. Se levantaron de la cama lentamente, ninguno queriendo ser el primero en romper el silencio. En la puerta, se miraron por última vez antes de separarse. Se abrazaron con fuerza, como si ese abrazo pudiera resistir el tiempo y la distancia que estaba a punto de surgir entre ellos. —Cuídate, Nicolás. No puedo esperar para volver a verte —dijo Isabella, su voz quebrada por la emoción. —Siempre estaré pensando en ti —respondió él, acercando su rostro al suyo para un último beso. Con un suspiro, se separaron lentamente, sintiendo cómo cada paso los alejaba el uno del otro. Pero ambos sabían que, aunque estuvieran separados físicamente, lo que habían compartido esa noche los uniría para siempre. El coche de Isabella arrancó, y mientras se alejaba, Nicolás la vio desaparecer en el horizonte. Sabía que el destino volvería a unirlos, pero por ahora, solo quedaba esperar. Mientras Isabella conducía de vuelta a casa, su mente no dejaba de repasar la maravillosa noche que había vivido con Nicolás. La conexión, la entrega mutua, el deseo compartido... todo había sido tan perfecto que ahora nada más parecía tener sentido. Su relación con su pareja se había vuelto una sombra comparada con la intensidad de lo que había experimentado con Nicolás. Fue durante ese trayecto que tomó una decisión importante. Sabía que no podía seguir viviendo una mentira, en un matrimonio que hacía tiempo había dejado de hacerla feliz. Su relación con su esposo se había deteriorado hasta el punto de que ya no quedaba amor, ni respeto, solo costumbre. Y esa costumbre ahora le pesaba como una cadena. El amor que había encontrado en Nicolás era real, una nueva posibilidad de vida que no estaba dispuesta a ignorar. Cada kilómetro recorrido la acercaba más a la decisión de terminarlo todo. Los días que tendría que esperar para volver a ver a Nicolás serían difíciles, pero ahora tenía algo que la impulsaba: la esperanza de una vida diferente, libre, y llena de pasión verdadera. Finalmente, llegó a su casa. Isabella estacionó el auto y respiró profundo antes de bajar. Al abrir la puerta, se encontró de inmediato con la expresión tensa de su esposo, quien la miraba con los ojos entrecerrados, claramente molesto. —¿Dónde has estado? —preguntó en un tono seco y demandante—. ¿Por qué llegas a esta hora? Isabella, sin vacilar, ya había decidido que no se dejaría intimidar ni manipular por él. Su mirada lo enfrentó con firmeza mientras colgaba las llaves en el gancho cerca de la puerta. —Se me hizo tarde para regresar —respondió con calma, pero con un tono de desafío—. Estaba tomada y no quise manejar, así que me quedé en casa de Sofía. ¿Hay algún problema con eso? —preguntó, mirándolo directamente a los ojos, sin temor. El silencio entre ellos se volvió denso. Él frunció el ceño, pero antes de que pudiera responder, Isabella ya había decidido que esta sería la última discusión que tendrían como pareja. El amor que alguna vez los había unido ya no existía. Ella lo había sabido por mucho tiempo, pero ahora lo sentía con absoluta claridad. Su corazón ya no pertenecía a él. Mientras subía las escaleras para cambiarse, en su mente ya se formaban las palabras que le diría cuando estuviera lista para terminar definitivamente. Por otro lado, Nicolás había llegado a su casa con la misma tranquilidad que había sentido al dejar a Isabella. Sabía que lo que había pasado entre ellos era algo profundo, y no se arrepentía de nada. Sin embargo, la relación con su esposa era una maraña de complicaciones que prefería no desentrañar en ese momento. Entró a su hogar sin preocuparse demasiado por lo que ella podría pensar al haber pasado la noche fuera. Sabía que le debía una explicación, pero la conversación que tendría que enfrentar con su esposa no era lo que ocupaba su mente ahora. Lo que había experimentado con Isabella había dejado una marca en él, y sabía que eso cambiaría todo. —¿Dónde has estado? —la voz de su esposa lo sacó de sus pensamientos. Estaba parada en el marco de la puerta del salón, con los brazos cruzados y una mirada que pedía respuestas. Nicolás suspiró. No podía escapar de esa conversación. Aunque sabía que no sería fácil, también sabía que la noche con Isabella había cambiado algo dentro de él. No podía seguir pretendiendo que todo estaba bien en su matrimonio, cuando la realidad era que hacía tiempo que habían dejado de ser felices juntos. —Hola, buenos días, Lucía —respondió Nicolás al entrar a la casa, su tono neutral, tratando de evitar una confrontación—. No tengo deseos de discutir, estoy totalmente agotado. Tuve que atender un parto de emergencia —agregó, sin mirarla directamente mientras se quitaba el abrigo. Lucía lo observó con una expresión que mezclaba sospecha y resentimiento. Aunque las palabras de Nicolás parecían razonables, algo en su actitud la inquietaba. Y en el fondo, había una pregunta que rondaba su mente desde hace tiempo, algo que no podía dejar pasar. —¿Y qué pasó con tu colega, cómo se llama...? Ah, Isabella. —La mención del nombre hizo que Nicolás se tensara levemente—. ¿Por qué no la volví a ver en el restaurante aquella vez? —preguntó, su voz cargada de una mezcla de celos e inseguridad. Nicolás cerró los ojos por un segundo, buscando la paciencia que en ese momento parecía escapársele por completo. Isabella. Su nombre resonó en su mente, trayendo de vuelta el recuerdo de la noche anterior, y el contraste abrumador entre lo que sentía por ella y lo que ya no sentía por Lucía. —Lucía, no quiero discutir —dijo, su voz contenida, pero firme—. Déjame en paz. Pero Lucía no estaba dispuesta a dejar el tema así. Los últimos meses habían estado llenos de tensiones, y esta noche no iba a ser la excepción. —¿Qué te pasa, Nicolás? Siempre evitas hablar de las cosas importantes. ¿Qué hay entre tú e Isabella? —insistió, su tono subiendo poco a poco. Nicolás sintió cómo la presión en su pecho crecía. Sabía que esa discusión no llevaría a ningún lado, pero lo que más lo frustraba era que, en el fondo, Lucía tenía razón en sus sospechas. No podía seguir fingiendo que todo estaba bien. —¡Déjame en paz, Lucía! —gritó, su voz resonando por toda la casa. Lucía se detuvo, sorprendida por la intensidad del estallido. El silencio que siguió fue denso, lleno de tensión acumulada. Nicolás respiraba pesadamente, intentando controlar la rabia y el cansancio que lo dominaban. Pero algo dentro de él ya había cambiado. La paciencia, el aguante... todo se había agotado. —Sabes qué, Lucía... estoy harto de esto. —Su voz salió más baja, pero cargada de una verdad ineludible—. Estoy harto de tus discusiones, de tu manera de controlarlo todo. Es mejor que dejemos esto hasta aquí. Lucía lo miró incrédula, sin saber cómo reaccionar ante sus palabras. —¿De qué estás hablando, Nicolás? —preguntó, su voz temblando ligeramente, pero sin bajar el tono defensivo. Nicolás se enderezó, mirándola a los ojos con una seriedad que dejó claro que esta vez no había vuelta atrás. —Quiero el divorcio —dijo, despacio, como si las palabras sellaran una realidad que él ya había aceptado hacía mucho tiempo—. Ya no te amo, Lucía. No quiero verte más en mi vida. Lucía dio un paso atrás, como si sus palabras hubieran sido un golpe físico. El aire parecía haberse congelado entre ellos. Ella intentó decir algo, pero las palabras no salieron. Nicolás se había adelantado a todo, expresando lo que ella nunca pensó escuchar. —¿Qué... qué dices...? —balbuceó, aturdida. —Lo que escuchaste. —Nicolás dio un paso hacia la puerta—. Es mejor que nos separemos. Esto no tiene sentido. Ninguno de los dos es feliz aquí. Lucía, aún en estado de shock, no encontró la manera de contradecirlo. Lo había sentido venir, pero nunca creyó que Nicolás lo diría en voz alta. Sin más que agregar, Nicolás salió de la habitación, dejándola allí sola, enfrentada a la realidad de un matrimonio que ya no existía. Por otro lado, Isabella ya había tomado su decisión. Después de llegar a casa y procesar la noche vivida con Nicolás, el agotamiento físico y emocional la invadió. No podía seguir manteniendo la farsa de su matrimonio. Ya no había vuelta atrás. El amor, la pasión, todo lo que alguna vez la había conectado a su esposo, se había esfumado hacía tiempo. La experiencia con Nicolás solo había dejado más claro que su relación actual era una prisión de la que necesitaba liberarse. —¿Qué demonios estás diciendo, Isabella? —exclamó, levantándose del sofá—. ¿De dónde sale todo esto? ¿Qué te ha pasado? Ella lo miró con una mezcla de tristeza y determinación. Sabía que él no entendería fácilmente. Había pasado tanto tiempo pretendiendo que las cosas estaban bien, que la realidad parecía haberlo golpeado de repente. —Me he dado cuenta de que esto no funciona, que tú y yo ya no somos lo que éramos —dijo, manteniendo su tono sereno—. No hay amor entre nosotros, solo rutina. Y no quiero seguir así. Quiero una vida diferente. Él se quedó mirándola, sin palabras, tratando de asimilar lo que acababa de escuchar. —¿Es por alguien más? —preguntó finalmente, con la voz entrecortada por el enojo—. ¿Es por eso? Isabella no respondió de inmediato.
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