Capítulo 4: El Despertar de lo Desconocido

2000 Palabras
Finalmente llegó el día. Isabella, como de costumbre, llegó temprano a la clínica, aprovechando su horario ajustado antes de ir al trabajo. Su corazón latía con fuerza mientras esperaba que la llamaran. Cuando fue su turno, cruzó la puerta del consultorio 3. con la misma mezcla de nervios y excitación de sus encuentros anteriores. −Buenos días, Nicolás−, dijo Isabella con una sonrisa, su voz suave y cargada de emociones contenidas. Nicolás, quien estaba llenando una plantilla, dejó de escribir de inmediato al escuchar su voz. Sin pensarlo dos veces, se levantó rápidamente de su asiento, cerró la puerta con seguro y la envolvió en un abrazo apasionado. Sus labios encontraron los de ella, besándola con la misma intensidad que había reprimido durante semanas. −Buenos días, mi amada Bella−, susurró entre besos. −Te he extrañado tanto−. La sostuvo con fuerza, dejando claro que su deseo por ella había estado ardiendo en cada segundo de su ausencia. −Yo también te he extrañado, Nicolás−, respondió ella, sintiendo el calor de su cuerpo mientras se acomodaba en el asiento que él le indicó. Después de unos momentos, Nicolás rompió el abrazo y se sentó frente a ella, su expresión volviendo a ser más profesional, pero sin poder ocultar el brillo en sus ojos. −Cuéntame, ¿por qué estás aquí hoy? − Isabella le explicó sus molestias, y él, sin perder tiempo, la miró con preocupación profesional. −Cámbiate, por favor, quiero revisarte para asegurarme de que todo esté bien−, le indicó con una voz suave pero firme. Ella se levantó, dirigiéndose al baño para cambiarse. Al volver, con la bata puesta, subió a la camilla, dispuesta para la revisión. Nicolás comenzó el chequeo de manera completamente profesional, pero pronto se dio cuenta de algo. El cuerpo de Isabella reaccionaba de una forma que no era usual. Los pequeños roces de sus manos sobre su piel provocaban una reacción palpable en ella. Nicolás detuvo sus movimientos por un segundo, mirándola con intensidad. −Bella... estás excitada−, susurró, con una mezcla de sorpresa y deseo en su voz. Isabella lo miró, con las mejillas ruborizadas y respiración entrecortada. −Estoy ardiendo por dentro en este momento de verdad−. que lo intente pero la lo cierto es que no eh dejado de pensar en ti y cada día te deseo más confesó, sin poder contener lo que sentía. La tensión en la sala se hizo insoportable, y Nicolás, dominado por el deseo, llevó una mano a su entrepierna, acariciando su m*****o suavemente, mientras se acercaba más a Isabella. Sin decir una palabra, inclinó su rostro hacia el de ella y la besó, esta vez con una intensidad desbordante, liberando todo lo que ambos habían estado reprimiendo durante semanas. El beso fue largo, profundo, lleno de necesidad. Sus manos comenzaron a explorar el cuerpo del otro, movidas por una pasión que ya no podían controlar. Nicolás la besaba con fuerza, mientras sus manos recorrían la piel de Isabella bajo la bata, y ella respondía con el mismo deseo, cada caricia encendiendo el fuego que los consumía. Se envolvieron en un torbellino de besos y caricias, perdidos en el momento, como si todo lo que habían estado esperando desde su primer encuentro finalmente se materializara. La consulta se transformó en una escena de pasión incontrolable, donde las palabras ya no eran necesarias, y el deseo de convertirse en uno solo los dominaba completamente. Nicolás lentamente pasaba sus manos por la intimidad de Isabella mientras, −ella gemía lamia sus senos con deseos desenfrenados hasta que no soporto más y llego al clímax−. luego de que ella llegara a su primera satisfacción, se colocó de frente a ella y bajo sus pantalones dejando al descubierto su ropa interior y su m*****o erecto. Isabella al darse cuenta que era mucho más grande de lo que imagino su pasión se encendió aún más, el no perdió el tiempo al ver que bella se estremecía mucho más de deseo, coloco su m*****o dentro de Isabella haciéndola gemir de placer. mientras más se enteraba dentro de ella más despertaba el deseo y la pasión que sentían ambos ella trataba de controlar sus gemidos, cubriendo su boca, pero él le quitaba la respiración con sus besos candentes después de que Isabella se había derramado por completa las embestidas se intensificaban cada vez más y más rápidas hasta que Nicolás logro terminar dentro de ella haciendo placentero ese gran momento. Después de aquel encuentro arrebatador, tanto Nicolás como Isabella quedaron exhaustos, sus cuerpos entrelazados aún sentían las últimas chispas del placer que acababan de compartir. El silencio en la habitación era pesado, pero no incómodo; era el tipo de silencio que solo se produce cuando las palabras sobran y la conexión lo dice todo. Ambos se arreglaron, volviendo a la compostura habitual, pero algo había cambiado. La pasión que antes surgía de forma inesperada ahora los consumía por completo, como una llama que no dejaba de avivarse. Cada vez que se miraban, cada gesto, cada palabra, estaba impregnada de un deseo palpable. El mundo fuera de esas cuatro paredes parecía desvanecerse. Ya no existían las responsabilidades, las familias, ni las reglas. En ese momento, solo ellos dos eran reales, y todo lo demás parecía una ilusión. Los días siguientes fueron una tortura deliciosa. Se encontraban en lugares prohibidos, en miradas furtivas, en mensajes secretos. Ya no había remordimiento ni dudas. Lo que había empezado como una chispa de curiosidad ahora era un incendio incontrolable. Para ellos, el amor que compartían era más real que cualquier otra cosa. Y aunque sabían que su relación debía mantenerse en secreto, cada encuentro solo alimentaba más el deseo de estar juntos, sin importar las consecuencias. Después de varios minutos cargados de deseo contenido, el reloj marcaba el final de la consulta. Ambos sabían que, inevitablemente, debían separarse. Isabella, con el corazón acelerado, intentó recomponerse, mientras la realidad volvía a reclamar su atención. Justo cuando se disponía a marcharse, Nicolás, con un gesto repentino, la tomó suavemente del brazo, obligándola a detenerse. Antes de que pudiera reaccionar, él la envolvió en un abrazo firme, de esos que tienen el poder de teletransportarte a otro lugar, lejos de todo lo mundano. En ese momento, las paredes de la clínica desaparecieron, y solo existían ellos dos. Entre besos profundos y cargados de deseo, Nicolás le susurró al oído, su voz grave y segura: −No permitiré que nada ni nadie nos separe, Isabella. Lucharé por ti, por esto... por nosotros. Siempre−. Sus palabras fueron como un fuego que la recorrió de pies a cabeza. El peso de lo que había dicho la envolvió, y en ese instante, no hubo espacio para dudas. Sólo existían ellos dos, y el amor que, aunque prohibido, ya era más fuerte que cualquier obstáculo. Con un último beso, uno que pareció detener el tiempo y anclarse en sus corazones, se despidieron sin necesidad de palabras. Era un beso cargado de promesas, de secretos y de una despedida que ambos sabían no sería definitiva. Cuando Isabella salió de la consulta, se detuvo unos segundos antes de girar y cerrar la puerta tras de sí, como si parte de ella, la más íntima y profunda, aún estuviera enredada en aquel espacio con Nicolás. Sentía el sabor de sus labios, la calidez de su aliento en su piel, el peso de su mirada grabada en su memoria. Mientras caminaba por el pasillo en dirección a la salida, sentía una ligereza extraña en su cuerpo, como si sus pies apenas tocaran el suelo, como si estuviera flotando, perdida en una nube de pensamientos y emociones. No podía apartar de su mente el toque suave de las manos de Nicolás, la ternura con la que la había sostenido, como si temiera romper algo frágil y precioso. Había una mezcla de emoción y nostalgia en su pecho, una sensación de plenitud y vacío al mismo tiempo, como si cada paso que la alejaba de él la acercara más a una realidad que aún no estaba lista para enfrentar. Al llegar a la calle, el aire fresco de la tarde la envolvió, pero no logró borrar el calor que sentía en su interior. Cada detalle del mundo exterior parecía difuso, casi irrelevante. Era como si, después de aquel beso, hubiera sido transportada a un lugar donde nada más importaba; solo la conexión profunda y magnética que acababan de compartir. Los sonidos de la ciudad apenas eran un murmullo lejano, y las personas que pasaban a su lado se movían como sombras sin forma ni rostro, mientras ella, absorta en su propio universo, seguía sintiendo el eco de aquel beso. Su mente regresaba una y otra vez al consultorio, reviviendo cada instante, cada segundo en que sus cuerpos se habían acercado, en que las palabras habían sobrado y los silencios habían hablado por ellos. Sentía una fuerza inexplicable que la arrastraba de regreso, como si hubiera dejado una parte de su alma en aquel lugar, junto a él. Y aunque sabía que no debía, que no podía permitirse albergar aquellos pensamientos, su corazón ya había sido conquistado por completo. A cada paso, la realidad intentaba abrirse paso, recordándole las complicaciones de sus vidas, los compromisos, las promesas hechas a otros… pero también sabía que algo había cambiado en ella, algo profundo e irreparable. Por mucho que intentara volver a la normalidad, aquella sensación no desaparecería. La conexión entre ellos había dejado una marca imborrable, y por mucho que el mundo real intentara imponerse, no había forma de negar lo que ambos habían sentido. Isabella siguió caminando, su mente anclada en ese último beso, en los brazos de Nicolás, en la intensidad de una despedida que había sido más bien el comienzo de algo que escapaba a su control. Desde aquel día, la conexión entre Isabella y Nicolás creció de forma descomunal. Lo que antes era una chispa de atracción se había transformado en una necesidad que los consumía por completo, una especie de obsesión que invadía sus pensamientos de día y de noche. Cada día que pasaban separados se convertía en un auténtico calvario, una prueba de resistencia que agotaba sus cuerpos y sus mentes. Las noches, que antaño habían sido momentos de calma y compañía, se volvían cada vez más largas y vacías junto a sus respectivas parejas. Lo que en un inicio fue la ilusión de compartir un destino en común se desvanecía, como si el telón cayera y expusiera una realidad que preferían ignorar: ellos no pertenecían a esos matrimonios. El peso de esta verdad los acercaba aún más, aferrándose a la idea de vivir una vida sin restricciones ni límites. Sabían que lo que compartían era prohibido, peligroso, pero también era lo más real que habían sentido en mucho tiempo. En los brazos del otro, hallaban una libertad absoluta para explorar, para sentir y para vivir sin máscaras, sin los juicios y expectativas que sus matrimonios les imponían. Cada caricia, cada susurro en sus encuentros robados se sentía como una reivindicación de todo lo que habían deseado y negado. Era, al fin, la oportunidad de descubrir quiénes eran en realidad, despojados de los roles y compromisos que durante años habían dictado su conducta. Con el paso del tiempo, sus encuentros se hicieron cada vez más frecuentes. Ya no bastaban las miradas furtivas en los pasillos ni los mensajes enviados a escondidas. Necesitaban el contacto físico, la cercanía tangible que les recordara que esto no era una fantasía. Isabella anhelaba la fuerza de los brazos de Nicolás, el calor de su cuerpo, y él no podía resistir el deseo de sentir su piel, de escuchar su respiración entrecortada. Cada encuentro se volvía más feroz, más excitante, como si estuvieran en una carrera contra el tiempo buscando alcanzar una cima que, a pesar de su intensidad, nunca parecía lo suficientemente alta. No solo era el deseo lo que los unía, sino una especie de curiosidad insaciable por explorar terrenos desconocidos, dimensiones de placer y de conexión que ninguno había experimentado antes. Sus encuentros, que en un inicio eran sencillos
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