– Hasta que te dignas a venir – Gruñe Pia ni bien entro por la puerta, levantándose del mullido sillón. – ¿Tú quién eres? ¿Su guardaespaldas? – Pregunta viendo detrás de mí.
– Pia, él es Eugenio, un amigo. Eugenio, ella es Pia. – Los presento, haciéndolo entrar y cerrando la puerta detrás de él.
– ¿Y para qué lo traes? Sabes que odio las visitas sorpresas y más si es gente que no conozco. – Se cruza de brazos por encima de su pequeña panza con actitud desafiante.
– Un gusto al fin conocerte, Pia, Emilio me ha hablado mucho de tí. – Responde Euge muy dulcemente. Pia levanta las cejas y me mira seria. – Creo que se quedó corto al describir tu hermosura. Felicidades por tu embarazo.
Mierda, si no lo conociera, diría que está tratando de conquistarla. Pia rueda los ojos, cambiando su actitud.
– Sí, sí, hola. – Nos da la espalda para dirigirse a la cocina. – ¿Transferiste el dinero que te pedí?
Volteo a ver a Eugenio, el cual solo me guiña un ojo, metiendo sus manos a los bolsillos de su pantalón.
– No, Pia. Ya te dije que no te voy a dar nada hasta estar seguro de que es mi bebé. – Ella se voltea rápidamente con una mueca de incredulidad mientras toma algo de la alacena. – Bastante hago con pagar este apartamento y todos tus gastos.
– No puedo creer que me estés diciendo eso delante de él. – Señala a Eugenio – Claro que es tuyo. – Dice con voz aguda.
– Hagamos la prueba de paternidad entonces. – Ladeo mi cabeza cruzando los brazos. Sé que se va a negar, como siempre lo hace.
– ¡No! A mi bebé no le vas a hacer daño. – grita. Sonrío porque sabía la respuesta.
– Tranquila, Pia. No es necesario tocar al bebé, simplemente tienes que dar una muestra de tu sangre y listo. – Dice tranquilamente mi amigo.
– ¿A eso viniste? ¿Eres doctor? No me gustan las agujas, no hay posibilidad que me pinchen ni a mí, ni a mi bebé. – Dice rápidamente.
Eugenio me voltea a ver, negando con la cabeza sonriendo. Está disfrutando esto más de la cuenta.
– Mira Pia, – hablo tranquilamente. – Hay dos formas que consigamos la muestra de sangre. – Comienzo a caminar hacia ella. – Una es que la des voluntariamente y la otra… – Llego frente a ella, sosteniendo su mirada – La otra no te va a gustar, así que por favor, vamos al laboratorio a dar la muestra de sangre.
– ¿Piensas que me vas a intimidar con tus amenazas? – acerca su rostro al mío, haciendo que su aliento choque con mi nariz. Su cercanía solo hace que quiera apretar su cuello, pero sé que es donde debo estar en este momento. – No te tengo miedo. –
Me desafía Pia antes de tocar su cuello. La tomo por la cintura antes de que se desvanezca y caiga al piso por el disparo del tranquilizante que le ha dado Euge.
– ¿Estás seguro que no le hará daño al bebé? – Le pregunto a Eugenio cuando llevo a Pia al sillón para recostarla.
– Para nada, Al menos eso dijo el doctor. – Se dirige a la puerta para abrirla y dejar entrar al equipo del laboratorio.
Uno de los chicos pone alguna clase de banda en el brazo de Pia, mientras otro prepara algo que saca de un maletín. Toman la muestra de sangre y la meten en unos tubos y me toman muestra de saliva con algunos hisopos.
– El resultado estará en una semana. – El chico se saca los guantes con los que estaba trabajando – El bebé y ella estarán bien.
***
– Ambroa – Respondo la llamada sin ver el número entrante.
– Amiga, hice algo pero no te enojes – Dice Rebeca del otro lado del teléfono.
– ¿Qué hiciste? – Fruzo el ceño. Sé que no le dijo a Euge, y mucho menos a Emilio de mí.
– Pondré la cámara. – Enseguida su cámara se activa y suspiro para contener mi frustración.
Puedo ver que Rebeca voltea la cámara, mostrando a una Kika sonriente.
– ¿Sorpresa? – Dice Rebeca con precaución.
– Rebeca…
– Lo sé, lo sé, Pau, – Dice Kika – No la culpes a ella, yo insistí y al parecer le gané por cansancio. Prometo no decir nada a nadie ni tampoco nombrarlo. – Dice rápidamente, sin dejarme hablar.
– Kika, de verdad me da gusto verte, pero…
– No sé en dónde estás, y tampoco quiero que me digas. Solamente quiero que no pierdas contacto conmigo por… por otras cuestiones. – Pone sus manos en modo de súplica.
– Está bien – Le sonrío. – Déjame poner la cámara.
Ambas se ponen en la imagen y comenzamos a hablar.
Kika me cuenta que regresó con Germán mientras Rebe me pone al día con los chismes de mi madre, los cuales ella no me quiere contar, y las cosas que están pasando por la ciudad.
– Yo sé que te dije que no iba a tocar el tema pero… – Dice Kika – Debo preguntar. ¿Cómo estás? – Habla con preocupación.
– Bien, ¿Por? – Pregunto algo extrañada.
– Por lo del embarazo – Dice algo apenada. Mi corazón late fuertemente pero me tranquilizo al saber que todo está bien.
– No me importa. Es su vida, no tiene nada que ver conmigo.
– Pero te pidió matrimonio…
– Kika, estoy bien, de verdad. – Le sonrío. Veo que la puerta del estudio donde estoy se abre, dejando entrar a la persona que me hace compañía. – Las tengo que dejar, hablamos después. – Me despido rápidamente antes de que el chico se acerque a mí.
– ¿Puedo tener tu número? – Pregunta Kika. – Lo guardo con otro nombre y no digo nada a nadie, lo prometo. – Bate sus pestañas como niña chiquita, lo cual me hace reir.
– Sí, claro, solo… por favor… – Suspiro en derrota. Sé que Kika insistirá hasta que lo consiga.
– Por supuesto, siempre con discreción, lo prometo – Dice poniendo su mano en su pecho justo cuando se acerca Fede a saludarme de beso en mi coronilla. – No estás sola. – La escucho murmurar.
– Rebe, pasale mi número. Seguimos en contacto, cuidense. – Cuelgo la llamada y pongo mi atención en el hombre que acaba de llegar.
El día que escuché la conversación de Emilio y Pia, fue el día que volví a cerrar mi corazón. Mentiría si dijera que no me dolió su engaño, que más que eso, me dolió que me mintiera por tanto tiempo.
No me hubiera importado si lo hubiera hecho antes de que yo llegara Italia ya que estábamos en un periodo extraño, pero por el tiempo de embarazo, calculo que fue después de que regresé a México, que es cuando ya éramos pareja oficial.
Ese último beso que le dí fue una amarga despedida. Sé que le dije que lo esperaría para hablar, pero ¿De qué íbamos a hablar? Yo no acepto ninguna clase de engaño, porque sería traicionarme a mí misma si permito que me traten de esa forma, así que decidí que todo quedaba ahí.
Fui directamente a la mansión, tomé algunas de mis cosas y me fui, dejando atrás el hermoso anillo que me había dado esa misma mañana.
Por un breve momento de mi vida pensé que había encontrado el complemento perfecto para mí, pero me equivoqué, mi único complemento era Esteban, el único hombre por quien he llorado y el único hombre por quien lloraré.
No he derramado ninguna lágrima por esa situación, desde mi punto de vista, no vale la pena,
No tiene sentido llorar por alguien que no pensó en mis sentimientos al momento de estar con otra persona, no tiene sentido flagelarme por algo que esa otra persona hizo, así que solo dí vuelta a la página y seguí con mi vida, muy lejos de ahí, porque sabía lo que se venía… Ruegos, súplicas y lágrimas de cocodrilo.
Unos días antes me había enterado que Fede Castro, mi amigo escultor, viajaba a Francia para abrir un estudio creativo y poder trabajar tranquilo en su próxima obra maestra así que decidí alcanzarlo y ofrecerle el lugar perfecto para hacerlo… La cabaña que compré por la insistencia de mi madre.
Hemos estado conviviendo desde que llegué al pueblo. Obviamente tuve que confesarle quién era, ya que tenía que estar trabajando desde casa e iba a escucharme hablar mucho de empresas. Lo tomó bastante bien, a decir verdad, no cambió para nada su trato hacia mí, seguimos teniendo la hermosa amistad que siempre hemos tenido, lo cual agradezco, porque su compañía me viene bien en la cabaña.
La cabaña, que más que una cabaña es un mini palacio, con todas las comodidades, y lo mejor de todo, alejada de la humanidad.
– ¿Cómo sigues? – Pregunta ni bien cuelgo.
– Mejor, gracias. ¿Conseguiste lo que necesitabas?
– No, voy a tener que pedirlo online, pero preferiría ver el material en persona, sentirlo con mis manos… – dice suspirando mientras se echa en el sillón del estudio.
– ¿Y qué te detiene? – Pregunto levantando una ceja.
– Tengo que viajar a otra ciudad y no te quiero dejar sola, menos si estás enferma.
– No seas exagerado, no estoy enferma, es solo estrés.
– Estrés por trabajo remoto. ¿Regresamos a México?
– ¿Ya hiciste tu obra maestra? – Levanto una ceja al preguntar.
– Sabes que no – Entrecierra los ojos.
– Entonces nos quedaremos. – Le guiño un ojo.