ONCE

1868 Palabras
⭐︎SOLANGE⭐︎ No sé si alguna vez he estado en un jet privado o si esta es la primera vez. De cualquier manera, estoy impresionada. Usamos mi tarjeta de débito mágica para alquilarlo, pero fueron los contactos de Daniel los que nos encontraron a los pilotos que no harían preguntas y una ruta a Francia donde no necesitaría el pasaporte. —No Hay tiempo suficiente para conseguirte los papeles antes de que nos vayamos, pero los recogeremos en Paris. No te preocupes. Pronto serás totalmente legal— me dice Daniel mientras subimos las escaleras del jet de lujo. —¿Totalmente legal de una manera totalmente ilegal?— pregunto. Daniel se encoge de hombros. —Tomate, tomato. Algunos lo llaman ilegal. Otros lo llaman improvisación. Somos como The second City in Chicago, excepto que estamos corriendo por nuestras vidas y Melissa McCarthy no es parte de nuestro grupo— —¿Eso es lo que estamos haciendo? ¿Correr por nuestras vidas? Pensé que estábamos tratando de averiguar quién era yo— Entramos al avión, y Daniel se deja caer en una gran asiento de cuero y pone los pies en el asiento frente a él, cruzando las piernas a la altura de los tobillos. Pone las manos detrás de la cabeza y se estira. —Creo que las dos cosas van de la mano— me dice. —Y creo que, si no obtenemos una respuesta a tu pregunta de identidad pronto, nuestro tiempo se acabará. Cualquiera que tenga conexiones con alguien que pueda hacerse cargo del departamento del sheriff es alguien de quien debemos encargarnos antes de que él se encargué de nosotros. Al oír la palabra “Nosotros” siento un escalofrió de calidez recorrer por mi columna vertebral. Estoy agradecida de no estar sola. No puedo imaginar como habría sobrevivido sin él en el bosque, por no mencionar como habría tenido que lidiar con el departamento del sheriff. Pienso en el hombre de la chaqueta bomber en el departamento del sheriff. Habría sido más fácil si él hubiera sido el asesino en serie y pudieran haberlo obligado a contarles sobre mí, pero sé que no era él. La voz en el baño, aunque solo había gruñido y gemido, no era la misma voz que la de mi secuestrador. El único recuerdo que puedo sacar de mi mente es la voz de mi secuestrador, y nada me hará olvidarla. La voz del asesino en serie era plana y metálica. Fría e inexpresiva. Más aguda que la del hombre en la oficina del sheriff. Podría haber disfrazado su voz, pero es difícil creer que haya tenido la presencia de ánimo para hacerlo mientras peleaba en un baño. Daniel estuvo de acuerdo conmigo en que el hombre de la chaqueta de aviador no era el asesino en serie. Estaba convencido de que era un pistolero a sueldo para atraparme y tal vez algo peor. Daniel me había explicado que reconocía a un pistolero a sueldo cuando lo veía, y yo estoy bastantemente segura de que ese conocimiento viene de su experiencia personal. —¿Quieres algo de beber? ¿O algo de comer?— Una azafata aparece a mi lado, sonriéndome de oreja a oreja, como si nada la hiciera feliz que servirme. Es una mujer alta y rubia, tan hermosa como una modelo, y desprende un fuerte olor a competencia. Dos pilotos preparándose para e vuelo en la cabina y la única azafata, que parece ansiosa por atender todas las necesidades de Daniel y mías y deseos, conforman la tripulación del avión. —¿Te refieres a comer? ¿Tienes algo de comer?— —Hemos preparado una cena de cinco platos y una hora de cóctel con aperitivos variados, pero podemos aterrizar en cualquier lugar que quieras para conseguir comida de cualquier restaurante del planeta— —¿Cualquier restaurante?— pregunto, considerando las opciones. —No hay tiempo para viajes especiales— dice Daniel. Niega con la cabeza y chasquea los dedos. —Espera un minuto. Olvídalo. Lo siento. Esta vez no vamos a salvar al mundo. Solo la estamos salvando a ella. necesitamos desenterrar su pasado y enterrar a su posible asesino. Así que, pongamos el espectáculo en marcha. No hay tiempo para una parada para comer costillas en Kansas City. París espera— Cierra los ojos y su cabeza se desploma inmediatamente hacia un lado. Un segundo después comienza a roncar suavemente. Envidio su capacidad para conciliar el sueño tan rápido. Nada podría hacerme dormir en este momento. Estoy asustada por lo que nos espera y emocionada por la experiencia de volar en un jet privado. Estoy completamente despierta y no hay forma de que me quede dormida. Los motores del jet arrancan y me siento frente a Daniel en el pasillo. Estiro las piernas el en asiento y me recuesto en una pila de cojines. —¿Mimosa?— me pregunta la azafata, entregándome una copa. Tomo la bebida y bebo un sorbo de la copa. Está deliciosa, y me pregunto si soy una bebedora. El avión entra en la pista y termino el resto de la mimosa en dos tragos. Dejo la copa en una mesa y evalúo el lujoso entorno. Es agradable tener dinero. El dinero compra cosas bonitas. ¿Pero podrá comprarme a mí, mi identidad? ¿Podrá borrar el trauma que sé que yace detrás de mi amnesia? ¿Podrá decirme quién soy y darme una pista sobre la llave maestra que ahora llevo en un collar alrededor del cuello? Daniel me compró una gruesa cadena de oro para la llave como regalo de camino al aeropuerto, insistiendo en que llevara la llave maestra que habíamos encontrado en la caja de segu2ridad sobre mi cuerpo, escondida debajo de mi ropa. “No querrás perderte esto” Me dijo Daniel cuando me puso el collar alrededor del cuello. Lo había comprado con su propio dinero, no con mi tarjeta de débito mágica que guardo segura en el estuche impermeable en mi nueva billetera. Cuando me puso el collar con la llave alrededor del cuello, me sentí cuidada y sentí una oleada de emoción hacia Daniel que me sorprendió. —Aquí tiene una lista de nuestros servicios de spa— me dice la azafata, sacándome de mis pensamientos. Me entrega una tarjeta con una lista de tratamientos faciales, pedicuras y masajes escritos en ella. La examino mientras el avión despega. —Y hay una ducha de vapor y un jacuzzi en la parte de atrás. Por favor, avíseme si desea que se los prepare— añade la azafata. Le doy las gracias y me pregunto cuando durará el vuelo a París. ¿Lo suficiente para una ducha de vapor y un jacuzzi?. Podría hacer maravillas para pasar el tiempo, la cena gourmet también. El jet es tan lujoso que no me importaría vivir aquí a tiempo completo. Al otro lado del pasillo, Daniel duerme profundamente. No puedo entender cómo puede dormir cuando hay una ducha de vapor esperándolo. Y es entonces cuando yo también me quedo dormida. Me despierto unas horas más tarde, entreabriendo ligeramente los parpados. Puedo sentir la mirada de alguien sobre mí y me pregunto si la atenta azafata esta inclinada sobre mi esperando pacientemente mi pedido de cena. Abro los ojos por completo y veo que Daniel es quién me observa. Nos miramos a los ojos por un segundo, y él se sobresalta, girando la cabeza hacia la ventana, como si estuviera molesto por haber sido sorprendido observándome dormir. Pero no me importa que me haya estado mirando. No es malicioso. No es la mirada lasciva de un chico de fraternidad. Es algo más profundo, como si hubiera sentido la necesidad de vigilarme mientras dormía. El pensamiento me relaja, me vuelvo a dormir y no despierto hasta que aterrizamos en París. ⭐︎DANIEL⭐︎ —Deberías de cerrar la boca. París es una ciudad bonita, pero tienen moscas, y no querrás tragar una— le digo a Solange. Aterrizamos hace unas horas, y no ha cerrado la boca desde entonces. No había emitido ningún sonido, pero se quedó boquiabierta en el momento en que vió la torre Eiffel y no la ha cerrado desde entonces. Quedó maravillada con París. Había planeado un viaje de negocios sensato, pero después de ver su respuesta a la ciudad de la luz, decidí darle el tratamiento parisino completo. Un Porsche nos esperaba en el aeropuerto privado a las afueras de París cuando aterrizamos, y nos conduzco a la ciudad. Subimos por los campos Elíseos y rodeamos el Arco del. Triunfo. Me quedo atónita con los magníficos monumentos y la impresionante arquitectura. Me enamoré instantáneamente de la ciudad. Conduzco por los Grandes Bulevares y me detengo en la Place de la Concorde, en el Hotel Grillon, donde nos registramos. —La Guillotina estaba ubicada en la Plaza de la Concordia después de la Revolución Francesa, y el Hotel Grillon solía ser un edificio de apartamentos donde la gente alquilaba habitaciones para tener una mejor vista de las decapitaciones— me dice Solange mientras caminamos hacia nuestra suite de lujo. —Interesante— digo—Siempre me gusta una buena historia sobre la pena capital— El nuevo pasaporte, certificado de nacimiento y la licencia de conducir de sonlange la esperan en la suite de lujo, tal como lo había planeado. También un vestido de noche. Solange lo levanta y me mira inquisitivamente. —Piensa en ello como un código de vestimenta para Le Gentleman’s Clube. Tengo un esmoquin por aquí en alguna parte— le digo —Entonces, ¿me estás vistiendo ahora?— —No, pero si quieres, puedo hacer maravillas con un sostén— le digo a Solange sonriendo con picardía Solange arquea una ceja. —No seas ridículo. No puedo usar sostén con este vestido. Ni siquiera puedo usar bragas con este vestido. Este vestido es ilegal en tres países— —Por suerte estamos en Francia. Nada es ilegal aquí. Así que solo te estás vistiendo para la ocasión— —Si la ocasión es una mamografía— murmura, inspeccionando el vestido. Oculto una sonrisa, alejándome de ella hacia la barra en la esquina de la habitación. Abro una botella de Evian y tomo un trago largo. Había pedido el vestido para Solange cuando pedí su pasaporte falso. Tengo que admitirme a mí mismo que lo compré porque quería verla con él. Es un gesto de fraternidad, que estaba seguro de que ella rechazaría. Pero me sorprendió. —Bien— dice ella. —Me lo pondré, si me acerca a terminar esto— —No estoy seguro de que el vestido haga eso— le digo con sinceridad. Espera. ¿Qué estoy diciendo? La verdad está sobrevalorada. Si un superespía sabe algo, es mentir siempre para conseguir lo que quiere. —El vestido es solo por la apariencia. No creo que eso destape al asesino en serie— Maldita sea. Lo estoy haciendo de nuevo. Cállate Daniel. Cállate. —Está bien— dice Solange, apretando el vestido contra su pecho. —Tal vez así es como me visto normalmente. Tal vez no me gustan los sostenes— Sonrió. —Que coincidencia. A mí tampoco me gustan los sostenes—
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