Cielo gris y múltiples gotas cayendo del cielo en un aguacero torrencial, uno que parecía que tardaría en cesar. El pequeño Ronny tendría tan solo ocho años cuando semejante episodio ocurría en su vida. Esperaba a su padre tal y como todos los días, tan acicalado como le habían enseñado, con el uniforme extremadamente impecable, su cabello brillante y acomodado con gel de buena calidad y su carita impecable, con solo el color de las pecas pintando el pálido lienzo de su piel. Era su primer año en aquella escuela, por lo que tenía muy buenas expectativas.
–Eres el nuevo, ¿no? –Moreno, de apariencia extranjera y más alto que Ronny. No le conocía, ni siquiera recordaba haberlo visto en su clase, pero ahora se dirigía a él como si de alguna manera le conociera. El pequeño pelinegro asintió un poco confundido–. Creo que debería presentarme, Ronnybuh. Mi nombre es Zamir y estoy aquí para exigir mi cuota diaria de pago.
–¿Cuota de pago? –Inquirió el pequeño extrañado–. No tengo dinero… y el que me dan mis padres es solo para mi merienda.
–Parece ser que durante un tiempo tendrás que vivir sin tu merienda, pequeño niño. –Tanto él como sus dos amigos soltaron una carcajada–. Pero será un precio adecuado por tu seguridad, ¿no te parece?
–No te daré mi dinero. –Se negó Ron frunciendo el ceño–. Es para comprarme mi merienda. –Repitió.
Zamir bufó para luego dejar salir un enorme suspiro. Quizá necesitaría transmitir su mensaje de otra manera o, posiblemente, debía demostrarle lo que pasaría si seguía negándose a cooperar. Incluso habían personas alrededor, podía servir de evidencia para que nadie se entrometiera en sus cosas a partir de ahora. El moreno alzó la mano por encima de Ron haciendo que el pequeño pelinegro se encogiera con temor.
El impacto no fue tan fuerte, pero obligó a Ronny a cerrar los ojos con fuerza, demostrando de forma errónea el temor que le recorría el organismo. Fue entonces cuando consiguió notar como el ligero peso en su rostro desapareció. Todo quedó borroso y entonces se dio cuenta de que sus lentes se habían ido al suelo. Zamir no había intentado golpearle el rostro, más bien iba por sus anteojos. Consiguió ver la silueta negruzca en el suelo y entonces sus agudos oídos escucharon el sonido de los cristales partirse en mil pedazos. El moreno los había pisado y simplemente los dejó hechos añicos.
Tragó saliva pensando en cómo demonios le diría a sus padres que los lentes nuevos se habían roto en el primer día de uso, porque si, tan solo la tarde anterior se habían movilizado a la óptica en busca de aquellas gafas. Vaya que estaba en problemas.
–Oh, ¿no me digas que vas a llorar por tus anteojos? –Se burló el mayor siendo seguido por quienes le acompañaban–. Tómalo como una pequeña demostración de saludo. Es mi regalo de bienvenida a nuestro instituto.
Ronny sentía el sabor salado de las lágrimas acumularse en su garganta. No podía creer que tan solo en su primer día ocurriera aquello. La vida parecía indicarle que a donde fuese que decidiera ir, su karma le perseguiría hasta el fin del mundo. No tenía escapatoria incluso si se escondía debajo de las piedras.
–¿Qué pasa, Ronnybuh? ¿No estabas esperando a tu padre? –Zamir no se parecía a aquellos que se habían burlado del pelinegro en un inicio. Esta vez el moreno le atacaba de forma directa y eso era aún más intimidante–. Ve, puede que haya llegado y no estás allí para él.
Se burlaron. Era evidente que llovía a cántaros y el chico debía aguardar a su progenitor bajo un techo que le protegiera, pero no era complicado entender lo que el mayor le estaba obligando a hacer. Intentó negar con la cabeza mirando a Zamir pero solo consiguió darse cuenta de cómo este lo miraba en mofa, asintiendo levemente en respuesta al más joven. No tenía elección. Fueron sus piecitos los que comenzaron a moverse lentamente hasta salir de la protección que tenía para la lluvia.
Suspiró sintiendo como las gotas de lluvia caían sobre su ropa, mojándola hasta dejar la tela de su camisa casi transparente y evidenciando la camiseta sin mangas verde oscuro que llevaba bajo esta. Estaba fría, muy fría. Sus oscuros rizos caían sobre su frente pegándose a esta y transportando pequeñas gotitas que eventualmente llegaban hasta el suelo. No obstante el ruido de semejante aguacero no era suficiente para opacar las bulliciosas carcajadas que dejaban salir Zamir y sus amigos. Era una pesadilla que Ronny jamás imaginó vivir en su primer día de clases.
Otros le miraban con lástima, con compasión, pero nadie era capaz de intervenir ya que sabían las consecuencias de entrometerse en el camino del moreno. A partir de ese momento el chico estaba marcado como su víctima, por ende no existía manera de evitar lo inevitable.
Por fin sonó la melodía de su salvación, esa bocina que le recordaba que alguien estaba allí para recogerle y que tendría un momento de paz en casa sin nadie que le molestara. La puerta del auto se abrió y pudo ver de forma borrosa como la figura de su padre abría un paraguas y corría hasta él. Ah, deseaba que se pusiera a su lado y le protegiera de la lluvia, y es que... ¿no es eso lo que todo pequeño de ocho años desearía?
–Ron, ¿qué ha pasado? ¿Por qué saliste bajo la lluvia? –Rápidamente la atención del mayor cayó sobre el rostro del chico, frunciendo el ceño ligeramente–. ¿Dónde están tus anteojos?
–Me he caído... –Mintió, permitiendo por fin que las lágrimas se abrieran paso en sus ojos y comenzaran a imitar a las gotas de lluvia que caían a cántaros–. Tan pronto como intenté recogerlos, alguien los pisó y... lo siento papá.
–Descuida, descuida. –Allí estaba, por fin, el cálido abrazo que necesitaba para sentir que todo estaría bien–. No debiste salir y mojarte de esa manera. Ven, vamos al auto.
Esa tarde simplemente había explicado por segunda vez la misma historia falsa a su madre, quien simplemente dejó salir un suspiro indicándole a su marido que debían volver a la óptica y conseguir unos nuevos. Estaba más que claro que los siguientes días serían terribles ya que la miopía sería su leal compañera hasta que los próximos anteojos estuvieran listos.
–Lo siento. –Musitó el pequeño apretando sus puñitos con fuerza y, sobre todo, frustración.
–No tienes nada que sentir, tesoro. No has hecho nada malo. –Rita fue la segunda en abrazar a su pequeño pelinegro ese día
¿Cuánto tiempo había vivido Ronny en aquel infierno creado por Zamir? Los meses transcurrían rápidamente, y cada día el pelinegro debía sacrificar su mesada diaria para entregársela a quien le molestaba, a fin de que lo dejara en paz por lo menos por esas veinticuatro horas
Fingiendo que todo estaba bien, asegurándoles a sus padres que usaba el dinero de cada día para comprar diferentes tipos de meriendas, mintiendo con los sabores que imaginaba de cada delicioso postre que veía en la cafetería hasta el punto de hacérsele agua la boca, pero por encima de todo estaba su propio bienestar y Ronny sabía que si hablaba se vería en muchos problemas... o, al menos, era la manera en la que él veía las cosas.
No obstante, nada en el mundo podía verse como eterno y la paciencia y resistencia del pelinegro no resultaba en una excepción. ¿Quién diría que aquello ocurriría el mismo día que esperaba los maravillosos resultados del examen final? Si, gracias a la enorme cantidad de nervios con los que cargaba había olvidado tomar el dinero que diariamente sus padres le otorgaban. Tantas calamidades ocurridas y las incontables pérdidas que había tenido, pero la sonrisa del chico de grandes anteojos era notoria ya que sabía que con el número obtenido durante ese día conseguiría una enorme satisfacción para sus padres, se sentirían orgullosos de él.
Era una costumbre. Todos los años desde que había ingresado en la escuela Ronny sabía que el día más feliz de todo el año era cuando su nota se revelaba. Siempre superando las expectativas de sus progenitores, siempre rompiendo sus propios objetivos y consiguiendo muchísimo más de lo que él mismo podía esperar. Era simplemente maravilloso.
–Vaya, vaya… pero miren a quién tenemos por aquí. –Allí estaba ese sujeto que le causaba náuseas. Ronny sabía exactamente como quitárselo de encima diariamente, por lo que sin decir una sola palabra metió su mano izquierda en el bolsillo con la intención de tomar el dinero y entregarlo a quien le molestaba. Eso era lo que esperaba hacer, pero su rostro se tornó sorprendido al darse cuenta de que no había nada; lo había olvidado–. ¿Dónde está lo que me pertenece?
–Yo… –Su voz comenzó a titubear buscando con desesperación en sus bolsillos–. Lo he dejado… Zamir lo siento, mañana te daré el doble.
–Ah… es una pena. Necesito comprar algunos cigarrillos al salir de la escuela. ¿Cómo podemos reparar eso? –Miedo, temor y estrés por aquella situación. ¿Por qué había sido tan estúpido? ¿Cómo pudo olvidado algo tan importante?–. No hay mucho que hacer… mis cigarrillos tendrán que esperar. –¿Le estaba perdonando? Durante ese pequeño instante Ronny sintió que el peso en su espalda caía al suelo y se permitiría respirar en calma, o fue lo que pensó–. Pero entonces jugaremos juntos esta tarde. Lanzaremos una moneda. Si cae cara te dejaré ir y no podrás quedarte el dinero que debías entregarme. Si termina en sello… me temo que tendrás que pagar por tu descuido de hoy.
Ron tragó saliva. ¿Su futuro en ese día de verdad sería determinado por una estúpida moneda? No tenía muchas elecciones, por lo que simplemente asintió sintiendo la humedad en las palmas de sus manos. Si bien tenía la oportunidad de salir libre, era exactamente el mismo porcentaje de probabilidades que quedaban para convertir su día en un completo infierno. La sonrisa triunfal de Zamir incluso sin lanzar el pequeño objeto metálico le generaba escalofríos. En menos de un parpadeo se vio rodeado por los otros dos que siempre acompañaban al moreno, y Zamir lanzó la moneda.
¿Cuántas vueltas había dado? El tiempo pareció transcurrir en cámara lenta y el pelinegro se permitió observar detenidamente como la pequeña moneda giraba en el aire, brillando cada vez que el sol le golpeaba como si se tratara de un espejo. Pasaron algunos segundos y por fin aquel objeto circular cayó, siendo atrapado por el moreno, quien mantuvo su mano cerrada mirando fijamente a su víctima, con ceja alzada y generando incluso más suspenso del que la misma situación podía crear.
–¿Qué crees que haya caído? –Inquirió con malicia–. ¿Deberíamos apostar?
–Muestra el resultado de una vez… –Si, Ronny estaba aterrado y no sería capaz de soportar la carga de tensión que se añadía.
–¡Venga ya! No seas aburrido. ¡Apostemos! –Los otros dos bufaron asintiendo ante la idea de la apuesta. ¿Podían las cosas estar peor?–. Apuesto a que saldrá sello. Si gano Ronnybuh deberá darnos a cada uno un beso en el patio principal de la escuela diciendo a todos que es nuestra chica.
Los ojos del pelinegro demostraban su nivel de disgusto y absoluto shock. ¿Cómo podría hacer algo como eso? Definitivamente deseaba que la suerte se apiadara de él por primera vez en su vida y le permitiera salir ileso de todo ese embrollo tan horroroso.
–Si sale cara deberás dejarme en paz para siempre. –Su pequeña voz salía titubeante, aterrada… simplemente deseando que cualquier entidad divina que existiera tuviese un poco de misericordia con él y le ayudara. ¿Era acaso mucho pedir?–. Ahora, por favor, abre la mano.
Los tres agresores se miraron mostrando una sonrisa landina. Era demasiado evidente que les hacía gracia ver el sufrimiento del pequeño en cada segundo que transcurría. Por fin el puño de Zamir comenzó a abrirse y Ronny mordió su labio aguardando el resultado de aquel molesto momento de estrés y tensión. Sus ojos se abrieron saturados de sorpresa. Simplemente no lo podía creer.