Capítulo 5 - Salvar y recompensar - Parte 2

1720 Palabras
Capítulo 5 - Salvar y recompensar - Parte 2 Cuando llegaron a destino, el conductor tuvo que alzar la voz para hacer que ellos se alejaran el uno del otro, pues seguían besándose como si no hubiera un mañana; perdidos por completo en los labios del otro, ajenos a todo lo que los rodeaba. De inmediato se disculparon y Alex le pagó, antes de bajarse con Lourdes del vehículo. Con una rapidez increíble se dirigieron hacia el interior del edificio sin dejar de besarse en ningún momento. Casi borrosamente, luego de unos minutos, se encontraban saliendo del elevador en el piso que Alex había marcado al subir. Al ingresar al departamento de Alex, Lourdes se encontró fascinada por el lujo discreto que estaba presente en el lugar. No esperaba menos, pero verlo en persona le hizo sentir un poco incómoda, comprendiendo por fin que detrás de la actitud despreocupada y juguetona de Alex, había una vida de comodidades y riqueza que contrastaba fuertemente con la suya, sin lujos, casi ordinaria. Sin embargo, el dinero que tenía su familia, no era algo que le atraía de él. Por el contrario, desde el instante en que lo vio en aquel pasillo, mientras discutía con Karol por una estupidez, Alex había capturado por completo su atención sin saber de donde provenía. Desde entonces, Lourdes, se sintió atraída, pero luego, al conocerlo más a fondo, llegó a imaginarse estando a su lado, formando una pareja desbordante de pasión, tal como lo habían demostrado en el taxi hace solo un instante. Después de todo, la química entre ellos era innegable, especialmente cuando Alex no dejaba espacio para que ninguna distracción se interpusiera entre ambos. —¿Qué sucede, preciosa? —preguntó Alex acercándose a ella. La sujetó con una mano por la cintura, mientras que la otra se dirigió hacia su mejilla donde la acarició—. No te pierdas en tus pensamientos, ahora —susurró al acercarse a su oído, haciendo que su aliento le provocara a Lourdes un escalofrío tan placentero que la hizo estremecerse y jadear. Por unos segundos Lourdes se quedó completamente quieta, aunque al cabo de unos segundos parpadeó rápidamente, volviendo a la realidad. Se mordió los labios con fuerza, ansiando inmensamente lo que estaba por venir. Luego, le dedicó a Alex una sonrisa, justo antes de apoyarse contra su pecho y hablarle mientras lo miraba a los ojos: —En ti… Solo tú estás presente en mi mente —murmuró ella en respuesta, poniéndose de puntitas de pie para depositar un suave beso en sus hermosos y sensuales labios. En esta oportunidad, Alex no buscaba dulzura. Su cuerpo ardía con una necesidad urgente que incluso a él lo sorprendía, por lo que sin darle a Lourdes oportunidad de alejarse luego de ese simple pico, deslizó la mano que tenía en su rostro hasta su nuca y la atrajo hacia él con firmeza para un beso demoledor. Lourdes, en ese instante, dejó escapar un leve jadeo, sin saber muy bien si era por la sorpresa, por el ligero dolor que estaba experimentando en donde él la estaba sujetando o si era por el deseo creciente que se encendía entre ellos, queriendo arrasar con todo en la habitación. Ese simple contacto le dejó claro que Alex se comportaría como un verdadero salvaje en la cama, y eso le gustaba aún más que cualquier muestra de ternura que hubiera recibido de él hasta entonces. —Mmm… —gimió ella con fuerza, sintiéndose devorada por él, justo antes de que se apartara de su boca. —Vamos, preciosa… —susurró él con voz ronca, elevándola del suelo en sus brazos con una facilidad sorprendente. Lourdes, de inmediato, enredó sus piernas en la cintura de él, y lo apretó con fuerza, haciéndolo sentir el calor de su entrepierna contra su duro abdomen. Alex la llevó hasta su habitación, volviéndola a besar con tal intensidad que hacía que todo se desvaneciera. Al llegar, la depositó con suavidad sobre la cama, donde su silueta vestida con ese pequeño vestido n***o, resaltaba en extremo contra las sábanas blancas. —¿Te he dicho lo hermosa que eres? —preguntó él, devorándola con la mirada. La intensidad de su mirada era tal, que Lourdes podía sentirla recorriendo su piel. —No… No me lo has dicho —respondió ella, sonriéndole de forma traviesa. Al escucharla, Alex se inclinó sobre su cuerpo, acercando los labios a su oído antes de susurrarle palabras que la hicieron estremecer: —Eres preciosa… Eres una mujer muy hermosa y me vuelves loco. Tan loco, que estoy completamente duro por ti. ¿Quieres sentir lo duro que estoy? ¿Quieres sentir lo que me haces? Lourdes exhaló un suspiro tembloroso cuando él empezó a acariciar su clavícula, deslizando la yema de los dedos sobre su piel antes de descender lentamente hasta la curva de sus senos, memorizando cada sensación bajo su tacto. El deseo era más que palpable, casi se podía percibir la electricidad en el aire. Sus miradas se encontraron por un instante, compartiendo en silencio el deseo que sentían en ese momento; sin embargo, pronto Lourdes habló: —Sí, por favor… Quiero sentirte, Alex —murmuró ella, con la voz entrecortada, mientras sentía como su cuerpo temblaba involuntariamente sobre la cama. —Siente… Siente lo que me haces —dijo Alex, mirándola fijamente al hablar, sin querer perderse ni una sola de sus expresiones, mientras deslizaba sus caderas ligeramente hacia abajo, haciendo que su m*****o endurecido, aún atrapado en sus pantalones, rozara el suave muslo de Lourdes. —¡Oh, por Dios! —expresó ella jadeante, exhalando sonoramente para luego morderse los labios con fuerza—. ¡Estás completamente duro, Alex! —Eres tú la que me pone así, Lourdes. —Quiero sentirte dentro de mí… ¡Por favor! —rogó ella con la voz un tanto rota al final. —Tus deseos son órdenes, pequeña —dijo Alex y de inmediato la besó en los labios nuevamente, olvidándose de todo el mundo, al menos por ahora. Poco después, sintiéndose completamente embriagado por el deseo, al verla enloquecida por él y por lo que le haría, Alex comenzó a desvestir a Lourdes con una lentitud deliberada, provocándola aún más. Le quitó el vestido con mucho cuidado antes de inclinarse a sus pies y deslizar suavemente sus zapatos fuera de sus pies. Luego, los lanzó a algún lugar de la habitación; aunque no sabría muy bien donde, puesto que no miró. Estaba más concentrado en ella que en donde caerían esos zapatos estúpidamente altos que ella se había puesto esta noche. —¡Oye! ¡Mis zapatos! —se quejó ella, pero ya había sido demasiado tarde. Ya habían sido arrojados hacia algún lugar. Cuando Alex terminó, fingió no haber escuchado su queja por el trato dado a sus zapatos. En cambio, se tomó un segundo para admirar la encantadora imagen que tenía frente a él y aprovechó ese instante para depositar pequeños besos en sus tobillos haciéndola olvidar. Mientras ella respiraba con dificultad al sentir el roce de sus labios sobre su piel, él fue subiendo lentamente, dejando un rastro de besos húmedos a lo largo de sus piernas, alternando entre una y otra, hasta llegar al interior de sus muslos —Mmm… Hueles increíble… A puro cielo —murmuró él, al llegar a su entrepierna, percibiendo un ligero aroma a excitación en ella. Lourdes entrecerró los ojos, sintiendo cómo su respiración se volvía cada vez más pesada al escucharlo. La calidez de su aliento rozando su piel sensible la envolvía, provocándole una sensación que la desinhibió por completo. —Eso es lo que tú provocas en mí… —susurró ella con las mejillas ligeramente encendidas—. Desde que te vi, más temprano, al bajar del auto frente a mi casa… Desde allí, estoy mojada. No he dejado de pensar en esto, en que me hagas tuya. Las palabras de ella, lejos de asustarlo, lo excitaron enormemente. Su mente no pudo evitar imaginar cómo sería hacerla suya, sumergiéndose en ella sin tener que detenerse nunca, disfrutando sin límites de cada instante en que la embestía. —Mmm… —gimió luego de escucharla—. No te preocupes, me haré responsable de lo que provoqué en ti. Y te daré lo que necesitas —murmuró Alex y aunque él seguía en su lugar, para ella fue como si se lo dijera justo en su oído. Sonriendo con picardía, Alex recorrió las piernas de Lourdes con las yemas de los dedos, disfrutando de cada estremecimiento que le arrancaba con solo ese simple toque. Sin querer esperar ni un instante más, depositó un pequeño beso justo sobre la pequeña tela de su tanga, la cual apenas y cubría el centro de su deseo. Ella al sentir que la besaba allí, aunque solo fuera sobre la ropa y no tocara su piel directamente, no pudo evitar soltar un fuerte gemido mientras su cabeza se inclinaba hacia atrás, su espalda se arqueaba y su boca se habría desencajadamente para luego emitir un sonoro jadeo. Lourdes traía puesta una pequeña tanga y un corpiño de encaje a juego, estos eran casi transparente, pues dejaban ver lo que en realidad se suponía que tenía que ocultarse. Era la cosa más sexy que él había visto jamás en su vida, por lo que cuando se alejó para empezar a desvestirse, no pudo evitar sentir como su m*****o empezaba a latir, dentro de sus pantalones, queriendo entrar en contacto con todas las zonas que ahora eran el fruto de su deseo. Con una paciencia casi tortuosa, exploró con sus ojos cada rincón de su piel, dejando que la tensión se acumulara entre ellos. Luego, concentrándose en su mirada, sin apartar sus ojos del hermoso rostro de Lourdes en ningún momento, comenzó a deshacerse de su camisa y su cinturón con movimientos pausados, disfrutando de como ella lo absorbía con la mirada. A continuación se quitó los zapatos y rápidamente los siguieron sus pantalones, tirándolos por alguna parte de la habitación. —¡Oh, por Dios! —soltó ella y luego se mordió los labios sin poder despegar los ojos de su cuerpo bien trabajado. —¡No tienes idea de cuántas ganas tengo de cogerte! —admitió Alex, con la voz profunda y cargada de anhelo, sonriéndole con picardía.
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