CAP. 21 – THOMAS BLAKE 2
El bosque le cuenta sin frases: Margot, la hija mayor, que escribía poesía y ahora calla. Eliza, la menor, que conversaba con células y ahora con murallas.
Le hace ver una noche de invierno, una puerta entornada, una mirada perdida.
Emma siente el peso de esa historia como si fuera propia. No la vio, ni la vivió. Pero el bosque se la ofrece, como quien descansa en una guardiana.
Las raíces se enredan en sus pasos, no para detenerla, sino para bordar el camino.
"Ve," parece expresar el tronco hueco. "Ellas no logran salir. Tú sí puedes entrar."
Emma aprieta la pala. No como un arma, sino como llave. El bosque no olvida, y cuando habla, es para que alguien accione.
Hay un dolor en la boca del estómago en Emma que sólo se va cuando ella
retoma su impulso de justicia: un dolor que no se calma con té de hierbas ni con mutismo. Es memoria, es la voz de todas las mujeres que no pudieron clamar.
Ese dolor aparece al alba, cuando el paraje aún dormita y ella recuerda lo que vio, lo que oyó, lo que nadie hizo.
Es un nudo, una roca candente que se instala justo ahí, entre el hambre y el temor.
Emma lo conoce bien. Sabe que no se va con tregua, ni con palabras apacibles, ni con promesas de cambio.
Solo se disuelve cuando ella procede. Cuando la pala toca tierra y el bosque la guía. Cuando el mundo se equilibra, aunque sea por un momento.
Después de cada acto, el dolor se arrincona como marea baja. No desaparece del todo, pero le da tregua. La deja dormir unas horas, le permite respirar sin que el pecho se cierre.
Emma busca alivio. Y el alivio, en su cuerpo, tiene carácter de justicia.
En una escena íntima, cargada de complicidad femenina, Emma comparte con Mrs. Betty la historia que el bosque le ha murmurado:
La tarde cae como una espiración sobre el paraje. Se deshace en tonos sepia. Emma camina con paso lerdo, como si cada hoja caída le marcara el ritmo. El humo de las chimeneas se enrosca en el aire fresco, y Emma, con las botas aún salpicadas de barro, camina hacia el domicilio de Mrs. Betty. La necesita.
Es un ritual. Cada vez que el dolor en la boca del estómago se agita, Emma sabe que debe acudir a verla. Quizás a buscar consejo, O tal vez a dejar que las palabras salgan, como se drena una herida.
Betty la espera con la tetera humeante y esta vez una torta de chocolate que hizo ella. Su casa huele a infancia, huele a canela y madera vieja. La tetera ya está en marcha, y la torta de chocolate espera en el centro de la mesa, como un altar para las confesiones.
Emma se acomoda en el sillón, envuelve la taza con las manos, y mira el vaho como si leyera en él.
-El bosque me habló -dice, sin prólogos.
Betty asiente. Ella sabe que el bosque no falsea.
-Una casa en lo profundo del bosque. Dos hijas. Una rota en su interior, la otra por fuera. Y un hombre que las tiene cautivas, como si fueran propias. Como si el amor pudiera imponerse con barro y encierro.
Betty le indica servirse un pedazo de torta. No dice nada, pero sus ojos fulguran.
Emma mira sin avidez el trozo de torta y continúa.
-Pero él… Forzó a la mayor a ocupar el lugar de la esposa. Y la menor, cuando los descubrió ... Ahora vive encerrada, perdida.
Betty entrecierra los ojos. Respira profundo. No hay sorpresa, solo una pena enorme.
- ¿Y él? –indaga, sin levantar la voz.
-Nunca consintió en que se fueran. Las tiene aferradas.
El silencio se aposta. Solo el reloj de péndulo se anima a hablar.
Emma bebe otro sorbo. El dolor en la boca del estómago se remueve, como si supiera que se acerca el instante.
-No sé si puedo hacerlo -masculla.
Betty se inclina. Su voz es firme, como siempre.
-Sí que podés. Porque si vos no lo hacés, ninguno lo hará.
La pala espera en el porche. Y el bosque, como siempre, ya comenzó a abrirle camino.
-Margot ya no escribe. Eliza habla solo con las paredes. Y él… él sigue allí, como si nada.
Emma bebe un sorbo de té. El calor le baja por la garganta, pero el nudo en el estómago continúa.
-No sé si puedo hacerlo de nuevo -musita.
Betty gira su cabeza hacia ella con dificultad. Su voz es baja, pero segura.
-Insisto en que podés, pues nadie más lo hará. Y porque ese dolor que llevas… no es solo tuyo. Es de muchas.
Emma cierra los ojos. Vuelve a ver la casa, la pala. Ve a Margot, a Eliza, al bosque que la reclama.
Cuando se incorpora, el plato está vacío. La taza, tibia. Y el dolor, un poco más leve.
Betty la despide con una frase que ya forma parte del ritual:
-No olvides que el paraje te prefirió, y yo también. Y que vivir en zona rural tiene sus ventajas
El tiempo, el cuerpo envejecido de Thomas Blake, y el bosque mismo parecen complotar a su favor:
Emma ha esperado, sin miedo, y por cuidado hacia a las hijas, para que no estén cerca.
No quiere que Margot vea. No quiere que Eliza se altere. No desea que el acto de justicia se convierta en otro trauma.
Así que observa. Desde el mismo bosque, entre brozas que la envuelven como un manto.
Thomas Blake ya no es ágil. Camina con parsimonia, se sienta largo rato en el porche, y a veces se queda entre dormido, como si el tiempo lo estuviera desbaratando poco a poco.
Emma sabe que el cuerpo decae, pero el daño no. Y que la justicia no tiene edad.
Una tarde, ve lo que precisa: Margot sale a recoger leña. Eliza está en su rincón, dibujando algo en la pared, canturreando en voz baja.
Thomas está solo. Sosegado, vulnerable.
Emma se aproxima. Sin furia, con el convencimiento de quien ha esperado demasiado.
La pala se aliviana. El dolor en el estómago se agita, como si supiera que está por libertarse.
El bosque guarda sigilo. El paraje contiene el aliento. Y Emma, con cada paso, se convierte en lo que invariablemente fue: la mano que equilibra, la sombra que resguarda, la mujer que no olvida.
Emma entra sin hacer ruido.
El golpe es seco. La tierra se ablanda, aguardando. El silencio, total.
Thomas no despierta. Se hunde en la oscuridad como tantos otros que el paraje ha restituido al suelo.
Emma cubre el hueco. No quedan marcas. Solo flores silvestres, como las que crecen detrás del galpón de Lyon.
Margot vuelve con la leña y ve la silla vacía. Siente algo diferente en el aire. Solo se sienta en el porche y respira como si lo hiciera por vez primera.
Eliza, desde su rincón, se incorpora, mira por la ventana. Sonríe.
-El monstruo ya no está -dice, como si alguien se lo hubiera balbucido.
Esa noche, Margot escribe una poesía. El primero en mucho tiempo. Habla de raíces, de tierra, de mujeres libres.
Eliza duerme sin rezongos. Sin terrores.
Emma no vuelve a esa casa. No hace falta. El bosque ya hizo su labor. Y el dolor en la boca del estómago se derrite como sal en agua tibia.