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Los Ojos Del Corazón

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Descripción

Un exmilitar que lo perdió todo… incluso la vista.

Una enfermera que solo debía cuidarlo… sin involucrar el corazón.

Alan vive atrapado en la oscuridad, rechazando ayuda y alejando a todos. Pero cuando Violet entra en su vida como su enfermera personal, su mundo comienza a cambiar poco a poco.

Lo que empieza como una simple responsabilidad se convierte en algo más profundo, más peligroso… y más difícil de ignorar.

Porque a veces, cuando los ojos dejan de ver… es el corazón el que aprende a sentir.

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Alan
Alan El silencio de la mansión era tan denso que Alan podía escuchar el polvo cayendo sobre los muebles. Llevaba seis meses, catorce días y aproximadamente nueve horas sin ver absolutamente nada. No llevaba la cuenta por esperanza, sino por costumbre. Los militares llevan la cuenta de todo. Incluso de su propia destrucción. Estaba sentado en el suelo de la sala, la espalda apoyada contra el sofá de cuero que su abuelo había comprado en los años ochenta. Las manos descansaban sobre sus rodillas. Los ojos —aquellos ojos azules que las enfermeras del hospital militar habían llamado "hipnóticos", "hermosos", "imposibles de creer que no vean"— estaban abiertos, fijos en un punto que no existía. No necesitaba vendar sus ojos. No había nada que proteger. Las córneas estaban intactas, los nervios ópticos también. El problema estaba más atrás, en algún lugar oscuro de su cerebro que los médicos llamaban "daño cortical postraumático". Una explosión. Una metralla que no entró por los ojos, sino por la nuca. El resultado era el mismo: luz cero. Percepción cero. Pero sus ojos seguían siendo hermosos. Qué ironía. Alan pensó que preferiría tener dos cuencas vacías. Al menos así la gente no se quedaría mirándolo con esa mezcla de lástima y confusión. "Pero si tiene unos ojos tan lindos...", solían decir las visitas en el hospital, como si la belleza de sus globos oculares pudiera compensar la oscuridad perpetua en la que vivía. Por eso ya no recibía visitas. Por eso había pedido (exigido, más bien) que lo dieran de alta y lo dejaran en paz en la casa de su abuelo, aquella mansión fría y enorme que ahora era su tumba personal. La casa tenía ventanales gigantes que daban a un jardín descuidado, pero para Alan daba igual que entrara el sol o la noche. Su reloj biológico se había vuelto errático. A veces dormía de día. A veces no dormía. A veces lloraba sin darse cuenta. A veces golpeaba las paredes hasta sangrarse los nudillos. Nadie lo veía. Nadie lo escuchaba. Así estaba bien. Alan no tenía familia. Sus padres murieron en un accidente automovilístico cuando él tenía quince años. Era hijo único. Hubo tíos, sí, pero ninguno quiso hacerse cargo de un adolescente atravesado y lleno de rabia. Lo derivaron de una casa a otra durante un año, hasta que Alan cumplió diecisiete y se alistó en el ejército con una identidad falsa. Necesitaba disciplina. Necesitaba que alguien le dijera qué hacer. Necesitaba no pensar. El ejército le dio todo eso. Y luego la guerra le quitó todo lo demás. El sonido de unas uñas arrastrándose sobre el mármol lo sacó de sus pensamientos. Trueno. Su perro labrador, ya viejo, ya cansado, se acercó y apoyó la cabeza en su muslo. Alan pasó una mano sobre el pelaje amarillento. —Estamos solos, viejo —murmuró—. Como siempre. Trueno suspiró. Hacía semanas que no ladraba. De repente, el timbre de la puerta principal rompió el silencio. Alan frunció el ceño. Nadie lo visitaba. El coronel Méndez llamaba por teléfono cada quince días, pero no se aparecía. Los servicios de comida a domicilio dejaban los pedidos en la entrada. Los vecinos no existían o no se atrevían a acercarse. El timbre sonó otra vez. Alan no se movió. Una tercera vez. Más insistente. —Déjalo, Trueno —dijo Alan cuando el perro gruñó apenas—. Si es alguien importante, volverá. O no. Me da igual. Pero la persona al otro lado de la puerta no se rindió. Alan escuchó un golpe firme, luego una voz de mujer, clara y decidida: —¡Señor Alan! Soy Violet, su enfermera. El coronel Méndez me envía. Sé que está ahí. Su perro ladra cuando alguien se acerca, y acabo de escucharlo. Alan maldijo entre dientes. Trueno no había ladrado, pero había gruñido. Maldito perro delator. Se puso de pie con esfuerzo, tanteando el respaldo del sofá hasta encontrar su bastón plegable. Nunca lo usaba dentro de la casa —conocía cada centímetro cuadrado gracias a meses de memoria táctil—, pero para enfrentar a una intrusa prefería tenerlo en la mano. Un arma discreta. Caminó hacia la puerta. Contó los pasos. Diecisiete hasta el recibidor. Giro a la izquierda. Cinco más hasta la puerta de roble macizo. Abrió. El aire exterior entró con olor a tierra mojada. ¿Había llovido? No lo sabía. No lo sabría nunca a menos que alguien se lo dijera. —Dígame qué quiere —dijo Alan, sin invitarla a pasar. —Ya se lo dije —respondió la voz de Violet, firme pero no agresiva—. Soy su enfermera. El coronel Méndez asignó a todo su pelotón herido personal de enfermería especializado. A usted le toqué yo. —No quiero enfermera. —Lo sé. Por eso el coronel no le preguntó. Alan apretó la mandíbula. Podía sentir la presencia de la mujer a unos dos metros de distancia. No la veía, pero percibía su calor, su respiración tranquila, su ausencia total de miedo. Eso lo irritaba aún más. —Míreme —dijo Alan, abriendo los ojos de par en par, sabiendo que sus pupilas azules se veían intensas, casi sobrenaturales—. ¿Ve estos ojos? Son hermosos, ¿verdad? Pues no ven absolutamente nada. No necesito que me los limpien. No necesito que me pongan gotas. No necesito compasión disfrazada de trabajo social. Ya tuve suficiente en el hospital. Hubo un silencio. Luego Violet dijo: —Sus ojos son bonitos, sí. Pero yo no vine a mirarle los ojos. Vine a que no se muera de desnutrición o de tristeza, que es lo mismo al final. ¿Me deja pasar o hablamos desde el umbral como dos desconocidos? Alan estuvo a punto de cerrar la puerta. Su pulgar ya presionaba el borde de la madera. Pero entonces Trueno se acercó a la puerta, olfateó el aire y movió la cola. La movió. Por primera vez en semanas. Alan suspiró. —Pase —dijo, apartándose—. Pero no se haga ilusiones. No me va a arreglar. Violet entró. Alan escuchó sus pasos firmes sobre el mármol, el roce de su uniforme, el tintineo de su mochila médica. —No vine a arreglarlo, señor Alan —dijo ella, mientras cerraba la puerta detrás de sí—. Vine a que usted decida arreglarse solo. Yo solo soy un espejo. Con título. Alan no respondió. Pero por primera vez en meses, la mansión no estaba completamente en silencio.

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