Mi mamá no me dirige palabra alguna por todo el camino. Llegamos a la casa y en un tono molesto, ordena que me baje y la espere en el granero. Sin protesta hago lo que pide y suelto mi mochila en una esquina. Al cabo de unos minutos regresa con un bate en la mano, se encierra conmigo y todo mi cuerpo se tensa.
—Te daré de baja de esa mediocre escuela, de igual forma no creo que nadie te eche de menos. ¡Eres una maldita molestia! ¡Debí dejarte morir cuando pude y me estaría ahorrando este maldito problema!
—Mamá, ¿qué piensas hacer con eso?
—¿Qué crees?
—Por favor, mamá, por primera vez, escúchame.
—No quiero escucharte — me tira un batazo y trato de cubrirme con el antebrazo.
—¡Detente, por favor! — le ruego—. ¿Por qué me tratas así? Siempre me haces esto y a mis hermanos nunca les haces nada. ¿Por qué solo a mí? — lágrimas bajan por mis mejillas, por más que trato, no puedo controlarlas —. ¿Qué tienen ellos de especiales que no tenga yo? Hago todo lo que me dices, estudio, saco buenas notas, corto el césped, saco la basura, trato de que te sientas orgullosa de mí y lo único que gano es esto. ¿Por qué?
—¡Cállate! ¡Solo eres un parásito que no debí haber tenido! Te odio de la misma forma que odiaba a tu padre. Eres igual de inútil, estúpido y repugnante que él. Yo no quería tener otro hijo y él me obligó a tenerte. ¿Qué tienes de diferente a tus hermanos? A ellos sí los deseaba, ¡a ti no! Tu padre era un violador, un vividor, un cerdo maldito que abusó muchas veces de mí y por eso lo maté. No me sirves para nada, solo para darme dolores de cabeza y traerme recuerdos de ese infeliz, por lo que he llegado a la conclusión de arrancar de raíz mi problema— me tira otro batazo y lo trato de sujetar en el aire, pero ella me da un rodillazo en la barriga.
Me logra dar un batazo en el lado de la cabeza, no tan fuerte, pero me siento aturdido al instante. Caigo al suelo, me pongo en posición fetal, trato de evitar a toda costa que vuelva a darme en la cabeza. Mis lágrimas no dejan de salir, mi cuerpo tiembla y el dolor es insoportable. Por más que presiono mi cabeza, no se detiene. Continúa golpeándome con el bate; en mis brazos, piernas, incluso en mis costillas. Me golpeaba como si quisiera matarme. Quito mi mano de la cabeza y la extiendo hacia ella, pero su respuesta fue otro batazo.
—Mamá, yo solo quería que me notaras, que me dieras la misma atención que les das a ellos — sollozo.
Me falta el aire, pero intento desahogarme guardando las esperanzas de que me escuche y se detenga.
—No me importas, ¿no te das cuenta? Eres muy estúpido para creer que algún día he sentido algo por ti. Solo eres un pobre mugroso que no me sirve de nada y que desprecio con todo mi ser.
—¿Yo qué te hice?
—Destruirme la vida. He perdido mis mejores años criando a un bueno para nada como tú. ¡Te odio! — vocifera.
Veo borroso, mi cuerpo se ha adormecido debido a sus constantes golpes. ¿Qué hice yo para merecer esto? ¿Por qué soy una molestia para todos? ¿Por qué? Arrastra mi cuerpo hasta arrojarme en el mismo hueco hediondo, oscuro y estrecho. Lo último que puedo ver es la puerta cerrarse.
Abro los ojos, no sé cuánto tiempo ha transcurrido; el dolor se ha tornado más insoportable que antes. Mi cuerpo arde y tengo calambre en las piernas. Mis tripas suenan, el ardor en la boca del estómago es igual de inaguantable que la garganta y la sequedad de mi boca. Es como si estuviese tragando miles de alfileres. Las moscas yacían sobre mi cuerpo, el olor a pudrición se percibe en el aire. Siento mi vejiga llena, por lo que saco mi pene para orinar, pero incluso eso arde. ¿Cómo es que estoy vivo? ¿Para qué quiero estar vivo? Yo no quiero pasar mis últimos días en este lugar. Necesito respirar. Entre más tiempo paso despierto, siento que en cualquier momento voy a quedarme sin aire. No quiero estar un segundo más aquí. A pesar de sentir una fuerte opresión en el pecho, más esas ganas inmensas de llorar, mis lágrimas no salen. Mi voz se encuentra tan débil y ronca, que por más que trato de gritar, es muy poca la voz restante. Golpeo con las manos la puerta de madera, pero no tengo fuerzas para hacer mucho.
—¡Alguien que me ayude! ¡Sáquenme de aquí, por favor! — grito, con las últimas fuerzas que me quedan.
¿Por qué tengo que morir así? Me quedo en un leve letargo, cuando escucho el sonido de la puerta del granero. No puedo mover mi cuerpo por más que lo intento.
—Perdóname, mamá — sollozo tan bajo, que es casi imposible que alguien me escuche.
Escucho a alguien tarareando una canción y de pronto veo el rostro de Noah a través de la ranura de la puerta. El cuchillo que trae consigo se ve ensangrentado, mientras que su rostro está cubierto de sangre.
—Te encontré — suelta una risita traviesa.
—¿Noah?