EL PLAN DE JANE

2374 Palabras
Los días pasaron y la vida de Jane parecía ser peor que el día anterior. Realmente no tenía nada que hacer en aquella casa fría y vacía que compartía con su madre. Las únicas dos veces que cenó junto a ella y su esposo las cosas fueron muy incómodas. De alguna forma se notaba que Sebastian no estaba muy contento con la presencia de la chica. Natalie ni siquiera se esforzaba por conversar con su hija. Jane se preguntó si algún día podría hablar como una persona normal con la mujer. Sus conversaciones no pasaban del buenos días, tardes o noches; y de cuánto dinero le había dejado sobre la alacena. Jane ni siquiera contestaba. No era que hiciera demasiado con ese dinero. La casa se quedaba sola la mayor parte del día, así que aprovechaba para salir de su habitación y echarse en el sofá mientras buscaba algo de comer en internet. Preferentemente comida que llevaran a domicilio. No recordaba cuántas pizzas había comido en la semana. Tenía esa extraña virtud de comer mucho y no subir de peso. Aunque tampoco era como si deseara tentar al destino. Esperaba pronto regresar a su correr matutino, si tan solo encontrara a alguien que le hiciera compañía, a ella nunca le gustó salir sola a correr, no importaba qué tan seguro fuera el barrio de Natalie. A ella no le gustaba. En España aprovechó a ganar algo de dinero al pasear perros por las mañanas, de esa forma hacía ejercicio y su ahorro aumentaba. Deslizó su dedo por la pantalla hasta encontrar un lugar de pasta. Quizá un poco de pasta le vendría bien… aunque también podría esperarse hasta la noche y comer una hamburguesa. Ah, la vida era tan jodidamente difícil. Una llamada por face time entró de pronto a través de su iPhone. Jane la tomó. Se trataba de Camila. —Hey, Jane —saludó en español la chica al otro lado de la pantalla—. Luces horrible. —Tú tampoco luces tan bien —rio la rubia hablando igualmente en español. Llevaba más de una semana sin hacerlo, desde que pisó Estados Unidos regresó a su idioma natal. —¿Qué has hecho? Te dejé algunos mensajes por teléfono, pero parecías no recibirlos. —Cambié de móvil y no pasé contactos. —Esperaría un lo siento, pero sé que nunca te sentiste parte de este lugar ni de nosotros. —Se podría decir que eres mi única amiga española, ¿cierto? Así que lo siento. La española rio justo como su amiga hizo previamente y negó. —No pasa nada. Sé que no quieres saber nada de Rubén, pero no la está pasando bien, tía. —No tengo cabeza para pensar en él justo ahora, Camila. En serio. —Vale, vale. Lo respeto —comentó con una sonrisa—. Cuéntamelo todo. ¿Cómo va todo con tu Sugar Daddy, mh? Ese hombre es un papucho, Jane. Su rostro parece tallado por los mismos ángeles. Jane casi había olvidado lo ocurrente que era su ex compañera de carrera. Solamente eran cercanas porque durante el tiempo que Jane vivió en el campus universitario, Camila fue su compañera de departamento por un semestre entero, luego se mudó. Jane lo hizo mucho después, pero al menos llegaron a conocerse. Después de Camila, Jane no compartió más departamento dentro del campus. Desde siempre pagó por tener una habitación individual con una pequeña sala y cocineta independiente, pero todo estaba tan saturado que la pusieron a compartir con Camila. Ambas chicas aceptaron. —¡Cuéntamelo todo! —Exigió su amiga. Jane suspiró y quizá su mirada cambió a una un tanto triste. —Oh, no… —Se escuchó la voz de Camila al tiempo que parecía arrojarse a su cama y pegaba más su rostro a la pantalla—. Esa expresión no me gusta para nada. ¿Te rechazó? Jane negó. —¿Entonces? —No me rechazó… es decir, no directamente. Su amiga se mantuvo en silencio invitando a la rubia a seguir. Jane hizo una mueca antes de continuar hablando. —Creo que ni siquiera le di el tiempo suficiente para rechazarme… yo solo lo ataqué y huí. —¿Lo atacaste? Las mejillas de la joven Smith se pusieron rojas por completo. —Cuando llegué al aeropuerto se me ocurrió lanzarme a sus brazos y… —¿Y…? —Lo besé… El grito de Camila bien pudo escucharse en toda la habitación. —¡¿Qué tú hiciste qué?! ¡Aaaaaaah! ¡No puedo creerlo! ¡Ostia, tía! Eres lo más. —Sí, pero luego de besarlo salí corriendo. No le di tiempo de hablar. Además, solo fue un pequeño roce en el suelo. —Madre mía, ¿le has tirado al suelo? ¿Ahí en el aeropuerto? Jane asintió. —Tú sí que eres ruda, tía. ¿Y qué más pasó? —Conversamos un poco en el auto, pero no me dijo nada del beso. Solo… parecía algo distante. Quizá se ha hecho gruñón con los años. —Después de todo ya tiene más de cuarenta años —se burló la otra—. Creo que es algo normal. —Apenas tiene cuarenta y un años, so stupid —la regañó la rubia. —Ya, ya. Lo siento por tocar a tu Sugar. —Después cuando me dejó en casa de mi madre le di otro beso de despedida… y huí. Otra vez. —¡Ah, Jane! Pero, dime. ¿Te correspondió? —Creo que ni siquiera le di tiempo de pensarlo… Ahg, soy toda una estúpida, ¿verdad? —Nah, solo estás actuando como una niña tonta y virgen. —Soy virgen, dah. —Ups, casi lo olvidó —sonrió divertida su amiga—. En fin, creo que German White no te hará caso hasta que le demuestres que ya eres una mujer. —¿Quieres que me lo folle, acaso? —¡No, tía! Eso puede esperar. Además, tú me lo has dicho, tu padrino tiene fama de ser todo y gilipollas, ¿qué no? Desnudarte a la primera no creo que sea una opción, a menos que solo quieras algo de una noche y ya. —Yo quiero ser la única mujer de su vida. —Vale, vale… Ahí lo tienes, su única mujer. Tú lo has dicho. Dejá de comportarte como una niña, entonces. —Es que no sé como hacerlo. —A ver, ¿y qué ha pasado entre ustedes luego de esa vez? —Nada. Cama frunció el entrecejo bastante extrañada. —¿Desististe de tu plan de conquista? —No, ni siquiera lo he visto, ¿ok? German White y yo no nos hemos visto ni una sola vez en todo este tiempo. La castaña soltó un chiflido. —Confieso que no esperaba escuchar eso. Es decir, o te rechaza o te sigue el juego, pero eso suena muy mal, mal, mal. ¿Has tratado de hablarle? —Apenas hace tres días le robé su número de contacto a Natalie. Tuve que entrar cuando se bañaba y fisgonear en su teléfono. —¿Y…? —Pues apenas hace dos días le dejé un mensaje y nada. Ayer otra vez lo intenté con un saludo y creo que ni el visto me dio. Soy patética. Jane tomó una almohada del sofá y se cubrió el rostro con ella. Estaba empezando a sentirse la chica más patética del mundo. —¿Seguís teniendo la foto del gato del vecino en tu perfil? —Se llama Copo de Nieve y sí. —Ah, Jane. A los hombres se les enamora por la mirada, tía. ¿Es qué no sabes ni coño? Andá, tenés que quitar esa foto y poner una foto más sensual, más adulta. —No creo tener. —Vamos, tía. ¿Qué no te has dado cuenta de lo caliente que eres? Vamos, pero si mi heterosexualidad flaqueó por ti y lo sabes. Jane se echó a reír. Camila siempre había sido muy abierta con eso. —Mirate, pareces un tío. Tienes un rostro de muñeca, cintura estrecha y labios de corazón; casie apunto a tu club de fans. —Posiblemente te habría dejado con el corazón roto. —Cien por ciento seguro —se rio—. A lo que voy, tienes un gusto buenísimo para la moda, creo que es algo que le heredaste a la “Reina de Hielo”, úsalo a tu favor. Toma un jodido espejo y observa lo bella que eres, usa eso en German White. —Creo que tienes razón… —¡Claro que la tengo! La Jane que me habló de su amor me dijo que en cuanto volviese a Estados Unidos tendría a German White a sus pies. ¿Dónde está ahora esa Jane, mh? ¡Ve por tu hombre! —Eso haré, sois la mejor, ¿sabías? —Muchos me lo dicen, pero vale, tía, que no puedes ir en pijama. Date un baño, maquíllate, usa tus trajes de infarto y ve por ese playboy. Jane se carcajeó aunque en parte la otra chica tenía razón. Jane a través de las revistas de chismes sabía perfectamente bien que German White solía andar con distintas mujeres, todas increíblemente hermosas. También sabía que no tenía una relación estable, salvo por unos rumores donde se le vio repetidamente con la hija de uno de sus socios principales. Esa era la mujer que a Jane le causaba ruido, la única que le preocupaba. La mujer con la que vio más veces a German en la portada de las revistas. Pero esa mujer no parecía encontrarse cerca de momento, Jane tenía libre el camino para conquistar al hombre que amaba. —¿Jane? —Solo me quedé pensando. ¿Sabes? Creo que iré a prepararme, hoy es un excelente día para sorprender a German White en su trabajo. —Ahí está la Jane que conozco. —Ve por él, tigresa. Por cierto, ¿no dejaste amigas en Estados Unidos? La rubia negó. —Realmente no hice mucho click con mis compañeras de colegio. Ellas tenían otros intereses. —¿Ni con una? Jane trató de hacer memoria. Quizá si había una chica con la que platicaba más, era una chica de ascendencia latina. Sus padres llevaban años viviendo en Estados Unidos y ella nació ahí. Su madre odiaba verla junto a ella. —Había una… Angy, parece que era su nombre. Veré que ha sido de ella. —Eso me deja más tranquila. Entonces, nos vemos pronto. ¡Agrégame a tu nuevo número! —Lo haré. Mándame tu número por mail y listo. —Va. Ciao, ciao. Jane colgó la llamada con su amiga española y pensó que buscar a Angy sería una buena idea. Tal vez algún día podrían salir a beber algo y así darle un poco de fotos a German donde ella luciera hermosa. Definitivamente, en pijama y tragando pizza nunca conquistaría al hombre. Corrió a su recámara y se miró en el espejo. Sus ojos mostraron el mismo brillo que tuvo el día que decidió volver a Estados Unidos, cuando se hizo la promesa de conquistar al hombre que amó a su madre. Al hombre que aún la amaba. Porque Jane lo sabía. Jane sabía que German White solo suspiraba por la “Reina de Hielo”, su madre y ella agradecía parecerse tanto a Natalie Smith. Era un arma que pensaba utilizar a su favor. —Prepárate, German White. Hoy te daré una gran sorpresa. Aquella mañana German despertó de golpe. Estaba en su grande y cómoda cama. No había nadie a su lado, pero su cuerpo estaba demasiado caliente. Se dirigió al baño y se dio una larga ducha con agua fría. Deseó que los hielos cayeran por aquella regadera, porque podía jurar que humo salía de su piel al contacto con el agua fría. Aquel sueño había sido tan nítido. Se vio a sí mismo tomando unas copas con una hermosa mujer. Buenos pechos, grandes; piernas largas y torneadas, gruesos labios carmín y perfume exquisito. Se vio tocándola toda. La mujer se montó a horcajadas sobre de él y devoró su boca a besos. Él le correspondió gustoso. Amaba el sexo, no podía negarlo. Sus manos jugaron a colarse bajo la falda ajena y justo cuando comenzó a devorar su cuello, el color de aquella piel varió. También el largo de su cabello y el color. Buscó sus labios y se topó con una preciosa boca en forma de corazón. Aquella parecía ser su amada Natalie. No sería la primera vez que German tenía un sueño húmedo con la mujer. La había hecho suya tantas veces en sus más locos y eróticos sueños que ya debería estar acostumbrado. Pero esta vez era distinto. Aquella no era Natalie. Era más joven, más delgada, más… —¡¿Jane?! El German White del sueño empujó a la mujer que estaba aún vestida sobre él y abrió los ojos de golpe. Aún recordaba su corazón latiendo apresurado. Bajo la ducha no dejaba de tallar su cuerpo como si tratara de limpiarlo de alguna impureza. Nunca se sintió tan sucio como en ese momento. ¿QUÉ DEMONIOS LE PASABA? ¡Jane era su ahijada! La llevó a la Iglesia siendo apenas una bebé y prometió cuidarla. Le prometió a Natalie, su gran amor, estar siempre para esa niña… ¡Era inconcebible lo que soñó! Todo era culpa de Jane. Era culpa de esa niña que no había más que acosarlo desde que regresó a los Estados Unidos. Poco importaba que hubiera tratado de huir durante casi dos semanas. Hacía dos días Jane le había hablado por w******p, no contenta con solo saludarlo le mandó una foto de buenas noches de forma tan inocente que ahora se sentía mal al casi haberla follado en un sueño. German aún la veía como una pequeña niña jugando a ser mujer. Luego de casi una hora dentro de la ducha fue hacia su cuarto y se vistió para ir al trabajo. —Necesito sexo… —murmuró por primera vez en el día. No sabía aún que lo repetiría más veces. German White apenas estaba descubriendo que todos sus problemas presentes y futuros tenían un mismo nombre: JANE SMITH
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