Tan pronto Jane Smith entró de vuelta a la casa de su madre, ésta se le antojó vacía y enorme.
Su madre parecía tener un gusto bastante excéntrico. Las paredes eran blancas hospital, más estaban llenas de extraños cuadros, cuadros sin mucho sentido donde predonimaban las figuras triangulares y circulares en tonos rojo y n***o.
Todo, además, era muy moderno. La sala minimalista cubierta de piel beige, un reloj dorado con forma de sol y muebles bastante monos. Cualquiera diría que los acababan de comprar, algo bastante cerca de la realidad.
—Linda sala —atinó a decir Jane cuando su madre apreció frente a ella. La mujer llevaba un vaso con vodka en su diestra.
—¿Bebes?
—Solo de forma ocasional.
Natalie se encogió de hombros como restándole importancia a la respuesta contraria y se sentó en uno de sus cómodos sillones cruzando una pierna sobre la otra. Nadie podía negar que tenía estilo.
Lucía como todas las mujeres empoderadas deben lucir. Elegante, segura de sí misma y con un carácter firme.
Jane casi pudo jurar que tenía a la madre perfecta. Qué gran sorpresa se llevaría el mundo al saber cómo era su relación de madre a hija. No estaba segura de que decir que era mala fuese acertado; ni siquiera creía que existiese una.
—Gracias —continuó la mujer con el tema de su sala después de haber dado un largo sorbo a su bebida—. Cambiamos de muebles a menudo. Cada seis meses, por lo regular.
—Wow —se burló Jane—. Eso es no tener miedo al éxito.
Natalie sonrió de lado. La chica permanecía de pie observando desde arriba a la mujer.
—Afortunadamente tengo un esposo que comparte mis gustos. Ambos tenemos un estilo único, ¿no crees?
La mirada de la joven se paseó por todo cuanto estaba a su alrededor y asintió.
—Eso parece. ¿Sabes? Jamás pensé que llegaría el hombre capaz de soportar a la gran Natalie Smith.
Una risa suave se hizo notar. Su madre no rio, pero tampoco dijo nada. Lentamente terminó el contenido de su vaso.
El silencio se hizo de nueva cuenta entre ambas y Jane cruzó los brazos con desesperación. No comprendía la frialdad de su madre. A veces deseaba que Natalie la callara, que de pronto, la mujer deseara hacer otra historia a su lado, que ella misma pusiera de su parte para cambiar la percepción que tenía su hija, pero nada de eso parecía estar en los planes de la mujer.
Jane no esperaba una fiesta de bienvenida, nunca la esperó, pero al menos quería algo doferente, algo que Natalie no parecía dispuesto a darle.
—¿Y entonces qué? —Preguntó de golpe—. ¿Es aquí donde lloramos y nos abrazamos? ¿Es aquí dónde fingimos ser madre e hija?
Natalie calló. No pensaba caer en las provocaciones de su hija. No tenía ánimos de pelear.
—Dime, ¿qué pasará a continuación? ¿Me marcharé a mi recámara? Porque... oh, cierto, ¿viviré aquí o ya me conseguiste casa? Con eso de que siempre he sido un estorbo para ti.
—Vivirás donde quieras, Jane. Tan pronto como busques un lugar, jamás has tenido problemas de dinero y nunca los tendrás.
—¿Dinero? ¿Crees que es todo lo que necesito?
—Creo que es todo lo que siempre te ha sobrado. Todo cuánto quisiste te fue dado; la renta de un departamento a la mitad de la carrera, ti laptop, tu Iphone, tu tablet. Todo lo que la princesa quiso. Nunca te fallé.
—Vaya —sonrió con sorna—. No creí que estuvieras tan enterada de todo lo que hacía.
—La mayor parte del dinero que recibías era mío, así que deja de lado tu papel de víctima —habló con firmeza al tiempo que se ponía de pie.
—Tú no fuiste la que vivió siete años fuera.
—Si quieres seguir llorando lleva ese cuento de víctima a otra persona, alguien como German, tal vez. Es el único que podría creerte. Seguro ya le dijiste, ¿no? —Soltó una risa suave—. No podías esperar para contarle algo malo de mí. Como siempre.
—German es la única persona que me ha entendido desde pequeña.
Nuevamente estaban allí esos celos. Los celos de Natalie por compartir a su mejor amigo con su hija.
—¿Y dónde estuvo German todos estos años, mh? Dime. ¿Dónde estuvo mientras viviste en España?
El corazón de Jane pareció quebrarse, su madre la estaba lastimando mucho. Se preguntó porqué siempre debería de existir una guerra entre ambas. Ella no pidió nacer. Llevaba toda una vida queriendo encajar en algún lugar, pero era difícil cuando ni tu propia madre parecía desear que fueras parte de su mundo.
—Oh, claro —continuó—. Tu gran salvador se olvidó de ti durante siete años, Jane. Solo termina de aceptarlo.
—Mi padrino es un hombre ocupado.
—Como todos, así que ven conmigo, te mostraré tu recámara...
—Espera —la llamó. La mujer detuvo su paso y la miró de nuevo—. ¿Cuáles serán las reglas del juego? ¿Jugaremos a la familia feliz o seguiré siendo un secreto?
—Mi vida no va a cambiar por ti, Jane. Mi vida se queda tal y como está.
—No esperé que lo hiciera.
—Te quedarás aquí el tiempo que desees, luego buscaras un lugar donde te apetezca estar y verás cómo y dónde terminar tu carrera porque yo no te mantendré toda la vida.
Jane se echó a reír. Tenía ganas de llorar, pero se aguantó. De Natalie no quería ni un solo peso. No tenía mucho, pero había hecho un pequeño ahorro vendiendo galletas y jabones en España. No podía hablar de un negocio, pero sabía que si quería independizarse pronto de sus padres debía esforzarse.
—Tu padre no está contento con tu decisión y yo tampoco —siguió.
—Tú no estuviste siete años en España.
—Te faltaba tan poco, Jane. Nunca piensas en los demás. Siempre has sido así.
—Tuve mis motivos para regresar.
Natalie suspiró.
—Solo camina. Te mostraré donde se encuentra el cuarto de visitas.
La guapa mujer se dirigió hacia las escaleras y justo en ese instante Sebastian Cox, su esposo, bajó por ellas.
—Hey, Jane —saludó con educación—. Sebastian Cox —se presentó extendiendo una mano hacia la joven. Ella apenas y la apretó.
—Jane.
—Me gustaría decir que tu madre ha hablado mucho de ti, pero... Ya sabes como es ella. Me comentó que te quedarás unos días con nosotros.
—Hasta que encuentre un lugar de su agrado —intervino su esposa.
Jane sonrió de lado. Su madre había pensado en todo.
—Quería quedarme con mi madre algo de tiempo, pero creo que nos mataremos si eso ocurre.
Sebastian no pareció prestar atención a ese comentario. Realmente nunca tuvo hijos ni le interesaba. Le gustaba vivir así junto a Natalie y tampoco le encantaba la idea de tener a la hija de su esposa en casa.
—Así que seguro buscaré un departamento en esta semana o la próxima.
—Genial. Suerte con ello —dejó un par de palmadas en su hombro y se alejó.
—¿Te vas? —Preguntó Natalie.
—Surgió un pendiente en la oficina, voy rápido y regreso, ¿de acuerdo?
Natalie asintió. Por alguna extraña razón, viendo a Sebastian salir por la puerta principal, Jane sintió que su madre y su esposo tenían algunos problemas. De todas formas, no se atrevió a burlarse. Ella era mejor que su madre. Al menos eso creía.
Siguió en silencio a Natalie hasta una habitación que quedaba al fondo de un gran pasillo. La puerta era blanca.
—Es aquí, pasa.
La habitación estaba limpia, pero sí era más que obvio que esa recámara no solía ocuparse a menudo.
—James, el hermano de Sebastian, solía quedarse aquí unos cuantos días, pero de eso ya tiene bastante tiempo. Es pequeña, pero seguro servirá.
—Supongo que lo hará, después de todo, es temporal, ¿no?
—Sube tus maletas y has lo que quieras. Nos veremos después.
—¿Saldrás?
—Solo asegúrate de llegar a horas prudentes a la casa, éste no es un hotel. Mantén limpia tu recámara y si no hay en la despensa algo de tu agrado ve y compra. Mañana te dejaré dinero. Permiso.
Jane se rió nuevamente. Tuvo ganas de salir corriendo. Simplemente fue hasta la cama y se lanzó sobre ella. Su equipaje aún estaba en el piso de abajo, pero ya iría más tarde por él.
Dejó que el llanto acumulado en su ser saliera y se abrazó a una de las almohadas.
—Natalie tiene razón... —murmuró—. ¿Dónde estuviste todos estos años, German? ¿Por qué me abandonaste?
El corazón de aquella joven mujer se llenó de dolor y dejó que las lágrimas empaparan su almohada. Sacó su móvil del pantalón y buscó la foto de German White. Le observó largo rato en medio de suspiros.
—German... ojalá algún día tengas la más mínima idea de lo que significas para mí. Te convertiste en mi fuerza, en mis ganas de seguir... en mis ganas de un día volver.
Mientras hablaba las lágrimas bajaban por sus mejillas.
—German White, no me falles de nuevo, tú no.
La joven Smith estaba dispuesta a der traicionada por el mundo entero, pero una traición del hombre que amaba dudaba mucho poder soportarla.
Sabía que su comportamiento con el hombre no había sido del todo bueno desde que llegó, pero esperaba que el hombre la buscara.
Realmente lo esperaba. Y con la imagen de German White en su mente, se quedó dormida. Más tarde se despertaría con los gritos de Natalie diciéndole que dejó el equipaje en la sala.
Jane diría: "Había olvidado lo bonitos que eran nuestros encuentros familiares".