Decidieron no decir nada sobre el pequeño roce de labios que tuvieron en el aeropuerto. German aún se sentía como si se tratara de un sueño o de una pesadilla, quizás.
Subieron a la camioneta y tras darle las instrucciones necesarias a su chofer, éste emprendió el camino a casa de Natalie Smith.
El silencio reinó durante largo rato dentro de la ostentosa camioneta del empresario y la menor se recargó en los mullidos asientos de piel alzando los pies hasta dejarlos sobre el respaldo del copiloto.
—No hagas eso.
Jane pareció ignorar el comentario de su padrino, quien estaba sentado a su lado, porque mantuvo los pies en alto y sacó el iPod de su bolsillo con la firme intención de escuchar algo de música.
Gran error.
Algo que German White de verdad odiaba era que ensuciaran sus cosas. Era casi un adicto a la limpieza. No había sido así siempre, pero había cambiado considerablemente después de que se convirtiera en presidente de su propia empresa. Las exigencias del trabajo reformaron su vida de adolescente desastroso que poco se preocupaba por mantener su espacio personal en orden.
Durante su adolescencia la gente solía decir que de no ser por Natalie Smith, German viviría en un basurero, ya que era su amiga quien siempre andaba ordenando su ropa, lavando trastes y demás, incluso llevando sus trajes a la tintorería y llamándole en las mañanas para que despertara a tiempo y pudiese llegar puntual a las clases más importantes.
Natalie era parte de la vida de German White en su época universitaria y lo seguía siendo aún en la actualidad cuando el hombre podía tener a la mujer que quisiera en su cama y despertaba sin necesidad de una llamada para llegar puntual a su trabajo, donde llevaba una apretada agenda repleta de reuniones con importantes empresarios, accionistas y demás gente involucrada en el vasto mundo de los negocios. Un mundo que él conocía a la perfección y del que disfrutaba formar parte.
—¡Oye! —Gritó Jane cuando su padrino la tomó de los pies con algo de fuerza y la obligó a sentarse como Dios manda—. ¿Qué te pasa?
—No es correcto que te sientes así. No, ni lo sueñes —advirtió cuando vio a la rubia tratando de subir nuevamente los pies al respaldo. Su ahijada lo miró unos segundos antes de resoplar enfadada y guardar el iPod en el bolsillo frontal de su suéter.
—¿Y tu equipo de seguridad?
—¿Seguridad?
—Sí. Recuerdo que la mayoría de las veces andabas escoltado —comentó girando un poco el rostro para mirar por la ventana trasera como si esperara encontrar un auto oscuro o dos siguiéndoles de cerca—. ¿Ya no te cuidas?
—Hoy quise venir simplemente con el chofer. No es como si fuera a hacer algo importante.
Jane frunció el entrecejo con resentimiento y German se arrepintió de sus palabras, mas no llegó a admitirlo. Eso sería darle falsas esperanzas a su ahijada y él no quería eso. No quería que Jane pensara cosas que no existían ni existirían entre ellos. Aún se encontraba bastante nervioso.
Todas sus preocupaciones habían aumentado con las palabras de la joven en el aeropuerto.
Seguía sin poder creer que en siete años sin contacto alguno su ahijada no se hubiese olvidado de aquellas ideas tan infantiles.
—Poco interesa si es o no importante para ti —le regañó la joven—. Tienes que cuidarte. Eres uno de los hombres más ricos del país, no puedes simplemente andar caminando como si nada. ¿Acaso no te bastó con el secuestro exprés que tuviste hace dos años?
Los ojos grises de German White se detuvieron fijamente en el color cielo de los de la joven y Jane deseó hacerse pequeña en su propio asiento, quizá debía aprender a cuidar mejor sus palabras. A German no le gustaba para nada que las personas mencionaran aquel infortunio donde uno de sus guardias de mayor confianza le traicionó reteniéndolo contra su voluntad dentro de su propia camioneta mientras el resto de los custodios buscaba desesperado su paradero.
—¿Eso como lo sabes?
—¡Todos lo saben! ¡Salió en los periódicos más importantes del país!
—Estabas en España, Jane.
—¡Lo sé! Pero eres casi una celebridad, ¿crees que en España no leemos noticias internacionales, acaso?
German apretó la mandíbula. Claro que lo sabía. Solo odiaba reconocer que era tan conocido fuera de Estados Unidos, le gustaría que existiera un equilibrio entre ser exitoso y pasar desapercibido, por desgracia no era así.
Él era un hombre exitoso, guapo y algo famoso. Nada podría ser peor. Bueno sí.
Tener a la hija de su mejor amiga diciéndole que le amaba.
Durante todo el tiempo que estuvo en España, la chica se la pasó buscando noticias sobre German White, incluso había hecho una especie de Diario donde todas las noches escribía un pensamiento para su amor y en el que tenía varios recortes del hombre tomados de revistas, periódicos y demás medios de información. Era un Diario bastante grueso. Le hubiese gustado escribir muchas cosas más de su gran amor, pero la escuela la había absorbido por completo.
—Fue un evento desafortunado, no me gusta hablar de él.
—¿Puedo saber qué pasó?
—Dijiste que ya estabas enterada, con eso es suficiente.
—Jamás aclaraste lo que ocurrió.
—Porque no me gusta hablar de ello —habló con hartazgo en su voz observando fijamente a la joven—. Se trataba de mi jefe de seguridad, ¿de acuerdo? No tenía mucho de haberlo ascendido; su hija estaba enferma de cáncer y al parecer las deudas del juego hicieron que se fuera a banca rota, se le ocurrió secuestrarme dentro de mi propio vehículo en vez de pedirme dinero.
Jane escuchó con atención.
—Bien... creo que, en efecto, habría sido mejor que te pidiera el dinero a ti. Le habrías prestado, ¿cierto?
El hombre asintió.
—Por supuesto que sí, pero él no quería un préstamo. Él quería el dinero sin más.
En fin, es parte del pasado.
—¿Puedo saber cómo acabó todo?
—Él en la cárcel y su hija con un largo y costoso tratamiento, cuyos gatos yo absorbí del todo.
Los ojos de Jane se abrieron con sorpresa y luego parecieron brillar con amor. German se sintió algo incómodo, así que carraspeó.
—Deja de mirarme así, cualquiera en mi lugar habría hecho lo mismo.
—¡Claro que no! Era la hija de un hombre que trató de matarte.
Jane podría tener razón. Aquel hombre había utilizado un arma de fuego para amenazar a German durante las largas horas que le privó de su libertad, hasta que logró activar el botón de pánico dentro del auto y dieron con su paradero.
—Solo tenía 13 años y no era su culpa ser hija de ese hombre —se encogió de hombros—. Creo que ya tenía mucho con su enfermedad como para cargar con los errores del padre. Ahora se encuentra mejor.
La joven analizó sus palabras sintiéndose orgullosa de amar a ese hombre, pero luego regresó al tema principal.
—El chiste es que no debes andar sin seguridad —concluyó tratando de controlar su sonrojo—. Es muy peligroso
—Lo tomaré en cuenta.
Volvieron a permanecer en un silencio bastante incómodo y la suave mirada de Jane siguió fija en el paisaje de su ciudad natal, ese paisaje que tanto extrañaba. El paisaje que tanto añoró volver a ver en las frías noches de España encerrada en las cuatro paredes de la cárcel con forma de escuela donde se había convertido en una joven e inteligente mujer.
—¿Sigues viviendo cerca de la Avenida Michigan? —Preguntó en un suave susurro buscando hacer plática. Su padrino negó.
—Me mudé hace poco. Quería algo más tranquilo, un lugar donde sentirme en paz.
—Oh, qué bello. ¿Crees que algún día pueda conocer tu nueva casa?
—Lo dudo.
—Eres malo —susurró haciendo un ligero mohín con sus labios y le miró con expresión curiosa—... ¿Tienes novia?
—No, no la tengo —respondió con total sinceridad—, pero eso no significa que no la tendré.
—No importa —sonrió su ahijada con emoción en la voz mientras sus ojos brillaban.
German quiso añadir algo, quiso mentir diciendo que sí tenía novia porque no le gustaba el tono ni la mirada de la chica, pero justo en ese momento la camioneta se detuvo frente a una casa grande, bonita, en un fraccionamiento algo caro de Chicago. La casa de Natalie Smith y su esposo Sebastian Cox.
—¿Está tu madre en casa? —Preguntó German tras bajar las maletas de su ahijada, la menor se encogió de hombros y tomó la más pequeña.
—No lo sé, le mandé un mensaje antes de abordar el avión, pero es todo.
—No suenas del todo feliz.
—Sonarías igual si tuvieras que vivir con alguien a quien no has visto en siete años, no es como si hubiésemos mantenido contacto tampoco.
German White la miró con sorpresa.
—¿De qué estás hablando? ¿No mantuviste contacto regular con tu madre?
—No, durante estos siete años todo lo ha arreglado con mi padre. Y no es como si mi padre estuviera conmigo a menudo, sólo me buscaba cuando su esposa estaba lo suficientemente ocupada para no echarle en cara el error que cometió de joven o cuando debía darme dinero, de eso no puedo quejarme. Siempre vio por mis necesidades económicas, aunque tampoco fui una hija exigente.
—Pero… ¿No se supone que te fuiste de Estados Unidos para estar con tu padre?
Jane se carcajeó.
—Fue una mentira de mamá —parecía tratar de encontrar algo cómico en el hecho de que su madre tenía planes personales en los que su hija no tenía cabida alguna—. Imagino que en ese momento ya tenía algo con Sebastian y no quería llevar a cabo una boda donde su hija bastarda saliese en la foto de tan magno evento. ¿No crees? No es como si todo mundo supiera que se embarazó muy joven.
—Desconozco los motivos de Natalie —habló el hombre ganándose una mirada irónica por parte de la rubia. Si alguien conocía bien a su madre, ese era German White. Sin embargo el hombre siempre trataría de darle la duda de la existencia de un corazón a su amiga. Siempre. Jane se preguntó si algún día se daría cuenta de cuán vacía estaba la señora Cox—. Lo importante aquí es que… ¿qué demonios hizo tu padre durante estos años?
Jane hizo una pequeña mueca y con el pie derecho pateó una pequeña piedra de lado a lado a modo de juego buscando las palabras adecuadas para responder al cuestionamiento contrario. No era que aquello le trajera lindos recuerdos.
—Me tuvo dos años en un internado particular, luego me dejó elegir la carrera que yo quisiera, siempre y cuando viviese dentro de las residencias para estudiantes del mismo campus universitario. Nunca lo veía. Él solamente pagaba mis gastos escolares y era todo. En vacaciones solía quedarme sola en la habitación del internado o en la residencia universitaria mientras todos iban a visitar a sus familias.
—¿Y por qué no regresaste, entonces?
—¿Con quién? —le miró con una sonrisa vacía—. Mi madre nunca me llamó. Las veces que salí con Felipe, mi padre, las cuales fueron muy pocas, me dijo que ella nunca llamaba, que era él quien le enviaba correos y mensajes diciéndole cuánto era que había gastado en mí. No lo sé —rio suavemente—, tal vez esperaba que ella le diera alguna parte del dinero invertido. Pura ambición. Nada de cariño sincero.
—No lo sabía, Jane. Yo te juro que si lo hubiera sabido entonces yo…
—¿Entonces tú qué? —Preguntó retadoramente la hija de Natalie Smith a su padrino haciendo que el corazón del hombre se congelara por un momento—. ¿Habrías tomado aquella llamada que no quisiste recibir y obligaste a tu secretaria a decir que estabas en una junta muy importante?
—Jane.
—¿O habrías llamado de vuelta para agradecer la carta de Feliz Cumpleaños que te envié con anticipación para que Alice la dejara sobre tu mesa ese día?
—j***r, Jane, yo no sabía por lo que estabas pasando.
—¿Entonces es así? ¿Habrías cambiado conmigo solamente por saber lo sola que me sentía? No, German. Lo que menos quiero es tu lástima.
German miró hacia otra parte y tragó en seco. Adoraba a esa niña. Siempre sería la niña de sus ojos, no había semana en que no le dedicara aunque fuese un pensamiento. Si nunca le llamó de vuelta ni recibió sus llamadas durante el primer año no fue por la promesa que le hizo a Natalie sobre respetar el espacio de Jane con su padre, sino porque deseaba que la joven olvidara la locura que le había dicho el último día que estuvo en Estados Unidos. Quería que ambos olvidaran aquel inocente roce entre sus labios. German se sentía bastante culpable. Una parte de él sentía que con aquel pequeño beso había fallado a su deber como padrino, pero por más vueltas que le daba al asunto no tuvo tiempo alguno para detener el trayecto de sus bocas.
—¿Tienes llaves?
—No, pero no te preocupes, me quedaré aquí a esperarla. Puedes volver al trabajo si gustas.
Una pequeña sonrisa se formó en los labios de la hija de Natalie, pero German se dio cuenta de que no era sincera, sin duda alguna pensar que viviría junto al hombre que la odiaba por ser la hija bastarda de su esposa la ponía triste.
Tampoco era como si también tuviese muchos deseos de ver a la mujer que nunca supo ser una verdadera madre. German la entendía. Cómo la entendía.
—Esperaré contigo.
—No, no es necesario. Sé que estás incómodo. Sólo vete —pidió en un suave susurro alejándose poco a poco de él, mas la mano firme de su padrino la detuvo haciendo que se girara nuevamente quedando frente a frente—. ¿Qué pasa…?
—Dije que me quedaría contigo y eso haremos.
Jane Smith no tuvo tiempo de discutir, conocía a la perfección a German White, lo conocía porque era su amor platónico desde niña, y sabía que cuando decía algo no había poder humano que le hiciera cambiar de opinión. Se sentaron en el escalón de la casa de Natalie uno a cada lado del otro, nuevamente no dijeron nada. Jane se puso a jugar con sus dedos y German se concentró en su móvil leyendo los estados de cuenta de un importante trato que iba a firmar con la empresa del señor Lee.
—¿Es algo muy importante? —Se atrevió a interrumpir su ahijada con la intención de romper la tensión.
Asintió sin mirarla.
—Es para un contrato que posiblemente se firmará mañana.
La chica se percató de que no haría más que importunar al mayor con sus preguntas, así que se puso en pie y caminó de vuelta a la camioneta.
—Jane —la llamó German alzando la mirada minutos más tarde cuando le extrañó que no siguiera cuestionando nada—... ¿Jane? Rayos.
Fue hacia su camioneta con la intención de preguntarle a Peter si sabía dónde estaba su ahijada. Su corazón se hizo pequeño cuando la observó durmiendo plácidamente en el asiento trasero. Una cálida sonrisa se reflejó en su rostro.
—Boba —susurró entre molesto y divertido apartando un mechón dorado de su frente—… ¿Acaso no dormiste en el avión?
El hombre se hizo un espacio junto a su ahijada y se sentó lo más cómodo posible para seguir analizando aquellos datos mientras hacía una seña a Peter por el espejo indicándole que guardara silencio.
Unos cuarenta minutos más tarde Natalie Smith llegó a casa tomada de la mano de un hombre realmente atractivo que junto a su belleza se veía aún más imponente. Sí, a sus cuarenta años se conservaba esbelta y hermosa, era casi idéntica a la universitaria que German recordaba. Mantenía su cabello en su tono castaño natural, decidió dejarlo así después de que Sebastian le dijera que se veía poco atractiva de rubia. También lo había dejado crecer para verse menos varonil, el estilo que usó durante toda su juventud, y German pensaba que había sido una pérdida total no sacarle provecho antes a la belleza que mostraba en la actualidad.
—¿Y Jane? —Preguntó curiosa cuando su esposo hubo entrado a casa sin siquiera esperarse para saludar al mejor amigo de su mujer y German descendido de su camioneta—. ¿Fuiste por ella?
—Hace casi dos horas. ¿No se supone que deberías estarla esperando?
—No empieces de nuevo con tu sobreprotección —habló molesta su amiga cruzándose de brazos—. ¿Dónde está?
—No es sobreprotección. Jane es tu hija, no mía. Era tu responsabilidad esperarla.
—Mira, yo tenía una cita muy importante con mi esposo así que no me culpes de nada.
—Hoy tenías una cita muy importante con Sebastian. De acuerdo, pero ¿qué hay de los siete años en los que Jane estuvo en España? ¿Día tras día tuviste citas con tu marido?
—German, basta.
—No, Natalie. Basta tú. Ya es tiempo de que aprendas a ser una madre para Jane. Y pronto, porque crece y cuando menos te des cuenta no va a necesitarte.
—Rezo porque ese día llegue, German. Que haga su vida, que se vaya. No me importa.
—Tu hija está dentro —habló el alto unos segundos más tarde señalando la camioneta. No lograba entender cómo una madre era capaz de referirse con tanta frialdad a su única hija—. Está dormida.
—Entonces despiértala y dile que entre. ¿Quieres quedarte un rato?
—No, gracias —respondió de inmediato. Natalie asintió y se acercó a él dejando un pequeño beso en su mejilla. German cerró los ojos tratando de no caer presa de aquel delicioso perfume.
—Te ves más guapo cuando sonríes —susurró con un cariñoso guiño antes de dirigirse a la puerta arrastrando las maletas que su hija había dejado afuera.
Cuando la delgada silueta desapareció en el interior de la casa el rubio abrió la puerta de su camioneta y movió suavemente a su ahijada por el hombro.
—Jane, despierta.
—Ahora no… por favor —susurró la menor tirando inconscientemente del mayor haciendo que casi cayera sobre su cuerpo-…
—Jane…
—Cinco minutitos más, amor…
—¡Jane! —La llamó casi a gritos después de haber escuchado brotar aquella palabra de sus labios, y la hija de Natalie se despertó de golpe incorporándose tan rápido que golpeó ligeramente su cabeza con la puerta.
—¡Auch! ¿Qué te pasa, German? —Le cuestionó molesta sobando suavemente la parte donde se había golpeado—. Casi muero de un susto.
—Ya es hora. Tu madre está aquí.
—¿Mi madre…? —Habló en susurros soltando un gran suspiro y aceptó la mano caballerosa que se tendió hacia ella para bajar de la camioneta. Una vez abajo se estiró y talló tiernamente sus ojos haciendo que de sus labios de corazón brotara un pequeño bostezo.
—Está adentro. Ya sabes cómo es.
—Sí, lo sé —suspiró mirándolo sin saber qué hacer—. Supongo que… gracias por traerme y esperarme.
—No hay nada qué agradecer —le sonrió cálidamente haciendo que la menor se armara de valor y le rodeara en automático el cuello con sus brazos—. Jane… —Murmuró un confundido German White al sentir aquella cabecita ocultarse en el arco de su cuello y aquel dulce perfume colarse en sus fosas nasales. No tenía punto de comparación con la fuerte fragancia de su madre.
Jane olía a dulce, a chicle. A inocencia.
—Te amo —susurró tiernamente la chica y al separase dejó un pequeño beso en los labios de su padrino. Se separó lentamente de él y se alejó a prisa sin esperar respuesta alguna.
Estaba feliz y no permitiría que su rechazo le arruinara la tarde.