3 La excursión

1002 Palabras
Capitulo La excursión Desde chica, Mayte aprendió a aceptar esa protección como parte natural de su vida, aunque muchas veces la ahogara. Nunca estaba sola. Y aun cuando esa presencia constante la cansaba, había algo inquietante en la idea de que alguno faltara: si uno no estaba, no sabía bien cómo moverse sin él, como si le hubieran quitado una pared invisible que siempre la sostuvo sin que ella lo pidiera. Había crecido así. Rodeada. Acompañada. Observada. Siempre alguien caminando un paso detrás, uno adelante, otro al costado. A veces le pesaba. A veces le daba bronca que no la dejarán respirar. Pero también sabía —aunque no le gustara admitirlo— que esa forma de amor era lo único que había conocido. Ese año su hermano mayor se graduaba. Dylan. Cuatro años más grande, más alto, más serio. Se iba a Francia por un tiempo a estudiar cocina. Chef como papá. El sueño que había elegido sin dudar. Mayte decía que estaba feliz por él, y lo estaba. Pero había noches en las que, al pensar en su ausencia, sentía un nudo raro en el pecho. Dylan no era solo su hermano. Era su escudo. Su costumbre. Su referencia. Sabía que, incluso lejos, no iba a dejar de cuidarla. Dylan era así: protegía incluso desde la distancia, como si su rol no dependiera del cuerpo sino de una promesa interna que nunca había puesto en palabras. —Aunque me vaya —le había dicho una vez—, vos nunca vas a estar sola. Y ella había asentido, sin saber si eso la tranquilizaba o la inquietaba más. Porque quedaban los otros tres. Jesús, su primo, había nacido el mismo día que ella. Navidad. Con apenas unas horas de diferencia. Desde chicos lo repetían como una anécdota graciosa, como si el destino hubiera decidido unirlos desde la cuna. Crecieron juntos, festejaron cumpleaños juntos, aprendieron a andar en bici juntos. Y Jesús siempre estuvo ahí. Demasiado. Atento. Callado. Con esa forma de mirar que parecía abarcarlo todo sin decir nada. Mayte nunca había sabido qué pensar de él. Solo sabía que su presencia era constante, casi inevitable, como una sombra que no asustaba, pero tampoco dejaba ignorar. Javier, el hermano menor de Jesús, observaba. Siempre observaba. Tenía esa calma particular de los que entienden antes de tiempo y prefieren callar. A veces parecía saber más de lo que decía, y eso a Mayte la incomodaba un poco. Como si Javier viera cosas que los demás todavía no querían nombrar. Y estaba Gustavo. El único que no era primo de sangre, pero sí del corazón. Gustavo no hablaba mucho. Cuidaba desde otro lugar. No invadía, no discutía, no levantaba la voz. Pero cuando estaba, se sentía. Era una presencia firme, silenciosa, leal. Ese año decidieron no hacer fiesta de cumpleaños. Antes del viaje de Dylan, propusieron algo distinto: una excursión. Un fin de semana afuera. Carpas, mochilas, frío. Querían demostrarles a los adultos que podían. Que ya no eran chicos. —Va a hacer frío —advirtió mamá. —No pasa nada —respondieron todos, al unísono. Porfiados. Como siempre. Llevaron pocas mantas. Mal calculado. Mayte, previsora, se había llevado su acolchado grueso, ese que usaba en invierno cuando la tiroides la dejaba agotada y con frío en los huesos. La primera noche terminó como era de esperarse: los cinco apretados en una sola carpa, compartiendo calor, risas y el sonido del viento sacudiendo la lona. No entraban bien, pero nadie se quejó. Al contrario. Había algo reconfortante en esa cercanía infantil que resistía al paso del tiempo. Pescaron durante el día. Se rieron cuando nadie picaba nada. Cocinaron mal. Se ensuciaron. Y cuando cayó la noche, alrededor del fuego, alguien propuso jugar a verdad o consecuencia. Nada extremo. Nada prohibido. Solo preguntas. Le tocó a Mayte preguntar. Miró a todos. Dudó. Y entonces se detuvo en Jesús. A Jesús no se le conocían novias. Nunca. No era tímido. No era distante. Simplemente… no estaba. Con las chicas mantenía una distancia rara, como si no terminara de encajar. Eso había generado rumores. Comentarios. Chistes. Silencios incómodos. —Bueno —dijo Mayte, mordiéndose el labio—. Jesús… ¿estás enamorado? El silencio fue inmediato. Jesús se quedó quieto. Demasiado quieto. Por un segundo, Mayte pensó que no iba a responder. —Sí —dijo al fin. La palabra cayó pesada. —¿De quién? —insistió ella, sin malicia. Jesús negó con la cabeza. —No voy a decir el nombre. Cortó rápido. Demasiado rápido. Mayte se encogió de hombros, como si no le importara. —Bueno —dijo—. Misterio resuelto. Pero por dentro pensó otra cosa. Debe ser gay, se dijo. Por eso no nos cuenta. La idea no le molestó. No la juzgó. Simplemente la aceptó como una explicación lógica. Jesús, en cambio, sintió que el corazón casi se le salía del pecho. No podía decirlo. No podía nombrarla. Y esa vez no le importó mentir. Prefería cualquier malentendido antes que quedar al descubierto. Javier lo miró de reojo. Esa mirada breve, filosa. Como si hubiera entendido algo más. Gustavo siguió atento, sin decir nada. El juego continuó. Las preguntas cambiaron. Las risas volvieron. Pero algo había quedado suspendido en el aire. Algo pequeño. Invisible. Como una g****a mínima que todavía no dolía, pero que con el tiempo iba a ensancharse. Esa noche, antes de dormir, Mayte se acomodó en la carpa, sintiendo el calor de los cuerpos alrededor. Pensó en Dylan, en su partida, en lo distinto que iba a ser todo sin él cerca. Pensó en los otros tres. En cómo, aun cansada, no sabía bien quién era sin ellos. Pensó en Jesús. En su respuesta corta. En su silencio. En esa sensación rara que no supo nombrar. No lo sabía todavía, pero ese equilibrio infantil —esa tribu cerrada, esa protección constante— tenía fecha de vencimiento. Y el amor, cuando se esconde demasiado tiempo, siempre encuentra una forma de salir. A veces, sale rompiendo todo.
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