CAPÍTULO 2
El pacto
Dylan Varela estaba sentado en su cuarto, con varias fotografías desparramadas sobre la cama. Las miraba una por una, como si el tiempo se hubiera detenido ahí, en esos papeles gastados por los años.
Le sorprendía lo grandes que estaban todos.
Mayte ya no era la nena de rodillas raspadas.
Jesús,Javier y Gustavo habían dejado de ser sombras que corrían detrás de ella.Ahora vivían pegados a ella.
Y él… él ya estaba por terminar el secundario.
Dentro de poco se iría.
Iba a estudiar gastronomía, quería ser chef como su papá Alejandro. Aunque a veces dudaba si no debería inclinarse por la repostería, como mamá Elena.
—Podés hacer las dos cosas —le había dicho ella una vez, riéndose—. Yo hago los postres y vos cocinás.
Dylan sonrió al recordarlo.
Alejandro había probado un plato que él preparó una noche en que el restaurante estaba cerrado: unos espaguetis con salsa. Nada especial… salvo por los condimentos. Sus condimentos.
No se los contó nunca, pero a todos les encantó.
—Este chico ya tiene mano —había dicho papá Alejandro, orgulloso.
Dylan tomó una foto en particular.
Mayte con un yeso blanco en el brazo, lleno de firmas y dibujos.
Ese yeso lo guardaron como recuerdo.
Y ese recuerdo le apretó el pecho.
Ese fue el día en que todo cambió.
Mayte nunca supo del pacto.
O al menos, Dylan creía que no lo sabía.
El golpe había sido seco.
Un ruido breve, seguido del llanto.
Mayte estaba en el suelo, con la rodilla raspada y el brazo torcido en un ángulo que no era normal. Más que el dolor, la rodeaba la vergüenza. Todos miraban. Nadie sabía qué hacer.
—¡La empujó! —gritó alguien.
El nene seguía parado a unos pasos, pálido, con la cara desencajada. Dylan no supo si había sido a propósito. Pero eso ya no importaba. El daño estaba hecho.
Jesús llegó primero.
Siempre estaba cerca de Mayte.
Iban a la misma clase.
Eran como uña y mugre.
Se tiró al piso sin pensar, se arrodilló frente a ella y le sostuvo la cabeza con las manos temblorosas.
—No te muevas —le dijo—. No te muevas, May.
Dylan apareció detrás como una tromba.
Vio el brazo.
Vio al chico.
Y sin decir una palabra, lo empujó contra el paredón del patio.
—¿Qué hiciste? —le gritó—. ¿Qué hiciste?
Quería reventarlo.
Porque a Mayte no se la tocaba.
Porque era su hermana.
Porque era su familia.
Javier y Gustavo se interpusieron antes de que pasara a mayores. El recreo se detuvo. Los maestros corrieron desde el otro extremo del patio.
Mayte lloraba, apretando los dientes.
—Me duele… —susurró.
Jesús le tomó la mano con cuidado.
No la soltó nunca .
Ese día terminó en hospital.
Yeso blanco.
Elena llorando en una silla de plástico.
Alejandro tranquilizándola.
Y los cuatro varones sentados frente a Mayte como si fueran culpables de algo que no habían hecho.
Nadie dijo nada.
Pero esa noche, cuando la casa se llenó de silencio, se reunieron en el patio, lejos de los adultos.
—Esto no puede volver a pasar —dijo Dylan, con la voz dura—. Nunca más.
Jesús no respondió. Tenía las manos cerradas, los nudillos blancos.
—No es una cosa —intervino Javier—. Es una persona.
Dylan lo miró fijo.
—Es nuestra —corrigió—. Y la vamos a cuidar.
Gustavo asintió en silencio. Su viejo siempre le había hablado de lealtad.
Jesús levantó la vista.
—Los cuatro —dijo—. Siempre.
Ese fue el pacto.
Los cuatro contra el mundo.
Años después, ese recuerdo volvía cada vez que Dylan veía a Mayte alejarse enojada…
como ahora.
Jesús se había ido de la casa de Mayte hace horas,sus padres estaban con Javier esperándolo para cenar. Habían estado hablando del pasado y él pacto con Dylan. Él está preocupado porque el próximo año va a estudiar a Francia una temporada. Quiere dejar todo organizado.
Mayte se intentaba cuidar sola pero siempre había alguno que la molestaba.
Ella ya estaba en tercer año de secundaria. El liceo era el mismo de siempre: los muros altos, el patio gastado, la sensación constante de que alguien miraba de más.
Mayte entró al aula de Literatura con el cuaderno bajo el brazo. Se sentó adelante.
Jesús ocupó un asiento un poco más atrás, a su derecha.
La profesora hablaba de novelas clásicas, de amores imposibles.
Un chico nuevo se acercó.
—Hola, soy Ian. ¿Cómo te llamás?
Mayte levantó la mirada. No respondió.
—Shhh —dijo Jesús desde atrás.
Ian insistió, haciéndose el gracioso.
Jesús se levantó, apoyó una mano en el hombro de Mayte.
—Te doy mi lugar —dijo—. Yo hablo con él.
Ian se rió.
El profesor los retó a los dos y los sacó del aula.
Mayte se levantó.
—Profe, fue culpa de él —dijo—. Jesús solo me cambió de lugar.
Jesús salió de esa clase con una sonrisa que no pudo esconder.
Ella lo había defendido.
En el recreo, Mayte se sentó sola.
Aunque duró poco.
—¿Estás bien? —preguntó Javier.
—Sí.
—¿Segura?
—Sí.
Gustavo se paró detrás.
Dylan apareció con una botella de agua.
—Hace calor —dijo.
Mayte dejó la manzana.
—¿Pueden irse ahora?
—¿Por qué? —preguntó Dylan.
—Porque quiero estar sola.
—Nunca estás sola.
Ella se levantó de golpe.
—Ese es el problema.
Jesús dio un paso para seguirla.
Javier lo frenó.
—No.
—Pero ella me defendió —murmuró Jesús—. Me salvó de una amonestación.
—Y aun así —dijo Javier—, no debes meterte más.
Esa tarde se encontraron en la confitería.
Mayte llegó última. No pidió nada.
—Tenés que comer —dijo Dylan.
—No tengo hambre.
Jesús acercó el vaso de agua.
Ella no lo tocó.
—¿Te pasa algo conmigo? —preguntó él.
—Me pasa con todos —respondió ella—. Pero con vos… es distinto.
—¿Distinto cómo?
—No importa.
Se levantó y se fue.
Dylan lo miró.
—No vuelvas a hablarle así.
—No le hablé mal.Nunca lo hago.
—No sabés medir.
Javier suspiró.
—El pacto se va a romper si seguimos así.
—Siempre pudimos —dijo Dylan.
Jesús no respondió.
Dylan todavía no lo sabía, pero el pacto que juraron esa noche iba a romperse primero por amor.
Miró el reflejo de Mayte en el vidrio del local, inquieta, incómoda.
Esa noche, Mayte se encerró en su cuarto.
Miró el yeso viejo sobre el estante.
La infancia ya no existía.
Y al día siguiente, el mundo siguió igual aunque Mayte estaba más cansada.