Cómo bien dije que haría, tras levantarme y verificar que la puerta no tenía seguro ni guardias vigilando, salí de la habitación una vez desayuné y me bañé, ¡había agua caliente! Por supuesto, debo aprovechar de bañarme todos los días para gozar al máximo mis últimos días de vida.
Hoy había un hermoso día fuera, quería dar una vuelta por el jardín si es que el Coronel me lo permitía, aunque en realidad sabía la respuesta a esta pregunta.
Llevo mucho tiempo sin tomar un poco de aire fresco bajo la sombra de un árbol, ni tampoco he recibido los rayos del sol chocando contra mi cuerpo, es un poco frustrante sólo observar el maravilloso clima desde los grandes ventanales del palacio.
Entre más miro este lugar, más maravillado me siento, ¡el tapiz es hermoso! Todo se ve muy elegante, además debido a los ventanales que tiene, la iluminación hace que este sitio se vea más llamativo.
Cómo quería aprovechar que el Coronel no estaba cerca, decidí recorrer por mi cuenta su palacio, abriendo todas las puertas que veía, llegando a contar 20 habitaciones de invitados, ¿por qué querría tener tantos invitados? ¿Recibirá muchas visitas?
A mí no me gustaría tener a 20 invitados en mi casa, ¿cómo haría para hablar con todos? Son demasiados y no tendría la oportunidad de hablar tranquilamente con uno, ya que seguramente me sentiría mal por dejar solos a otros.
Esta vida está llena de lujos, pero no es para mí, me agobiaría demasiado rápido.
Yo prefiero algo más pequeño, no necesito sirvientes, quisiera una casa de dos niveles con 4 habitaciones como máximo, de ese modo podría tenerle una habitación a Julieta, Alicia y para la señora Paulina.
No necesitaría tantos lujos, aunque si me gustaría tener un gran jardín, ya sea para flores como para verduras o frutas.
Siento que sería divertido vivir de ese modo, aunque como moriré antes de que eso ocurra, no me queda de otra más que disfrutar de esta comunidad.
Como tardé 2 horas en recorrer el palacio del Coronel, bajé al salón donde él estaba regañando a alguien por mi culpa, ya que nadie sabía dónde estaba.
—Búsquenlo de inmediato, no pudo haber escapado.
—Sí señor— respondió aquella persona con temor.
—No necesitas buscarme, estoy aquí— dije apoyándome en el marco ovalado, aprovechando que las puertas dobles estaban abiertas.
Las puertas me resultaban muy hermosas, tenían varios vidrios, como si fuesen ventanas con un pequeño marco de color blanco, lo que le daba un toque más elegante a mi parecer.
El Coronel miró a la sirviente, dándole indicaciones de que se fuera mientras yo me adentraba, algo que le permitió cerrar la puerta, dejándonos a solas en aquel salón lleno de elegancia y cosas extravagantes.
—¿Dónde estabas? Creí haberte dicho que no podías salir de tu habitación— comenzó diciéndome en un tono de regaño.
—Estaba explorando, no salí de su casa, sino que me quedé en todo momento dentro— respondí— no sabía que tenía una biblioteca, mucho menos una tan grande— añadí, deseando cambiar de tema.
—¿Seguro que no saliste? —preguntó con desconfianza.
—Claro que no, sé que eso lo enfadaría muchísimo, así que no saldré sin su consentimiento— le aseguré.
—¿Y entonces por qué saliste de tu habitación? No tenías mi consentimiento— me continuó diciendo, sin dejarme cambiar de tema.
—Porque le dije que lo haría si no cerraba la puerta— le recordé, acercándome para envolver su cuello con mis brazos, pero como trató de alejarse, al dar un paso hacia atrás, terminó cayéndose sentado en el sofá, conmigo sobre sus piernas.
—No hagas eso, creí haber dicho que...
—Quiero besarlo— lo interrumpí, inclinando mi cabeza levemente, observando en todo momento sus labios— ¿puedo...?
—Por supuesto que no— respondió, pero lo besé igualmente, sabiendo que él lo deseaba casi tanto como yo.
Si no lo quisiera, él me habría apartado de su cuerpo de inmediato, pero muy por el contrario, él está tranquilo bajo mi cuerpo aceptando mis besos con total tranquilidad.
Él se quedó quieto durante muchos minutos, por un instante pensé que me apartaría, pero sus manos se deslizaron por mis muslos hasta llegar a mi trasero.
Eso me permitió permanecer sobre sus piernas un largo instante más, hasta que lastimosamente nos vinieron a interrumpir.
No nos vieron, los vidrios de la puerta son distorsionados, así que tras oír que alguien tocaba la puerta, el Coronel de inmediato me alejó de su cuerpo y se puso de pie, acomodando su vestuario.
—Coronel, el señor Zúñiga está aquí— le informó la sirviente tras abrir la puerta.
—Iré de inmediato— le avisó antes de mirarme— vete a la habitación— añadió como orden.
Yo le lancé un beso, dedicándole una sonrisa juguetona antes de irme de regreso a mi habitación. No deseo ser visto por externos, si bien disfruto quedarme a su lado, no deseo meterlo en problemas.
El único problema es que, cuando estaba subiendo las escaleras, mi cerebro me recordó que dijo "A la habitación" no "a tu habitación"
La biblioteca técnicamente también es una habitación, está llena de estantes con libros y tiene un pequeño balcón que da al jardín, así que me dirigí allí con una gran sonrisa, deseando leer algo para entretenerme.
Cómo había un cómodo sofá cerca del balcón, tomé un libro con portada verde antes de acomodarme cerca del balcón, sintiendo la agradable calidez del sol y el suave viento.
En el balcón había dos sofás tipo chaise longue, este era de color beige, su madera en los bordes tenía un tono oscuro que hacía realzar el dorado de aquellos detalles elegantes que parecían estar hechas de oro, aunque en realidad no creo que lo sea... ¿verdad?
¿Quién pondría oro en un asiento? Recuerdo que mi jefa deseaba uno de estos, dijo que fueron inventados para que las mujeres pudieran recostar sus piernas y de paso, lucir sus dotes.
Era cómodo, yo estaba disfrutando del pequeño cojín que acomodé en su respaldar antes de centrarme en el libro.
Estaba muy entretenido, me leí las primeras 30 páginas hasta que oí la puerta abriéndose, como no sabía quién podría ser, me asomé por la puerta del balcón, planeando lo que haría si resultaba ser alguien externo a esta casa.
Por suerte era el Coronel, así que continué leyendo tranquilamente, deseando que no se diera cuenta de mi presencia.
Él estaba buscando un libro entre los estantes de donde yo saqué este, algo que me preocupaba, pero tendría que tener una increíble mala suerte como para que estuviese buscando exactamente el mismo libro que yo estaba leyendo, ¿verdad?
—Cielos— comentó con cierto fastidio, buscando con mayor insistencia, moviéndose hacia otro estante y gracias a esto, descubrió mi paradero, ya que pude sentir sus pasos acercándose— creí haberte dicho que te fueras a la habitación.
—No especificó a cuál, Coronel— murmuré apoyando el libro contra mi pecho, mientras él se paraba cerca del borde, observándome con atención.
—Necesito ese libro— me informó.
—Aún no lo termino—le dije viéndolo con tristeza.
—El señor Zúñiga vino exclusivamente para pedirme ese libro, así que dámelo— pidió acercándose.
—Sólo una hora más, puede invitarlo a comer y para cuando se vaya, yo ya habré acabado— le sugerí.
—No, dámelo— pidió sentándose aún lado de mis piernas, queriendo tomarlo, pero yo levanté mis manos, alejando lo más que podía mis manos de las suyas.
—Por favor...—le pedí como súplica, una que iba acompañada con una sonrisa— quiero leerlo...
—Elige otro, tienes muchos en los estantes, yo necesito este— me decía, tratando de alcanzarlo, pero cuando lo iba a tomar, estiré mi brazo por encima de mi cabeza— no seas pesado y dámelo— pidió acomodándose para tomarlo.
El libro dejó de importarme cuando él terminó sobre mi cuerpo, si bien lo había hecho para sostener el libro, yo no deseaba desaprovechar mi oportunidad.
Cuando él me lo quitó de las manos, rápidamente dirigí mis manos a sus mejillas para besarlo apasionadamente, deslizando en el proceso mi lengua en su boca.
Quería aprovechar el tiempo, deseaba que se quedara conmigo en aquel agradable lugar, así que, cuando apego su cuerpo contra el mío, rápidamente lo rodee con mis piernas.
Oí que el libro se cayó justo después de que dirigí mi mano derecha hasta el interior de su pantalón, deseando ponerlo de pie para mi pequeña travesura.
Estábamos en el balcón, no debería seducirlo aquí, ya que algún sirviente podría vernos, sin embargo, al mismo tiempo pensaba en un: ¿y si nadie nos ve...?
Ese pensamiento me motivó a tocarlo mientras los besos se hacían más apasionantes, de hecho, cuando estuvo duro saqué su erección para rozarlo contra el mío.
Me preocupaba que al hacerlo se incomodara, aún no sé qué opina de esa zona de mi cuerpo, aunque ahora mismo no parece ser un problema.
Yo estaba jugando con ambos, asegurándome de tocarnos a la vez, permitiendo que nuestra piel se rozara y acabamos mojándonos un poco.
—nnnh...—gemí en su boca, disfrutando de sus suaves movimientos que parecían ser algo involuntario.
Los besos se sentían más calientes, su erección y la mía cada vez se mojaban más, llegando al punto de únicamente desear que se rozaran.
Ya no estaba usando mis manos, sino que era él quién rozaba nuestras entrepiernas y mantenía mis labios prisioneros.
No me podía quejar, estaba gozando de nuestro pequeño momento de calentura, deseando correrme pronto, imaginando que quizás podríamos llegar hasta el final.
—Haah...—suspiró sobre mis labios.
—Aah... se siente bien...— dije abrazándolo con fuerza, obligándolo a que me abrazara de regreso y liberara sus suspiros a la altura de mi oído— nnnh... quisiera tenerlo dentro...
—mmh...—gimió abrazándome más fuerte— aah... no... no está bien...
—¿No...? —pregunté buscando sus ojos— pero si se siente delicioso...
—Sí... por eso es tan difícil no pecar...
—Yo si deseo hacerlo...—le aseguré— he sido bueno durante demasiado tiempo...
—¿Sí...? —preguntó seducido— ¿has sido un chico bueno...?
—Sí... p-por eso deseo mi premio...
—¿Y qué harás una vez lo tengas...? —preguntó rozándose más deprisa.
—nnnh... no soltarlo... ha... hasta dejarlo seco...
—haah...— suspiró dirigiendo su mano hacia mi agujero, pasando por debajo de mi ropa para tocarme directamente— en serio eres un pecado...—suspiró alejando sus manos, deteniendo sus movimientos— vete a tu habitación, esto debe terminar— me dijo quitándose de encima, llevándose el libro y una erección que me hubiese gustado aliviar.
Íbamos tan bien...
¿Por qué le cuesta tanto asumir que se siente bien estar conmigo? Sé que soy un hombre, pero en múltiples oportunidades ha dicho que le gustaba estar conmigo, ¿por qué con Charlie es diferente?
Me hace sentir triste, pero lo peor es que lo entendía, soy un hombre, no tengo nada para ofrecerle, al menos nada que él quisiera recibir.
Mi corazón a él no le interesa, ya que debido a nuestras creencias, mi amor por él era un pecado y podría condenarlo...
Pero... si de igual modo voy a morir, ¿qué tiene de malo pecar un par de días más? No marcaría una diferencia, una vez yo no esté aquí él podría redimirse, pero no ahora que me queda tan poco...
Cielos, realmente deseaba hacerlo con él, cuando muera, ¿cómo voy a expresarle mi amor? ¿Atacándolo por las noches? Siendo un alma en pena ya no me podrá alejar, aunque seguramente le asustaría saber que un fantasma lo persigue para hacer el amor.
No pude evitar reír frente a este estúpido pensamiento, aunque lo hacía mientras regresaba a mi habitación, deseando esperar a que sea él quien venga por mí...
Tengo la esperanza de que vendrá, no sé cuándo, pero seguramente venga a buscarme y dejará de lado todos esos molestos pensamientos religiosos.
El amor es amor, no debería importar el género, de todos modos, sea hombre o mujer, yo desearía hacer cualquier cosa para complacerlo, sólo deseo su felicidad, ¿por qué es tan difícil entenderlo?
Lo amo y deseo pensar que él también lo hace, ya que esos ojos no parecen mentir al momento en el que me observan con aquel brillo precioso...
Ojalá se dé cuenta de que me quiere antes de que sea demasiado tarde...