Diecisiete. “Una visita inesperada”

2001 Palabras
TANIA ROBERTS —Tania, Tania, Tania —papá me detuvo en medio de las escaleras, cuando iba a toda carrera en busca de mamá. La mujer hacía media hora me había indicado que era hora de irnos a la dichosa guardería, y yo, por entretenerme limpiando cagadas y orinadas de Mía, me había retrasado. —Tengo prisa, papá. Mamá va a explotar si me tardo un minuto más —le indiqué, mientras trataba de avanzar. —No, espera un segundo por favor —el castaño entrecerró sus ojos en mi dirección, a la vez que se encargaba de quitar una falsa pelusa en mi hombro izquierdo—, me vas a decir ahora mismo qué carajos es lo que te traes con William Clark. —¿William Clark? ¿El juez? ¿Con él era con quien hablabas la noche que te miré sonriendo? —cuestionó mi hermano, en cuanto comenzó a bajar las escaleras. Lo fulminé con la mirada de inmediato al escucharlo sacar a la luz esa idiotez. Jamás le dije qué era lo que hacía en el teléfono, por lo que, tal parecía que al muy idiota ahora le divertía traer aquello a la luz. —¿Me viste sonreír antes o después de que lloraste como nena en mi hombro? —le pregunté, levantando una ceja en su dirección, a lo que él dejó de sonreír de forma inmediata. —Oye no tienes que denigrar a tu género de esa manera; ¿Quién dice que solo las mujeres lloran? —preguntó, frunciendo ligeramente los labios con notoria molestia. —¡Tania, vamos! —y aquella había sido mamá una vez más, llamándome desde la puerta de la casa. —¡Un momento, madre! —exclamé, tratando de escapar de las garras de los dos hombres de la casa. —Tú no te vas de aquí, hasta que me digas qué es lo que te traes con ese muchacho —insistió papá, tomándome por el brazo cuando intenté pasarlo. —¿Ahora eres un papá celoso? —No quiero que haya un hijo de puta más, capaz de dañar a mi bebé —musitó, viéndome con tristeza. Hice una mueca al escucharlo hablar de aquella manera. El solo pensar en el tipo que arruinó mi vida por completo, hacía que mi estómago se retorciera y quisiera vomitar. Pensar en ello me hacía darme cuenta que, me había convertido en una vil asesina, la cual ahora cargaba con dos muertes encima, sin saber si vendrían más. —No hay nada, papá. No me traigo nada con el dichoso juez —le aseguré, viéndolo directamente a los ojos, mientras trataba de convencerlo tanto a él como a mí misma. —¿Entonces por qué ha llamado como tres veces esta mañana preguntando si llegaste bien? Cerré los ojos, al recordar que el muy idiota me pidió que le avisara cuando llegase a mi casa, cosa que ni siquiera me había pasado por la cabeza hacer. —Tania… ¿Por qué no debías de llegar bien? —me preguntó de forma sospechosa. —¿Dónde estabas? —ahora era mi hermano quien atacaba con preguntas. —¿Por qué suponen que les diría dónde estoy? ¿No creen que sea lo suficientemente grandecita como para tomar mis propias decisiones? —Cariño… —No, papá —lo corté, mientras ponía los ojos en blanco—, pueden practicar su interrogatorio con otra persona, a mí solo déjenme en paz —concluí, antes de terminar por irme en busca de mamá. +++ No entendía como mi madre podía disfrutar pasar sus días rodeada de perros. Con solo poner un pie dentro de aquel lugar, mis fosas nasales se llenaron con una mezcla de estiércol con perro sucio. Podía haber al menos veinte perros encerrados en diversas jaulas, los cuales comenzaban a mover la cola en cuanto mi madre se acercaba a hablarles de forma cariñosa. Debía de admitir que la mujer se veía preciosa con su bata de veterinaria, además, de que el solo hecho de verla acariciando a alguno de esos perros, su mirada se llenaba de un brillo que muy pocas veces veía en ella. —¿Qué debo de hacer, mamá? No puedo quedarme mucho tiempo, recuerda que, gracias a ti, ahora tengo una cachorra que cuidar —murmuré, al recordar a la bola de pelos que pasaba encerrada en mi habitación. —Limpia las jaulas y atiende a las personas que vengan a ver cachorros para adoptar. —¿Más mierda que limpiar? ¿En serio? —pregunté, al hacer una mueca de asco. Según yo, tenía suficiente con los desastres que Mía había hecho en mi habitación, la cual, a pesar de que trataba de dejarle papel periódico en una esquina en específico para que lo utilizara como baño, seguía cagándose donde se le daba la gana. Justo ahora recordaba que gracias a mi brillante idea de haberla dejado dormir en la cama, me había tocado cambiar todas las cobijas en la mañana. —Voy a pagarte por el trabajo, utilizarás tu dinero para tatuarte o qué se yo, pagar el gimnasio al que vas —mencionó la pelirroja mientras sacaba un perrito pequeño de una jaula—, ¿No te parece lindo? —preguntó, poniéndome aquella bola en mis manos—, mi hermano Landon amaba a los perros, a pesar de que, gracias a sus alergias, jamás pudo chinearlos a cómo podemos hacerlo nosotras. —No, mamá. Si vas a ponerte a chillar aquí mismo, mejor no me hables de tu hermano muerto, que tanta lloradera agobia —alargué, devolviéndole el perro. Mi madre me miró con incredulidad. Sus ojos se cristalizaron, apretó los labios como si se estuviese conteniéndose de decirme algo, pero al final terminó por negar con la cabeza. —Hazme el favor y ponte a trabajar, yo me encargaré de revisar a los nuevos miembros a la familia —se limitó a decir, para después girarse a devolver el perro a la jaula y así terminar por irse. Me quedé mirándola mientras ella se alejaba en busca de su oficina, preguntándome qué carajos debía de sentir al lastimar a mi madre de aquella manera. Sabía lo que significaba su hermano muerto para ella, por lo que, probablemente justo ahora iba a encerrarse a su oficina para romper a llorar- ¿Qué debía de hacer? ¿Pedir una disculpa cuando no la sentía? En ese momento, el recuerdo de la noche anterior inundó mi mente otra vez, casi había muerto. Tuve mucha suerte al salir de ese lugar con vida, cosa que probablemente poco a poco iba a acabárseme, así que, al final terminé dejándolo por la paz. Para ellos era mejor pensar en el hecho de que su hija era un monstruo sin corazón, solo de esa forma, iban a superarme con facilidad cuando ya no estuviese con ellos.  WILL CLARK —Por Dios, que susto —dije en cuanto ingresé a mi oficina. Debí de apoyarme a la puerta, mientras llevaba una mano hasta mi pecho. Era la segunda vez que encontraba a ese hombre sentado en mi silla, lo que me hacía dudar sobre la seguridad que había en aquel edificio. —Buenos días, señor juez —saludó el padre de Tania, mientras se dedicaba a girar en su silla—, iba de camino a mi trabajo, pero antes decidí darle una rápida visita. —Señor Roberts, ¿Cómo es que es capaz de poder entrar a mi oficina sin ser anunciado? —Creo que suelo caerle bien a la gente —comentó, levantando los hombros al restarle importancia. Torcí una sonrisa, negando con la cabeza, pensando en cómo podría caerle bien a aquel hombre, si quería en algún momento meterme a su familia. Así que por lo pronto, solo caminé hacia el escritorio y me senté frente a él, permitiéndole conservar mi lugar de privilegio. —¿Qué puedo hacer por usted? —Trataré de ser breve. ¿Qué carajos te traes con mi hija? —preguntó, inclinándose sobre el escritorio para mirarme con mayor seriedad. Casi me atraganto con mi propia saliva al escuchar semejante pregunta. Golpeé mi pecho en repetidas ocasiones, tratando de recuperar el aire que había perdido. El hombre volvió a recostarse a la silla, las comisuras de sus labios levantándose en una arrogante sonrisa. En ese momento comencé a preguntarme sobre ¿Quién carajos era Tyler Roberts? ¿Por qué mierdas parecía ser el tipo de persona que estaba acostumbrado a intimidar a los demás? —Yo… no sé de qué habla, señor —musité, desviando la mirada, para evitar ver su acusadora mirada verde. —Sabes muy bien de lo que hablo —farfulló mientras se ponía de pie—, de pronto noto un cierto interés de tu parte hacia mi hija. Un interés que no termina por convencerme. Respiré lentamente antes de volver a mirarle. —Estoy muy interesado en su hija, señor. Ella tiene algo que no sé… algo que no me deja sacarla de mi cabeza. No sé si es su aspecto rebelde, o lo mucho que la vida la hizo cambiar, pero lo cierto es, que sueño con poder compartir mi vida al lado de su hija —hice una pausa, tragando saliva con fuerza—, le aseguro que no pretendo aprovecharme de ella, mi padre siempre me inculcó el llegar a amar a una sola mujer, respetarla y protegerla sin importar que nuestra vida se vaya en ello. Tyler no alejó su mirada en ningún momento de mí, lo noté tragar saliva con fuera, mientras que sus brazos comenzaban a relajarse. Al final asintió, a la vez que sonreía. —Supongo que podré vivir con ello —musitó, extendiendo una mano en mi dirección—, ¿Quieres ir a cenar hoy a mi casa? Tal vez a Tania le haga bien verte. Sonreí, dedicándome a estrechar su mano. ¿Había sido tan fácil ganarme al padre de la chica que me gusta? ¡Por Dios! Papá tenía razón al decir que nadie podía resistirse a un Clark. —Por supuesto, señor. —Llámame Tyler. —De acuerdo, Tyler —repetí. La puerta se abrió bruscamente, revelando el rostro de mi asistente, siendo acompañado por mi adorada madre, de la cual no tenía idea que había volado otra vez, para venir a verme. —Señor, su madre —me informó él, antes de retroceder y cerrar la puerta, dejándome a solas con la fiera y el padre de Tania. —¡William Clark! ¿Cómo es posible que te estés metiendo en tantos problemas por culpas a esa niña? —preguntó la mujer con molestia, sin siquiera reparar en la presencia del castaño—, ¡No voy a esperar a que pierdas la vida a causas a esa chica rebelde que no tiene ni un solo parentesco contigo! ¿Qué no te das cuenta que ella te hace mal? Sus hombros subían y bajaban en una constante respiración, lo que me daba a entender que verdaderamente estaba molesta. Desvié la mirada hacia Tyler, quien veía a mi madre con diversión, soportando unas terribles ganas de reír. Regresé la mirada hacia mi progenitora y le sonreí, señalándole con mi barbilla al hombre tras de mí. —Madre, él es Tyler Roberts, el padre de Tania —lo presenté, incapaz de ocultar la diversión al ver el gesto de vergüenza por parte de ella. Dio un par de pasos hacia atrás, llevando una mano hasta su pecho, sus labios se encontraban separados, mientras que sus ojos parecían querer salirse de sus órbitas. —Oh por Dios —murmuró con vergüenza, lo que hizo que Tyler se echara a reír a carcajadas, para después rodear el escritorio. —Es un placer, señora. Puede acompañar a su hijo a mi casa, así podrá conocer a la chica rebelde —musitó, para después pasar por su lado y terminar por salir de la oficina. 
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