En la mesa, Katerina estaba sentada entre Christopher y un caballero italiano de unos treinta y tantos años, cuyo nombre no recordaba. —Excelente espectáculo —le dijo, sus ojos oscuros brillando. —Gracias —respondió ella. Después de la estresante e incómoda velada, una simple conversación ya no podía hacerla sonrojar—. Lo siento, señor, pero ¿cómo se llamaba? —¿Yo? Soy Carlo Bianchi —respondió. —¿Un pariente? —Ella arqueó las cejas—. He conocido a tantos esta noche, no puedo recordar quién es quién. —Tu tío. Tu madre era mi hermana gemela. —Oh. —Su rostro ardía—. Lo siento. —No te preocupes, querida. —Él le sonrió. Ella sonrió, contenta de que él no estuviera enojado. —Me recuerdas a ella. Le encantaba la música, aunque no tenía tu… habilidad. —Los ojos de Carlo se pusieron triste

