Hades llevaba alrededor de cinco minutos desde que Perséfone salió al trabajo, ella cumplía un horario bastante más apretado que el de él. A pesar de que Perséfone solía llegar tarde casi todos los días porque siempre se distraía con él, eso le parecía entretenido y algo tierno de su parte.
Había pasado una semana desde aquella conversación en el parque respecto a tener hijos y no volvieron a tocar el tema. Aunque él todavía se sentía un poco extrañado por esa conversación, prestaba más atención a si Perséfone se notaba todavía con el tema en la cabeza, lo cual no era muy difícil de saber para él. Así sea por los años juntos, Perséfone tenía esa peculiaridad de que, a propósito o no, se le escapaban comentarios que tenían que ver con el tema (sea cual sea) que tuviera ella en la cabeza.
Finalmente, salió de lo profundo de su mente, lugar al que llegó por desvariar sus pensamientos respecto a eso. Lo cual es extraño, porque nunca antes le había dado tantas vueltas a ese tema en particular. Solo creía que faltaba algo para cerrar con eso, y no podía comprender qué era. Porque, al parecer, Perséfone ya no se encontraba pensando en eso y solo era él quien sentía que ella no había soltado ese hilo todavía.
Tomó un profundo suspiro y miró la hora en su reloj, ahora él es quien estaba llegando tarde y solo por distraerse consigo mismo. Sonrió divertido al pensar en eso, quizás era algo que aprendió de Perséfone, como antes mencionamos. Se acomodó su saco n***o largo, y dió una última mirada de revisión al lugar antes de salir también.
Al salir del castillo, Caronte lo veía desde su barca. Hades arrugó un poco la nariz al verlo, no por desagrado de ver a su barquero, sino por lo que significaba que estuviera.
— ¿Sin almas hoy, ah? —preguntó a su servidor, este agachó la cabeza de inmediato ante su amo y señor.
— Así es, señor —respondió, ocultando más el rostro entre sus desaliñados mechones de cabello canoso. Hades miró hacia arriba, apretando los labios.
— Bueno, no por mucho espero —dijo simplemente y de un momento a otro, en una especie de espesa humareda negra que lo cubrió, ya no se encontraba fuera de su castillo, sino en su Bentley del año 1950 mark VI, en la ciudad de Las Vegas completamente n***o.
Lo que no sabía él era que en ese preciso momento un alma solitaria llegaba a sus dominios. Sonrió al sentir movimiento en el Inframundo pensando que su esposa estaría ocupada en la clínica. Sin más arrancó el auto y empezó a conducir hacia la salida del garaje, comenzando a pensar en el papeleo que tendría que hacer al llegar, los humanos tenían procesos burocráticos excesivamente largos durante la vida e incluso después de esta.
No es que él no tuviera que preocuparse por los procesos burocráticos en lo que se refiere al Inframundo, hay más de lo que a él le gustaría admitir, en todo lo que se refiere a la vida y la muerte tiene que haber un equilibrio considerablemente estricto. Y eso es más que nada debido a la disminución de almas sobre las que él tenía derecho a reclamar.
Mientras manejaba por la autopista pensaba en la competencia que había entre los distintos panteones, cada dios de la muerte en el mundo manejaba su propio "reino de los muertos" y se asemejaba mucho a la competencia entre empresas del mismo servicio por obtener más consumidores, por lo que tenía que competir con el creciente infierno de Mephisto, conocido popularmente como Satanás en las religiones abrahámicas, quién era bastante desagradable sin duda, y dejaba a los antiguos como a los celtas, nórdicos, mayas, egipcios y otros, mendigando por almas.
Él aún recordaba como era en los viejos tiempos, miles de almas llegando al Inframundo cada día, tenía mucho trabajo. El mismo Caronte tenía que seleccionar entre el montón de almas recién llegadas, incluso entre las que portaban el pago para el barquero, nunca llegaba a tener vacía la entrada, para llevarlos del otro lado del río. Sonrió recordando esos momentos en que no tenía que aprovechar eventos de muerte masiva donde el sistema del Infierno de Mephisto fallará por poco personal para obtener almas perdidas en la tierra o que siguieran en los cuerpos inertes sin ser reclamadas, ahí era cuando por despacho llegaban a él y a otros dioses, o podía enviar a sus lacayos a los campos de guerra o concentración a sacar el alma de los cuerpos que se tendían a lo largo del suelo.
Estaba llegando al edificio sede de su compañía funeraria. Admitía, con mucho pesar, que en ocasiones lo invadía una especie de desánimo al ver como tantas muertes ocurrían y aún así, Caronte podía esperar en la entrada al castillo por si él quería dar un paseo por el Hades. Condujo hacia el estacionamiento del edificio mientras sus ojos se volvían más oscuros todavía.
El lugar era elegante, la decoración de tonos oscuros, la mayoría de muebles eran negros de melamina o de madera de ébano y de no ser por las flores de brillantes colores que habían en las habitaciones por pedido de su esposa, el lugar parecería una versión deluxe del Inframundo, reemplazando las paredes y pisos de roca por fríos pisos de mármol pulido y candelabros en vez de estalactitas.
Hades se quedó un momento en el auto, pensando en lo que debía hacer hoy y mentalizando como todos los días, que ahí no era el dios del Inframundo, sino el dueño de una compañía funeraria. Apagó finalmente el motor del auto y bajó de este, luciendo nuevamente como luce ante cualquiera que no sea Perséfone, frío, imponente e imperturbable.
Caminó hacia el edificio, su paso era seguro y sus piernas largas se movían sin el menor esfuerzo, miró el cielo con leve molestia por el brillo de este antes de entrar y sintió un leve alivio al pasar las puertas de cristal, el aire era frío y el ambiente tenue. Asintió a la secretaria con su frialdad de siempre, pues no estaba en sus intenciones dar algún tipo de impresión incorrecta a personas incorrectas, y fue al ascensor presionando el botón del último piso, su oficina.
Al llegar se dirigió a su escritorio, se sentó y dejó escapar un leve suspiro, pues una idea fugaz se le atravesó por la mente, donde Perséfone trabajaba junto con él y no tenía que pasar tanto tiempo entre papeles, o sí… Pero la compañía de su esposa lo distraía lo suficiente como para hacerlo llevadero. Ella probablemente lo besaría cada tanto tiempo, se sentaría en sus piernas y haría una que otra broma para molestarlo. Parpadeó varias veces al notar que se distrajo otra vez pensando en ella y por un momento sonrió pensando que seguía siendo un tonto enamorado como si apenas hubiera sido vomitado por su padre.
Volvió a bajar su vista a los papeles frente a él, dando primero una ojeada rápida para recordar exactamente dónde se había quedado el viernes anterior. Pensó que posiblemente fuese por eso que piensa tanto en su esposa, estuvo dos hermosos días con su compañía las veinticuatro horas de estos y repentinamente se vió teniendo que separarse de ella otra vez por unas condenadas ocho horas. Soltó una risa burlona hacia sí mismo, mientras comenzaba a ordenar los papeles como correspondía. Eros debería estar sobrecargado de dicha si pudiera estar en su mente cada vez que esta divagaba en Perséfone, aunque sabía que el hijo del hijo de su hermano no iba a mofarse de él como seguramente harían sus hermanos, pero sí lo “felicitaría” con la pompa y extravagancia propia de dicho dios y no es como que esa idea le agrade mucho.
Empezó con el papeleo, las cuentas no se sacarían solas. Asegurándose que todo estuviera en orden, se veía concentrado con el ceño levemente fruncido. Él sabía que era atractivo, como todos los dioses griegos lo saben, pero a diferencia de los egocéntricos y narcisistas de sus hermanos a él le importaba poco o nada lo que los demás pensaran de él, pero no dudaba en utilizar sus encantos cuando algo le convenía y normalmente eso era solo con Perséfone.
Él sabía que desde hace años sus secretarias comentaban sobre su atractivo, no porque él lo haya averiguado directamente sino porque Perséfone se lo comentó, ella parecía divertida por la situación aunque sabía que apenas una de ellas intentase algo terminaría con un pase gratis al Inframundo nadando en el Aqueronte. Perséfone no era celosa, ella no dudaba de él y él tampoco de ella, sin embargo no es bueno jugar con el temple de una diosa, suelen ser bastante caprichosas o tercas, incluso Perséfone podría llegar a serlo cada tanto, aunque a él poco le importaba, sabía que también lo era, los dioses además de esas dos características también eran irresponsables e impulsivos, él estaba tranquilo sabiendo que solamente era bastante terco.
Por ello cuando Agatha, una de sus secretarias, entró en la oficina utilizando una falda más corta de lo normal sabía que algo ocurriría, no por el largo de la prenda sino porque recordaba cuando Perséfone le dijo "le gustas a esa chica" seguido de un "Usa uno de los perfumes de Afrodita para atraer a los hombres, no lo usaba antes de verte" y si alguien tenía buena percepción de los demás era su esposa, así que decidió creerle, pero no le dio más importancia. Agatha era una mujer atractiva para los mortales, pero él no se sentía tentado por nadie que no fuera su esposa, incluso las demás diosas le parecían aburridas o insulsas, su amada tenía una chispa única capaz de bajar todas sus defensas, miró más fijamente a Agatha cuando esta se aclaró la garganta.
— Señor… Tengo la actualización del grupo de finanzas de la semana pasada —comentó acercándose al escritorio a dejar la carpeta, Hades asintió simplemente guardando silencio, por lo que ella prosiguió buscando sacarle conversación, sabía que él era callado y que te dirigiera más de dos palabras era un privilegio—. Me gusta mucho su traje de hoy, señor, se ve bastante elegante.
Conocía lo bastante bien a los humanos, al fin y al cabo estuvo ahí cuando se crearon por segunda vez, después de todo ese desastre con Pandora y su cajita. También conocía las normas sociales para saber que debería corresponder el halago con otro, pero en vez de eso asintió totalmente serio. No tenía nada en contra de la mujer, era una buena trabajadora, sin embargo no le agradaba nadie en general tampoco, menos aún los humanos, sabía lo inestables que eran y lo problemático que eso era.
— Gracias, mi esposa me dijo que lo usará hoy —comentó con semejante mentira, Perséfone pasaba más tiempo buscando quitarle la ropa que pensando en ponerla, pero solo quería que dejara de molestarlo.
Solo tuvo que esperar unos segundos, mientras mantenía su atención en los papeles de la carpeta que la mujer había dejado en el escritorio. Como todavía sentía la presencia de la mujer cerca tuvo que levantar la vista, mostrándose un poco fastidiado y la vió arqueando una ceja.
— ¿Algo más? Porque puede retirarse —cuestionó, esperando su reacción, por si tendría que ser un poco más directo. Prefería la soledad de sus pensamientos si la compañía no era Perséfone.
La mujer enrojeció de inmediato, se veía apenada y cuando Hades la miró sintió como un escalofrío le recorría la espalda. Había estado planeando coquetear con su jefe, no quería nada serio, solo le parecía atractivo y con algo atrayente.
— No señor, lo lamento yo… Quisiera preguntarle algo —empezó, requirió toda la valentía que tenía para poder pronunciar esas palabras. Hades tenía una capacidad innata para crear confusión en las personas, era atrayente pero al mismo tiempo inspiraba terror y respeto, como contemplar un gran felino en la naturaleza.
La mirada de Hades se oscureció un poco más, al igual que la luz de la oficina, y si bien solía tener paciencia, ocasiones como esta lograban fastidiarlo.
— ¿Qué quiere preguntar? —cuestionó de inmediato, mientras más rápido finalizara esa conversación, más pronto volvería a disfrutar la tranquilidad.
— Yo… Tal vez esto sea algo insolente de mi parte, pero quería preguntarle si usted gusta de salir a tomar un trago conmigo —comentó sin pensarlo, si lo hiciera no podría haberlas pronunciado. Era la forma más formal de preguntar de los humanos si deseaba pasar la noche en su cama, ya había tenido un par de chicos que le habían sugerido lo mismo.
Ella esperó la respuesta queriendo que la tierra la tragara, no sabía lo probable que era que eso sucediera realmente.
Hades por otro lado tuvo que contener los comentarios respecto al destino de esta mujer siendo el caso que se lo comentará a Perséfone, y pensaba hacerlo sin dudas. Sin embargo, pensó en la forma más adecuada de responder sin mencionar ese pequeño detalle.
— Creo, que habiendo acabado de mencionar a mi esposa, su propuesta es más que insolente y fuera de lugar —respondió, frunciendo el ceño, y contuvo la sonrisa burlona debido a lo que continuaba—. Sin dudas se lo mencionaré a mi esposa hoy al salir y veremos que tal le va con eso. Ahora retírese, por favor.
Agatha pasó de un color rojizo en las mejillas a la total falta de color en estas. Todos en el edificio conocían a Perséfone, o la odiabas o la amabas, y normalmente esto era porque ella te odiaba o amaba a ti, su trato podía ser el más alegre y dulce o el más amargo y doloroso. La joven conocía las historias de otros trabajadores que la hicieron enojar, en el mejor de los casos te despedían, en el peor movía sus influencias y te dejaba sin trabajar el resto de tu vida, o por el contrario hacia una excelente carta de recomendación y terminabas con nada más y nada menos que tu propia empresa, era una mujer impredecible y fuerte. Así que finalmente y sin decir más asintió y salió de la oficina de Hades.
Luego él se enteraría para su diversión que Agatha había renunciado y se había marchado totalmente del edificio después de esa charla, aquello poco la salvaría de su esposa si no le gustaba lo que Hades le contaría más tarde.
— Al fin… —susurró para sí mismo mientras se recargaba mejor en su silla. Más tranquilo porque era una persona menos con la que lidiar y quien sabe, en un futuro no tan lejano, un alma más en el inframundo.
Continuó con el papeleo que acababa de recibir de su ahora ex empleada. Y sonrió dejando su mente divagar de nuevo en cuando volviera a casa, a la tranquilidad de su sitio y lejos del descontrol que era estar rodeado de humanos. Aunque pocas veces salía de la oficina, y sus viajes eran casa-auto-oficina, oficina-auto-casa, las ocasiones en que esa simplicidad se veía afectada por la imprevisibilidad humana, se veía rodeado de criaturas con demasiadas preguntas a su persona. Los únicos cambios de esa rutina que aceptaba, eran las visitas a alguna la morgue de la sede cercana, o los recorridos por el cementerio del que también era dueño. Lo hacía sentir más cercano a su hogar, porque sí, y digan lo que digan, es lo que el Inframundo era para él desde que tiene a Perséfone a su lado.
Recordaba con mucha claridad como el Inframundo cambió con la llegada de ella, al fin tenía una reina que lo llenaba todo irónicamente con vida. Las plantas que ahora existían allá abajo eran nutridas por los ríos de almas por lo que parecían rosas de sangre o huesos, las plantas sin flores contaban con hojas grises o negras y al tocarlas dejaban un rastro como al tocar cenizas, sin embargo eran las plantas más hermosas que había visto, mucho más que cualquier planta en la tierra. Perséfone solía decir que era porque son producto del amor que ella sentía por él y por el Inframundo, él las veía como la combinación del amor de ambos.
Al terminar de leer los papeles de la carpeta que había traído Agatha se percató de la hora, pensó que debería comer, sin embargo, la comida humana poco lo satisfacía y lamentablemente no había ningún negocio cercano de algún semidiós o criatura que pudiera ayudarlo a comer algo decente, así que decidió esperar a la cena, ya veía el reproche de Perséfone venir por eso, siempre obviaba el traer comida de la casa.
Pensó que quizás podría ir y volver, pero teniendo tan pocas almas hoy, no sabía si arriesgarse a hacer más apariciones. Rodó los ojos, podía aguantar hasta la cena o hacer una merienda con Perséfone apenas llegara, así que ignoró la idea de ir a comer y se levantó para caminar por la oficina y acercarse a la ventana que daba a la ciudad. Viendo a la gente desde la altura en la que parecían como hormigas.
— Supongo que así se sentía verlos desde el Olimpo y no desde abajo —comentó, así fuera para sí mismo. Y repentinamente sonrió al pensar en una idea para ocupar su hora del almuerzo.
Pocas veces lo había hecho, pero en todas valió la pena el regaño de Perséfone, pero irla a visitar, a pesar de la insoportable cantidad de gente que había en los hospitales, después de haber pasado esas cuatro horas sin ella, era sin dudas gratificante, y sus ojos brillaron un poco ante esa ocurrencia.
Y como si ella lo hubiera sabido, su teléfono empezó a sonar, pero pronto dejó de hacerlo y empezó a sonar en el de escritorio, así que se acercó entretenido a este sentándose sobre la fuerte tabla de madera oscura y tomó el teléfono.
— ¿Lees mi mente? —preguntó tranquilo, entretenido y la risa no tardó en hacerse escuchar del otro lado de la línea.
— Lo siento, es que te extraño y estoy en mi media hora de almuerzo… No le agrado a las demás enfermeras, aquí es malo tener alta tasa de mortalidad —dijo divertida y Hades sonrió de lado. Perséfone mantenía a flote sus poderes gracias a las almas que conseguía para el Inframundo, pero ella tenía una ventaja que él no, tenía una doble divinidad que la hacía obtener más fuerza por medio de la jardinería, no hay muchos dioses que se sientan fuertes solo porque alguien admire una flor.
Antes de poder hablar, ella continuó.
— Está bastante movido por aquí, hubo un accidente de tránsito, de un autobús y hay varios heridos de gravedad, cruza los dedos, podría obtener un par de almas más hoy —su tono era alegre, la podía imaginar con claridad sentada en la cafetería, con una manzana y un té probablemente, siendo mal vista por doctores y enfermeras que no entendían como ella seguía trabajando cuando tantos pacientes padecían bajo sus cuidados.
Hades se quedó pensando, debatiendo si preguntar lo que tenía en su mente. No era de hacer ese tipo de preguntas y aunque las pensaba, no las creía esenciales. Mordió su labio mientras veía a la ventana, todavía sentado en la mesa. Tomó un suspiro, hoy si lo sentía necesario.
— ¿Podemos hablar esta media hora? — preguntó, sonando tranquilo pero cierra los ojos por unos segundos para continuar— Hoy se hace particularmente notable la falta de tu compañía.
Por un momento no escuchó sonido al otro lado de la línea, eso era extraño con Perséfone y se preguntó a sí mismo si había utilizado alguna mala combinación de palabras, pero finalmente escuchó la contestación del otro lado.
— Sabes que siempre voy a tener tiempo para ti, dime… ¿Te sientes mal? Podría ir para allá ahora mismo —sonó preocupada.
Hades sonrió, aunque eso le gustaría, no pensaba abusar de aquella sugerencia.
— Estoy bien, querida… Únicamente es lo que mencioné, solo es agradable escucharte —respondió, aunque siempre se aseguraba de que Perséfone supiera y no olvidará lo que significaba para él, pues no solía mostrarse tan particularmente cariñoso o expresivo.
Se escuchó el suspiro al otro lado de la línea, y luego una pequeña risa.
— Cuando vuelva a pasar cocinaré algo para ambos ¿Ya comiste? ¿Qué te gustaría que cocinara? —preguntó sonando tranquila, ella tomaba un poco de su té esperando la contestación de Hades.
Las flores en la habitación se hicieron más grandes, parecían brillar y el aroma floral se esparció por su estudio casi de inmediato. Hades soltó un suspiro profundo ante eso, ese era el aroma de su esposa, o al menos de cuando ella estaba feliz, de cierta forma lo hizo sentir más cerca de ella y le brindó confort y seguridad.
— No todavía, pero estaré bien, son solo unas horas —dijo finalmente después de haberlo pensado unos segundos, decirle la verdad sobre que no había comido implicaría un seguro regaño de su parte. Pero mentirle sería demasiado descarado, hasta para él —. Solo me alegra poder escucharte un rato, hoy también pasó algo que debo contarte, el final es un poco cómico a decir verdad —no era mentira, incluso ahora, recordando lo tonto que fue le causaba diversión, no se imaginaba entonces la reacción de Perséfone.
Mientras esperaba la respuesta de ella, caminó con ya no tanta lentitud hacia la planta cercana a él observándola, sonriendo un poco. Hoy había sido un día raro para él y confuso. Pero pensaba atribuirlo a lo que él siempre le decía a ella, “mi amor por ti crece cada día más, así como tus plantas cuando estás feliz”.
— Hades… —comenzó, su voz sonaba con reproche y Hades alzó ambas cejas tranquilamente, esperando— ¿Sabes qué? No importa, voy a prepararte doble porción cuando llegue, además haré algo de postre, ya debió llegar la ambrosía que le encargué a Hermes.
Él sonrió de lado al escucharla, fue más fácil de lo que pensó, se lo atribuía al fin de semana y al incidente de tránsito que probablemente la tenía de buen humor.
Una idea cruzó su mente y sonrió más mirando la planta frente a él reuniendo las partes de la conversación para sacar una conclusión. Si era cierto que pasaba sola los almuerzos, podría entonces repetir más seguido este tipo de llamadas. Se mordió el labio, pensando en si comentarle o solo hacerlo.
— Gracias por la llamada, querida, de verdad fue muy gratificante poder hablarte entre el trabajo —sonrió, le gustaba más la idea de sorprenderla con esas cosas—. Pero ya debería estar por terminar tu media hora de almuerzo…
La risa del otro lado de la llamada no tardó en llegar.
— ¿Y? ¿Crees que dejaré que un grupo de humanos me digan que hacer? Soy la reina del Inframundo y aunque tengo que actuar como cualquier humano me gustaría ver al valiente que se atreviera a retarme —Hades sonrió ampliamente al escuchar el tono de su esposa, poderoso y fuerte, a él también le gustaría ver qué destino le depararía a la pobre alma que se atreviera a molestarla.
— Creí que era por el accidente de tránsito —comentó aventurandose, bromeando sin borrar la sonrisa.
La llamada continuó un rato más, obviamente pasando la media hora del almuerzo de ella y el tiempo que tenía él, pero les importó poco eso. Pero, después de un rato no pudieron huir más del final de la llamada y Hades volvió a su trabajo, esta vez con una sonrisa en el rostro por esa llamada que alivió el nivel de añoranza que tenía.
Retomó por dónde se quedó con sus papeles, en un tranquilo silencio. Su mente ahora sí logró concentrarse en el trabajo pendiente y dedicarse mejor a eso, quizás así sería más leve mañana. Las horas pasaron un poco más rápido al haber logrado concentrar su mente. Estaba tan sumido en lo que hacía que no había notado las vibraciones de su teléfono, hasta que empezó a sonar por una llamada que lo hizo sobresaltar.
Era extraño que lo llamaran, nunca daba su número de teléfono y si alguien lo llamaba sabía que solo podía ser algún dios o su esposa, lo primero era poco probable y lo segundo era preocupante porque ella no lo solía llamar en medio del trabajo, pues debería estar ocupada ahora.
Así que contestó inmediatamente con el ceño levemente fruncido.
— ¿Querida? ¿Está todo bien? —preguntó de inmediato, al otro lado había total silencio, lo que provocó que una extraña tensión se formará en él, pero finalmente ella respondió.
— ¿Estás todavía en la oficina? —ella ignoró totalmente su pregunta, lo que hizo que una sombra de preocupación se instalará en su mente, Perséfone sonaba apresurada y tensa, algo bastante extraño en ella.
— Si, claro, ¿qué pasó? Nunca llamas a esta hora —dijo, buscando que en su tono de voz se note la preocupación que lo estaba invadiendo. La iluminación que había llegado a la oficina por la tranquilidad de Hades luego de la llamada anterior, ahora comenzó a apagarse nuevamente.
Estaba preocupado, aunque en realidad preocupado era un eufemismo. Para ser exactos, creyó que jamás lo había llamado estando en el trabajo por algo que no fuera urgente, y el tono que ella usó no lo contradijo.
— En realidad sí, voy para allá, no es nada grave solo algo fuera de lo normal… Espero que no te importe que te interrumpa en el trabajo —claramente no sonaba a ninguno de los tonos de voz de la Perséfone que él conocía, había algo muy distinto que en tanto tiempo jamás había escuchado, solo que no lograba identificar qué era.
Y la explicación que sabía debería de calmarlo tuvo el efecto contrario, eso lo preocupó aún más y de inmediato uno de sus miedos más profundos salió a flote, y en ese momento la luz de la habitación incluso la que entraba por las ventas tomó un tono opaco, casi totalmente apagado.
— ¿Zeus… te hizo algo? —preguntó despacio, no sabía si estaba listo para su respuesta, la sola idea de que volviera a suceder lo aterraba, y lo hacía enfurecer como nada, era paciente, era tranquilo, pero con temas respecto a la seguridad y salud de su esposa le resultaba sumamente difícil mantener la calma, era la debilidad de su temple de acero.
— No, yo estoy perfecta, es solo que… Ya lo verás, te amo, por favor tranquilízate, no es nada mío por lo que voy.
Ella colgó el teléfono primero, se la notaba apresurada y a pesar de no poder verla sabía que debería de estar lo suficientemente estresada como para no quedarse a hablarle un poco más para tranquilizarlo, así que tomo una respiración profunda sabiendo que hacerlo no era responsabilidad de ella sino de él mismo y entregándose a la confianza ciega que tenía en su esposa.
Se sentó en uno de los muebles del estudio a esperarla, sabía que la opción de adelantar trabajo no era viable en aquel momento, no podía concentrarse en nada más hasta ver qué era lo que sucedía con su esposa y sobre todo cómo aliviar su malestar.
Imaginen su sorprensa cuando media hora después estaba Perséfone, un niño de cabello n***o y un perro muerto en su oficina.