Ella es una intrusa.
“El que tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo”
Friedrich Nietzsche
Ver bajar el ataúd que guardaba los restos de mi esposa ha Sido otro de los dolores más grandes en mi vida.
Todavía sentía su aliento en mi oído susurrándome que me amaba y que estaría siempre para mí…
Me mentiste…
Quise gritar, pero no lo hice, no frente a todos y menos frente a mis hijos que habían perdido a su madre.
Cuando todos se fueron me permití llorar, arrodillado en la grava y golpeando la tierra que cubría a a mi Bri.
—No puedo, cariño. No sé qué haré sin ti.
—Sobrevivir, querido amigo.
—Jefe…
—Me imaginé que te quedarías un rato más para despedirte, pero no de esa forma.
—¿Y qué quiere que haga? Ella se fue y yo…
—Serás un hombre fuerte por ti y por tus hijos. No puedo entender tu dolor en este momento, Pero sé que si le pasará algo así a mi cielo estaría igual que tú. Es por esa misma razón que te acompaño en tu dolor, no como Jefe, sino como un amigo.
El señor Adam se arrodilló junto a mí y posó sus brazos en mis hombros.
—Duele tanto.
—Te creo, así que llora, llora todo lo que quieras hasta poder drenar, en parte, este sufrimiento.
Sé que no pasará de inmediato, pero con el tiempo la herida irá sanando.
Brianna te dejó esos tres tesoros, no los abandones.
—Yo no sé que hacer, ella hacía todo en casa, jamás cambié un pañal o preparé una merienda.
Ella…
—Tranquilo, por lo pronto te quedarás con ellos en nuestra casa. A los niños les gusta y se sienten cómodos ahí. Puedes usar la habitación de Thomas, ya lo hablé con él y está gustoso de cedértela.
—Jefe, yo soy un simple guardaespaldas, no tengo.
—¿Cómo pagarme? — me pregunta y yo asiento—. En ambas cosas estás equivocado, cuando escogimos a cada uno de los miembros de Scott y asociados no vemos un trabajador más, vemos a otro integrante de la familia.
Eso son ustedes para nosotros y ya deberías haberlo notado.
—Lo siento, jefe. Es que todo esto me supera.
—Pues ya lo sabes. Ahora, termina de despedirte de ella, Pero no con lástima o con rencor por lo que pasó, sino con ese amor inconmensurable que le tienes, eso es lo que ella se merece hoy.
Mi jefe se levantó de la grava, limpió sus rodillas y me dio unos golpecitos en la espalda.
Yo era parte de su familia, quién lo diría, un niño de la calle que anduvo en malos pasos llegó a ser parte de una de las familias más connotadas de Nueva York, esto debía ser una locura.
—O mi jefe está loco.
Por primera vez, después de su muerte sonreí y le hice caso a mi jefe. Sé que la lloraré por toda mi vida, Pero debo ser fuerte por ellos. Mi trío de diablillos solo me tiene a mí…
—¡No lo hagas! Aún tienes tiempo de enmendar tus errores y yo te ayudaré.
—Déjame, ya no valgo nada.
—Si no lo haces por ti, hazlo por mí…
—¡Bri!
Hace dos semanas que despedimos a mi Bri en el cementerio y todas las mañanas despierto con la misma pesadilla.
Veo a mi Bri junto a la señorita Santillán en la cornisa de un edificio. A veces siento que es la culpa por haber dejado sola a esa señorita y lo que me dijo mi esposa antes de que la atacaran lo que me hacía imaginar eso.
¿Pero por qué me atacaba esta pesadilla?
Debe ser porque le había fallado a ambas…
Me levanto de la cama, hoy debo acompañar a la señora Alma al hospital. Dan de alta a la señorita Santillán y ella se ha transformado en su ángel de la guarda.
Los más contentos son Marcos y Julián que me preguntan a diario si se algo de ella. Los veo y me imagino a mi Bri, haciéndome las mismas preguntas. En cambio, mi pequeña Brianna no dice nada, se dedica a estudiar y no pensar. No ha vuelto a mencionar a su madre en todo este tiempo y solo sé que está bien gracias a la señorita Sophia, que la ayuda en el colegio junto a la señorita Connelly.
Salgo de mi habitación y camino hasta la cocina, no me gusta ir al comedor a molestar, pero como mis hijos no me hacen caso la señora Lía me indica que ya están con mis jefes en el comedor. No quise regañarlos porque mi jefe me miró con esa cara de toma asiento y come que no deja a discusión.
—Buenos días, Rubén.
—Jefes, Señores Di Rossi.
—No sé a quién saliste tan formal, Rubén ni Agus que lleva casi el mismo tiempo que tú es tan ceremonioso.
—Usted me conoce, Alma. Esto de haber Sido medio militar aún lo llevo estampado en mi ADN.
—Pues, será mejor que te tomes ese café que llevas en la mano y comas algo. Cuando terminemos iremos a buscar a Clara.
Clara… Clara Santillán, la mujer de mis pesadillas…
Suspiro resignado, sé que mis jefes no tienen idea de lo que pasó realmente ese día con su manager, salvo la golpiza que le di. En fin, debía volver al trabajo y como decía mi jefe tenía que hacerlo por ellos.
Media hora después, me despido de mis hijos, Brianna con suerte me dice adiós y Julián me da muchos besitos para que le dé a la señorita Santillán. Marcos sonríe cálidamente y asiente para despedirse y las gemelas con Matteo salen disparados como siempre junto a su madre.
—Nunca entenderé a estas mocosas y menos a Mateo, ya están tan independientes que no me dejan hacer nada. Rubén…
—Sí, señora Di Rossi.
—¿Tú crees que debería tener otro bebé?
Me ahogué con mi propia saliva y no me quise reír porque ella lo decía con tanta confianza que solo me atreví a responder.
—Creo que es una decisión que debe tomar con su marido, señora Di Rossi.
—Él dirá que sí a todo lo que le pida, de eso estoy segura, Rubén.
Negué con mi cabeza y seguimos nuestro camino al hospital.
Al llegar, caminé con la señora Di Rossi por los pasillos del hospital, hasta que llegamos a su habitación y ahí estaba ella, como en mi sueño…
Con la mirada perdida en la nada, su cabello ha crecido y ya le llega a los hombros, en su cara ya casi no se notan sus moretones y ese cabestrillo que lleva para sostener su brazo aún con fierros externos.
Escucho que la doctora Scott y el doctor Rubens hablan, pero solo me fijo en ella, en su cara de resignación.
¿Será que así me veo yo?
—¿Vamos, Rubén? Es momento.
—Sí, perdón.
La ayudo a subirse a la silla de ruedas y caminamos rumbo a la salida.
La señora Di Rossi y la doctora Scott siguen hablando y dándole algunos consejos a la señorita Santillán justo cuando pasamos por la habitación en qué estuvo Bri y un fuerte dolor en el pecho se hizo presente.
—Si no lo haces por ti, hazlo por mí…
¿Por qué recordé eso?
Siento que me voy a volver loco.
Pero como todo en este mundo tiene una razón de ser, ese día escuché a mi Julián hablarle a la señorita Santillán, era como cuando conversaba con mi Bri. Cómo tomaba sus manos, como le sonreía, cuando le ofrecía cosas y ella las rechazaba con amabilidad.
«Mi Bri no las habría rechazado, Pero ella no es mi Bri »
Me respondía mi propia conciencia y la reprendí mentalmente.
Así que hice lo que pensé correcto y le pedí a la señorita Santillán que no se acerque a mis hijos. Ellos no tenían porqué estar cerca de ella y menos verla como veían a su madre.