Capítulo 6

2222 Palabras
—¿Recuérdame por qué accedí a permitirte hacer esto? —inquirió Draktharos con una mirada de duda en sus ojos. —Porque si no lo intentamos, tu planeta, junto con tantos otros, dejará de existir. Luego, con determinación, coloqué dos blásters a cada lado de mis caderas y tomé un par de municiones. Las elegantes prendas que solía vestir quedaron en el pasado, reemplazadas por atuendos más ágiles y funcionales que me proporcionaban la flexibilidad necesaria para infiltrarnos en la nave Avarice. Opté por unos pantalones con múltiples bolsillos y una simple remera cubierta por un chaleco oscuro que también albergaba bolsillos estratégicos, perfectos para guardar herramientas y dispositivos útiles en caso de que los necesitara. Draktharos, por su parte, abandonó su imponente vestuario de comandante en favor de uno más discreto y camuflado, en tonos oscuros que nos ayudarían a pasar desapercibidos en las sombras de la nave Avarice. Convencerlo no había sido una tarea sencilla, pero al final, con la colaboración de su leal tripulación, la mía y la encantadora Kalixia, logramos que accediera. Por supuesto, para lograrlo, era imprescindible que ambos ingresáramos; de lo contrario, no estaría dispuesto a compartir conmigo todos los oscuros secretos que poseía sobre Drell y su malévola tripulación alienígena. 30 minutos antes: Me encontraba en una sala de estrategia, rodeada por paredes frías y metálicas. En medio de un ambiente tenso y cargado de incertidumbre, nuestras miradas chocaban como meteoritos, pero también se forjaba una extraña complicidad, forjada únicamente por la adversidad. —Lo último que deseo es estar atrapada contigo en una nave alienígena hostil —mi voz apenas era un susurro que resonaba en el claustrofóbico espacio de la sala—. Pero si nuestra estrategia falla, todos nosotros estaremos irremediablemente condenados. El silencio se rompió cuando él respondió, sus ojos reflejando una seriedad que igualaba la mía. Era como si nuestros destinos se hubieran entrelazado de una manera inextricable. —Comparto tus inquietudes —admitió finalmente. —Nalor y Kalixia han conseguido proporcionarme mapas extremadamente detallados de la nave Avarice —continué, tratando de mantener la calma a pesar de la gravedad de la situación. Draktharos asintió, su mirada fija en los mapas holográficos extendidos sobre la mesa. —Entonces, pongámonos a trazar el plan de entrada —propuso, su voz resonando con autoridad. —¿Tienes algún plan en mente? —inquirí, consciente de que su astucia y experiencia podrían ser cruciales para nuestra supervivencia. Se tomó un momento antes de responder, sus dedos tocando con cautela los mapas. —Me sorprende que no quieras comenzar con tu descabellado plan, Thorne —dijo con una ligera sonrisa, como si disfrutara del juego del gato y el ratón. —Te concedo el honor —respondí. Kalixia interrumpió nuestra batalla verbal, sabiendo que no quedaba mucho para que la sala se llenara de tensión insoportable. —¡Mh! Drak, pueden transformarse temporalmente como un tripulante de la nave Avarice —anunció. —¿Cuánto tiempo dura esa transformación? —pregunté con un interés agudo y analítico. —Apenas unos 5 minutos —respondió Kalixia con un dejo de incertidumbre en su voz. —Tiempo suficiente para adentrarnos en los pasillos en dirección al camarote del Comandante Drell —afirmé, mis ojos clavados en los mapas, evaluando los riesgos y las oportunidades que se nos presentaban. —¿Cómo estás tan segura de que el mapa estará allí? —preguntó Draktharos, su rostro reflejando confusión. —¿Dónde más podría estar el mapa más codiciado de toda la galaxia, sino en el camarote del Comandante Drell o en sus manos en todo momento? —respondí con convicción. —Esperemos que no sea lo último —comentó Nalor desde la pantalla holográfica, su voz ligeramente preocupada. —Sería una sentencia de muerte segura —añadió Aizza, dramatizando la gravedad de la situación. La sala de estrategia se sumió en un silencio incómodo, interrumpido solo por el zumbido constante de los mapas holográficos. El peso de la misión pendía sobre nosotros como una espada afilada, lista para caer en cualquier momento. Draktharos finalmente rompió el silencio, sus palabras cargadas de determinación. —Entonces, tenemos que asegurarnos de que nuestro ataque sea preciso y rápido. No podemos permitirnos errores. —Sus palabras resonaron como un mandato divino en aquella sala lúgubre. —Tendríamos que estar en perfecta sincronía y comunicación constante —advirtió Nalor, sus ojos escrutadores—. Cualquier error podría costarles la vida. Manteniendo mi mirada fija en el mapa holográfico, me erguí con determinación. —Necesitaremos credenciales, para abrir las puertas —anuncié. —Yo puedo encargarme de eso —exclamaron al unísono Aizza y Kalixia, compartiendo luego una mirada ligeramente incómoda. —Supongo que no les molestará trabajar juntas —comentó Draktharos, observándolas con una ceja alzada. Ambas negaron con la cabeza, asegurando que no tendrían problema alguno. —Evad, si logras infiltrarte en su sistema, podríamos proporcionarles una ventaja adicional. — propuso Aizza, seguida de un asentimiento de Kalixia Prosiguió kalixia— ¿Sabes cómo hacerlo? —Puedes darlo por seguro. Si no fuera por ella, estaríamos fritos desde hace horas —respondió Aizza. —¿Fritos? ¿Qué significa eso? —exclamó, confundido por la desconocida palabra humana. —Habla de muertos, pero eso no viene al caso. Tenemos que terminar de definir el plan, cada minuto cuenta mientras nos acercamos a la nave Avarice —concluí, enfocándonos nuevamente en la tarea que teníamos por delante. Los minutos se deslizaron fugaces mientras afinábamos los últimos detalles del plan, cada estrategia, cada movimiento, debía ser ejecutado con la precisión milimétrica, cuando finalmente dimos por concluida la estrategia, el silencio en la sala se convirtió en un eco sereno. Y ahora, estábamos en Neptara, un planeta alienígena tan fascinante como enigmático. Sus habitantes, los Neptrolls, eran criaturas enanas y rechonchas, cubiertas por un pelaje espeso. Sus ojos brillaban con matices cromáticos que cambiaban al compás de sus emociones, un fenómeno asombroso que revelaba un mundo interior complejo y fascinante. Los Neptrolls, seres inteligentes en su simplicidad, se comunicaban a través de gruñidos, chirridos y gestos, un lenguaje tan primitivo como efectivo. Se organizaban en clanes familiares, y su fuerte sentido de comunidad los convertía en seres inquebrantables. Cada clan tenía su propio territorio en las imponentes montañas de Neptara, donde forjaban sus tradiciones culturales con un orgullo ancestral. Neptara atraía a quienes buscaban un descanso galáctico o a aquellos que deseaban comenzar una nueva vida. —¿Estás completamente preparada? —preguntó el —Sí, todo listo —respondí, mientras ajustaba el cinturón cruzado en mi pecho. Sus manos, firmes y reconfortantes, ofrecieron ayuda en medio de la creciente tensión que nos envolvía. Draktharos me escrutó con una mirada tan penetrante que parecía alcanzar el fondo de mi ser. Era un gesto que conocía demasiado bien, una advertencia silenciosa acompañada de la promesa de que debía permanecer a su lado. —Recuerda, siempre detrás de mí —subrayó con voz profunda. —Claro, Synthor —respondí, aunque noté una pizca de exasperación en su voz debido a mi persistente negativa a llamarlo por su nombre. —Pensé que habíamos superado esa etapa —susurró él. Sacudí la cabeza, una sonrisa traviesa asomando en mis labios. —No, además, no has dejado de llamarme Thorne. —Bueno, si te llamo Evadne, ¿te dignarías a usar mi nombre? —contraatacó, desafiante. Reí, disfrutando de nuestra pequeña disputa mientras nos preparábamos para lo que venía. —Vamos, Synthor, no hay tiempo que perder. Ahora que Drell no está en la nave, es nuestro momento para infiltrarnos. En el camino hacia la plataforma donde la Avarice descansaba, nos cruzamos con algunos Neptrolls que mostraron un evidente interés en nosotros. La mirada curiosa de sus ojos cambiantes seguía nuestros pasos mientras Draktharos se comunicaba con ellos en su primitivo lenguaje, logrando mantenernos fuera del foco de atención. En ese momento, la discreción era nuestra mayor aliada; debíamos pasar desapercibidos hasta que lográramos adentrarnos en la nave. A medida que avanzábamos, repasé en mi mente los detalles de nuestro meticuloso plan. Aizza y Kalixia habían logrado obtener las credenciales necesarias para ingresar a la nave, una tarea que había requerido de su ingenio y habilidades únicas. —Recuerda, Thorne, sigue detrás de mí y mantente alerta. No sabemos qué nos espera adentro —advirtió. Mis ojos se encontraron con los suyos, y asentí con determinación. Cuando alcanzamos el conducto trasero de la Avarice, saqué una herramienta que centelleó con una luz deslumbrante. La utilicé para crear una abertura lo suficientemente grande como para que ambos pudiéramos pasar, nos encontrábamos en el punto de no retorno. Nos miramos fijamente, conscientes de que estábamos a punto de adentrarnos en un territorio peligroso y desconocido. —Estoy pensado que dejarte hacer esto fue una muy mala idea, evadne La oscuridad nos envolvió mientras avanzábamos con dificultad, arrastrándonos por los angostos pasillos de ventilación. Cada roce de nuestros cuerpos contra el metal parecía un eco siniestro en medio del silencio. —Estoy empezando a pensar que permitirte hacer esto fue una idea terrible, Evadne —murmuró. —Si tanto miedo tienes, puedes llevar ese principesco trasero devuelta a tu nave —respondí con sarcasmo. —No es miedo, Thorne. Tu pequeño cuerpo humano pondrá en riesgo esta misión más de lo que te imaginas. Debiste aceptar que viniera solo... — Gruñí, apretando mis puños en un intento por liberar parte de la frustración que sentía. —Chicos, no es el momento para empezar una discusión —intervino Harlox desde el comunicador en nuestras orejas. La oscuridad que nos rodeaba pareció intensificarse, como si el peso de nuestras diferencias se hiciera palpable en ese estrecho pasaje. Korg continuó con voz temblorosa: —Shh, están a punto de pasar dos miembros del equipo debajo de ustedes. Nuestro aliento se detuvo mientras escuchábamos el leve murmullo de actividad por debajo de nosotros sin emitir palabra alguna, avanzamos cautelosamente por el tortuoso entramado de pasillos, sumidos en la incertidumbre. La negrura que nos envolvía se desvaneció momentáneamente cuando llegamos a una pequeña r*****a en la estructura. Confirmado que no había enemigos al alcance de la vista, nos deslizamos fuera de la estrecha abertura. El suspiro de alivio que se escapó de mis labios fue ahogado por el sonido sordo de mi cuerpo impactando contra el frío suelo metálico. Afortunadamente, ningún eco de mi caída llegó a oídos indeseados. Draktharos se inclinó hacia mí, tendiéndome una mano para ayudarme a ponerme de pie. Su aliento cálido acarició mi oído mientras sus palabras resonaban con una mezcla de preocupación y reproche. —Tu impulsividad podría habernos delatado, Thorne. Debes ser más cautelosa. —Su voz, grave y ligeramente ronca, tenía un matiz de autoridad que me hizo sentir como si fuera una niña traviesa. Le sostuve la mirada, sabiendo que la pregunta estaba a punto de surgir de sus labios. "¿Estás bien?" No necesitaba que él lo supiera, pero antes de que pudiera abrir la boca, le aseguré: —Estoy bien. Sigamos. Nos encontrábamos en un punto crucial en este momento, debíamos dividirnos en una intersección, y cada uno de nosotros tenía un papel vital que desempeñar. Draktharos habló primero, su voz tranquila y decidida: —Voy a tomar el camino que lleva al camarote de Drell. Asentí, plenamente consciente de la responsabilidad que recaía sobre mis hombros. —Yo me dirigiré a la sala de control. —Recuerda, cinco minutos a partir de ahora —comenzamos a sincronizar nuestros trajes para asumir la identidad de la tripulación de la nave—. Ten cuidado, estarás rodeada de alienígenas. —He pasado toda mi vida en situaciones como esta. Draktharos sacudió la cabeza. —Esto es diferente. Suspiré, liberando parte de la tensión que ni siquiera sabía que mi cuerpo había estado reteniendo. Nuestros trajes se ajustaron a la perfección, camuflándonos entre la tripulación enemiga. Draktharos y yo compartimos un último vistazo antes de separarnos en los corredores de la nave. Me hallé en medio de un bullicio caótico, rodeado de los miembros de la tripulación alienígena que se movían en todas direcciones. Sus rostros enigmáticos y sus voces guturales llenaban el aire mientras avanzaba, intentando imitar sus posturas con torpeza. —¿Quién eres? ¿Qué diablos haces aquí? —inquirió una figura con un tono áspero que vibraba en el aire. De repente, una entidad alienígena aún más alta y corpulenta se cruzó en mi camino. Al alzar la vista, me vi enfrentando unos ojos extraños que parecían escudriñar los rincones más profundos de mi alma. Mi mente se apresuró a buscar una respuesta creíble en medio de ese caos. —Soy parte de la tripulación. Me ordenaron venir a la sala de control para verificar algunos sistemas. La figura alienígena de mirada penetrante estudió mis palabras durante un largo momento, como si tratara de discernir la verdad detrás de mis nervios. Luego, emitió un sonido gutural que resonó en el aire como una especie de gruñido reflexivo. —Nunca te he visto antes en la tripulación —dijo, su voz llena de desconfianza—. ¿Qué unidad representas? Sabía que tenía que ser cuidadosa con cada palabra que elegía. —Soy de la unidad de ingeniería y mantenimiento. Me enviaron para solucionar un problema urgente en los sistemas de navegación.
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