El precio de la perfección

998 Palabras
CAPITULO 02 El concepto de infancia nunca existió en la vida de Jackson. Desde que tenía memoria, su mundo había sido un ciclo interminable de exigencias, expectativas y castigos. Si había un momento en el que pudo haber sido un niño normal, lo había olvidado hace mucho tiempo. Cada día era un nuevo reto. Cada amanecer significaba otra oportunidad para demostrar su valía o, en su defecto, fallar y enfrentar las consecuencias. Jackson había aprendido una regla fundamental en su vida: El dolor era su único maestro, y su madre, su verdugo. Cuando Jackson tenía seis años, su madre le reveló una verdad que marcaría su destino. —Escúchame bien, Jackson —dijo con un tono firme, su mirada helada como una cuchilla—. Eres un alfa. No permitas que nadie te haga pensar lo contrario. Él no entendió el significado de esas palabras en ese momento, pero con el tiempo, aprendió lo que implicaban. Desde su nacimiento, su madre había proclamado al mundo que su hijo era un alfa, asegurando así que podría heredar la compañía de su padre, un hombre que nunca lo reconocería si supiera la verdad. Pero la biología no podía ser alterada con simples palabras. Jackson no era un alfa. Era un omega. Y los omegas, en la familia de su madre, no eran más que un estorbo. Por eso, ella se encargó de borrar cualquier rastro de su verdadera naturaleza. Desde su alimentación hasta sus hábitos diarios, todo estaba diseñado para suprimir su lado omega. Nunca se le permitió tomar bloqueadores comunes; en su lugar, su madre lo sometió a un régimen de inyecciones especiales, suprimidores hormonales y entrenamientos extremos que lo obligaban a negar sus propios instintos. Pero lo peor de todo era el cuarto sin ventanas. La primera vez que Jackson fue llevado a aquella habitación, tenía apenas diez años. El lugar estaba diseñado para ser un espacio de prueba. No había muebles, ni ventanas, ni distracciones. Solo había cuatro paredes blancas, un suelo de mármol frío y luces artificiales que brillaban con una intensidad que lo hacía sentir expuesto, vulnerable. Al principio, Jackson no entendió qué hacía ahí. Pero cuando las puertas se cerraron y el aire comenzó a volverse espeso con un aroma embriagador, su cuerpo reaccionó antes de que su mente comprendiera lo que sucedía. Un grupo de alfas estaba en la habitación con él, observándolo sin ninguna expresión en sus rostros. No se movían ni hablaban. Solo estaban allí, exudando sus feromonas como una prueba viviente de lo que Jackson nunca podría permitirse sentir. El efecto fue inmediato. Su piel se calentó, su respiración se aceleró y un hormigueo insoportable recorrió su espalda. No entendía qué le estaba pasando, solo sabía que su cuerpo se estaba volviendo contra él. Y entonces, el dolor llegó. Una descarga eléctrica recorrió su cuello con una brutalidad inhumana. Jackson gritó y cayó de rodillas, temblando mientras intentaba recuperar el aliento. —Levántate —ordenó su madre desde la sala de observación, su voz impasible. Él intentó moverse, pero sus piernas temblaban demasiado. Otra descarga. El dolor lo atravesó de nuevo, más fuerte esta vez. Sus uñas se clavaron en el suelo, su respiración se volvió errática. Pero antes de que pudiera procesarlo, una tercera descarga lo golpeó. Esta vez, no gritó. Porque entendió que no serviría de nada. —"Cuando sientas esos deseos asquerosos," —dijo su madre—, "recuerda que el dolor siempre será peor." Las sesiones se repitieron todos los días. Cada vez que Jackson mostraba la más mínima reacción a las feromonas, el collar en su cuello lo castigaba. Si caía al suelo, si temblaba demasiado, si su respiración se volvía errática… dolor. Siempre dolor. Al principio, su cuerpo cedía con facilidad. Pero con el tiempo, aprendió a resistir. Aprendió a contener su respiración, a suprimir cualquier respuesta fisiológica. Aprendió a hacer exactamente lo que su madre quería: convertirse en una sombra sin emociones. No un omega. No un alfa. Solo un ser vacío. Los entrenamientos físicos eran igual de brutales. Cada mañana, Jackson se despertaba antes del amanecer para correr en el enorme patio trasero de la mansión. No importaba si sus piernas estaban adoloridas o si su cuerpo estaba agotado de la sesión del día anterior. No podía detenerse. Después de correr, debía completar un riguroso entrenamiento de fuerza. Flexiones, sentadillas, combate cuerpo a cuerpo. Y si fallaba, el castigo era inmediato. Su madre tenía una vara de bambú que usaba para golpearle las palmas cada vez que cometía un error. Sus manos estaban llenas de cicatrices, testigos silenciosos de cada uno de sus fracasos. Pero nunca se quejaba. Nunca lloraba. Porque sabía que el llanto no lo salvaría. Su madre nunca le brindó palabras de aliento ni gestos de afecto. La única vez que posaba su mirada en él era para señalar sus fallas. Y la única vez que lo tocaba era para castigar sus errores. Pero lo más aterrador de todo… era que Jackson dejó de sentir el dolor. No porque su cuerpo se hiciera más fuerte, sino porque su mente dejó de reconocerlo. Se convirtió en parte de su vida, como respirar o parpadear. No importaba cuánto lo golpearan, cuánto lo humillaran… él solo existía. Frío. Callado. Obediente. Tal como su madre quería. Si alguna vez había existido un Jackson diferente… si alguna vez había sido un niño con sueños, con deseos, con un corazón capaz de sentir… ese niño había muerto hace mucho tiempo. Ahora, solo quedaba una máscara. Una armadura construida con años de tortura, con cicatrices invisibles que nunca desaparecerían. Y lo más irónico era que este era solo el comienzo de su historia. Todavía no había conocido a CEO Su. Todavía no había entrado en la empresa. Todavía no había comenzado el verdadero drama del manga en el que se encontraba atrapado. Pero una cosa era segura… Si la historia seguía su curso, su destino estaba sellado. Porque al final de todo, el villano siempre moría.
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