La infancia de un Villano

750 Palabras
CAPITULO 03 El frío del mármol contra su piel era lo primero que sentía al despertar. No importaba la estación del año, su habitación siempre parecía estar congelada. Tal vez porque su madre creía que la comodidad hacía débiles a los niños. O tal vez porque su vida entera era una extensión de su castigo. Jackson tenía siete años cuando comprendió que no tenía permitido soñar. Los niños normales tenían ilusiones, fantasías sobre el futuro. Querían ser astronautas, médicos, artistas. Querían reír, jugar, ser abrazados. Él no. Su mundo estaba compuesto por órdenes y expectativas imposibles. Su madre no le hablaba de amor, sino de deber. No le preguntaba qué quería ser cuando creciera, sino cuánto estaba dispuesto a soportar para obtener poder. —No eres un niño —le dijo una vez, mientras le ajustaba el uniforme impecable que debía usar para su primera reunión con su padre—. Eres un heredero. Y los herederos no pueden permitirse ser débiles. Debilidad. Una palabra que su madre pronunciaba con tanto desprecio que parecía una maldición. Y Jackson aprendió, con los años, que su único propósito en la vida era evitar ser llamado de esa manera. Cada día de su infancia estaba estrictamente programado. A las cinco de la mañana, debía despertarse sin que nadie lo llamara. A las cinco y media, ya tenía que estar listo para correr en el patio trasero. No importaba si llovía, si estaba enfermo o si su cuerpo temblaba de agotamiento. Después de correr, debía tomar un baño de agua fría. Nunca caliente. El calor era un lujo innecesario. A las siete en punto, comenzaban las lecciones privadas. Matemáticas, economía, historia, política. Nada de cuentos infantiles, nada de juegos. Solo datos, solo información que lo haría útil. A las diez, tenía entrenamiento físico. Y a las dos de la tarde, comenzaba la parte más aterradora del día: la prueba de resistencia. Era el momento en el que su madre lo encerraba en aquella habitación sin ventanas, rodeado de alfas. Lo miraban sin decir una palabra. Solo estaban allí, esparciendo sus feromonas mientras él intentaba no temblar. Cada reacción equivocada era castigada con descargas eléctricas. Cada movimiento en falso significaba dolor. —Tu cuerpo es traicionero —le susurraba su madre desde el otro lado del vidrio—. Pero el dolor te enseñará a dominarlo. Y lo hizo. Jackson aprendió que el deseo era sinónimo de sufrimiento. Que cualquier muestra de debilidad sería corregida con más dolor. Aprendió a quedarse quieto, a respirar de manera controlada, a ignorar las señales que su propio cuerpo le enviaba. Era solo un niño. Pero ya estaba roto. A los ocho años, Jackson ya no lloraba. No porque no sintiera dolor, sino porque entendió que no tenía sentido. Pero hubo un día, un momento específico, en el que comprendió algo más profundo. Después de una de sus sesiones de entrenamiento, con la piel marcada por las descargas eléctricas, entró al baño y se quedó frente al espejo. Por primera vez en mucho tiempo, se observó a sí mismo. Y vio algo extraño. No era la expresión vacía en sus ojos. No eran los rastros de tortura en su cuerpo. Era su propia apariencia. Cabello plateado, más brillante que la luna en una noche despejada. Ojos rojos como rubíes, intensos, casi hipnóticos. Piel blanca como la porcelana, casi irreal. No se parecía a su madre. No se parecía a su padre. Era como si su propio reflejo le dijera que no pertenecía a ese lugar. Como si fuera un personaje sacado de otro mundo, de otro tiempo. Pero su madre siempre decía que la belleza no significaba nada. —Ser hermoso no te hará poderoso —le dijo una vez, cuando alguien comentó lo exótico que era su aspecto—. Solo ser fuerte te permitirá sobrevivir. Desde ese día, dejó de mirarse en el espejo por mucho tiempo. Porque cada vez que lo hacía, sentía que veía a alguien más. Alguien que no tenía derecho a existir. Con el paso de los años, Jackson entendió su papel en la historia de su familia. Su madre le puso ese nombre porque su abuelo, un hombre de origen extranjero, alguna vez fue importante para ella. Pero en realidad, él no tenía identidad propia. No era Jackson. No era un niño. No era un omega. Era solo el hijo ilegítimo de un hombre poderoso que nunca lo reconocería. Y si alguna vez se atrevía a ser más que eso… Sería destruido.
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