CAPITULO 04
El mundo exterior era un lugar desconocido para Jackson.
Aunque vivía en una mansión enorme, con jardines que se extendían más allá de lo que su vista podía alcanzar, su mundo se reducía a unas pocas habitaciones.
Su dormitorio.
La sala de estudios.
El gimnasio.
Y la habitación del entrenamiento.
Todo lo demás era terreno prohibido.
Incluso cuando se le permitía salir, siempre había alguien vigilándolo. Un guardia, un tutor, una empleada. No podía hablar con extraños. No podía hacer preguntas. No podía existir más allá de lo que su madre le permitía.
—Los niños como tú no pueden darse el lujo de ser descuidados —le decía su madre cada vez que intentaba cruzar los límites impuestos—. Un paso en falso y el mundo te devorará.
Jackson no sabía qué era peor: la posibilidad de que ella tuviera razón… o la posibilidad de que estaba condenado a vivir encerrado para siempre.
Su padre rara vez aparecía.
Cuando lo hacía, era solo para comprobar su progreso.
—¿Cómo van sus estudios? —preguntaba con voz fría, sin mirarlo directamente.
—Excelente, señor —respondía su madre antes de que Jackson pudiera abrir la boca.
—¿Y el entrenamiento?
—Es un niño fuerte. No se doblega con facilidad.
Eso era suficiente para él.
Su padre no le preguntaba si era feliz, si se sentía solo, si alguna vez había deseado algo diferente.
No le preguntaba nada en absoluto.
Jackson entendió entonces que no era su hijo.
Era un proyecto.
Un experimento que su madre intentaba moldear para que encajara en un mundo que jamás lo aceptaría realmente.
Aún así, intentó ser perfecto.
Tal vez, si demostraba que era lo suficientemente fuerte, su padre lo reconocería.
Tal vez, si aguantaba lo suficiente, algún día lo vería como algo más que un error.
Pero no importaba cuánto lo intentara.
Siempre sería un hijo ilegítimo.
Y los hijos ilegítimos no tenían derecho a soñar con un futuro.
Los años pasaban, y Jackson se volvió más frío.
Las sonrisas desaparecieron de su rostro.
Las emociones se volvieron peligrosas.
Aprendió a no reaccionar ante el dolor, a no mostrar miedo, a no dudar.
Pero lo más importante…
Aprendió a no desear nada.
El deseo traía debilidad.
La debilidad traía castigo.
Y el castigo significaba más dolor.
Así que dejó de querer.
Dejó de esperar.
Dejó de ser un niño.
Para cuando cumplió diez años, ya no quedaba nada en él que pudiera considerarse inocente.
Solo quedaba una sombra.
Una sombra esperando su momento.