Cassian D’Amico La puerta se cerró con un golpe seco que retumbó más que cualquier disparo que haya oído en mi vida. Y eso que he escuchado muchos. Caminé al salón de reuniones, me quedé en medio, con los puños cerrados, la mandíbula tensa y la mente envuelta en la tormenta que Alaya acababa de desatar. Su voz seguía vibrando en las paredes, en mis venas, en la culpa que no sabía que podía sentir. Le di instrucciones a mi gente para que se infiltraran con la gente de los Montero, pero primero debían hacer, además, me preocupaba que me viera como un monstruo por ser el sobrino y primo de la gente que le causó tanto daño. Necesitaba ayuda, alguien que me dijera, ¿Cómo podía hacer para ganarme su confianza y mostrarle poco a poco mis sentimientos? Así que tomé una decisión. Sabía que era

