Alaya Montero. El silencio en el todoterreno era un sudario. No el silencio de la paz, sino el que precede a la tormenta, el que se instala cuando las palabras se han vuelto demasiado grandes para ser pronunciadas. Mis propias palabras. “Los Montero son mi familia… son mis hermanos". La confesión había escapado de mis labios como un alarido mudo, y ahora flotaba entre Cassian, Gennaro y Davor, densa, pesada, como el hedor a sangre que se negaba a abandonar mi piel. Me sentía expuesta, desnuda, a pesar de la manta que Cassian había envuelto alrededor de mis hombros. Cada fibra de mi cuerpo temblaba, no solo por el frío de la madrugada o el shock del ataque, sino por la verdad que acababa de soltar. Era una verdad que me había carcomido el alma durante años, una que había enterrado t

