Cassian D’Amico El aire de la madrugada era una bofetada helada contra mi rostro, pero el frío era lo de menos. Mis músculos estaban tensos, cada fibra de mi cuerpo era una cuerda de violín a punto de romperse. Había corrido tras Alaya como un demonio, escuchando el eco de sus pasos, el jadeo de su miedo, y la maldita certeza de que no estaba a salvo, no mientras ese bastardo la persiguiera. Me había sentado en la puerta del frente de la cabaña donde ella descansaba, para cuidarla, estaba decidido a proteger a esa mujer como fuera. Tenía la pistola en la mano, listo para desatar el infierno sobre quien se atreviera a tocarla. Mis hombres ya estaban en el perímetro, pero mi instinto me gritaba que era tarde. Que el lobo ya había entrado al redil, y eso me tenía bastante nervioso.

