Capítulo 5

1696 Palabras
Desperté sin poderme creer que haya dormido toda la tarde, pasando de largo durante la noche y despertado recién al día siguiente. Era inaudito. ¿Desde cuándo era capaz de dormir tanto? O mejor dicho, ¿Desde cuándo me permitía dormir tanto a mi misma? Cosas como esas eran las que había dejado de hacer cuando abandoné mi casa, con la escasa edad de 18 años. En ese lugar podía dormir todo el día si quería, y nadie se preocuparía por algo, por si comía, me aseaba, o siquiera cubría mis necesidades básicas. Hasta cierto punto lo entendía, mi madre se tenía que hacer cargo de mis cuatro hermanos pequeños.  Éramos una familia numerosa, y a eso debía sumarle que vivíamos con mis abuelos, pues no teníamos dinero suficiente para mandarlos a un asilo. De todas formas, ellos fueron como mis padres, y no fue hasta que ambos murieron, que me decliné por escuchar las palabras sabias de la abuela. Decidí hacer algo útil por mi vida y estudiar una carrera universitaria. Lo que tengo ahora se lo debo a ellos, y no iba a defraudarlos.  Me había esmerado muchos años en ser la mejor en todo, sacrificando mi vida familiar, la cual, muy en el fondo de mi corazón y de mi mente, sabía, no existía. Mis hermanos eran hijos de la segunda pareja de mi madre, y según ella, mi padre era un borracho, así que era casi la hija que nunca quiso. Y se notaba. No obstante, le enviaba mensualmente una pensión para los pequeños, ellos no tenían la culpa de nada, y aunque sabía que ellos no me querían mucho, yo sí los apreciaba, y pese a lo que todos creían, me gustaban los niños. Aunque no los había visto hace mucho tiempo, casi cuatro años, ya que yo vivía en otra parte del país, demasiado lejos, y tampoco me nacía ir a visitarlos en fechas importante, no por ellos, sino por ella. Suponía que habían dejado de ser niños. Calculaba que Daniel, el mayor, ya tendía unos diecinueve, veinte años, mas o menos. ¿Pero qué culpa tenía yo de no haber sido planeada? ¿Cuál fue mi responsabilidad de que aquella noche ella no se haya protegido, ni tomado medidas de seguridad? No tenía culpas.  Por muchos años no había comprendido su mirada de resentimiento, me culpaba a mi misma, diciéndome que no era suficiente, hasta que la escuché conversar con su pareja sobre mi padre, y sobre mi. Ese día, o más bien noche, corroboré que no había sido deseada, ni planificada, y por ende, era sólo una responsabilidad con la que cargaría el resto de su vida, pues era lo suficientemente cobarde como para abandonarme en la puerta de un hogar de menores o un orfanato. De todas formas le alivié la carga cuando le dije que me iría a estudiar fuera de la ciudad. Bien lejos de ella. Al comienzo se rió, se burló de mi. También lo comprendía, porque ella me había visto echada todo el día en mi cama, no presentar buenas calificaciones en la escuela, ni esforzarme por algo. No me creyó hasta que le mostré el papel que confirmaba mi matrícula. Le dije que no se preocupara por dinero para mi, pues me encargaría de buscar trabajo por mi cuenta, así que fue una ayuda más: Era una boca no deseada menos que alimentar. Volví al presente cuando abrieron la puerta de la habitación: Era el doctor. Alcé una ceja desafiante, pues miró todos los implementos que me habían traído mis secretarias con cara seria. -Si la montaña no viene a Mahoma... -Mahoma va a la montaña- Terminé su frase con una sonrisa de medio lado.- Me he sentido bien. ¿Cree que podríamos adelantar el alta médica? -Debo hacerte unos chequeos, no quiero que corramos riesgos.- Se acercó a mi cama, dejando una libreta a los pies.- ¿Tu secretaria no vino esta vez? -Debe estar cerca, le dije que reprogramara mis reuniones y me deben rendir cuenta de los movimientos de la bolsa, con respecto a mis acciones. Con una linterna inspeccionó mis ojos, para luego anotar algo en la libreta. -¿Te sigue doliendo la cabeza? -La verdad es que he dormido gran parte del tiempo, si me doliera sería por eso. No acostumbro a dormir tanto.- Me sonrió con amabilidad y comenzó a anotar aún más cosas. -De verdad estoy intentando adelantar tu alta, pero nadie nos asegura que realmente hagas reposo absoluto, lo cual podría empeorar tu estado. -No me moveré de mi oficina, lo aseguro.- Por supuesto que el hombre no iba a caer en la pequeña treta. -Cuando digo reposo, me refiero a una cama, películas y comida chatarra. No a oficina y trabajo. Pero seguiré intentándolo. -Gracias. En ese minuto ingresó una de mis secretarias. -Me marcho. Te mantendré informada. Cuando el doctor salió y cerró, mi secretaria comenzó a hablar. -Todas sus reuniones quedaron reprogramadas, señorita. Las reuniones y juntas no se harán hasta nuevo aviso, y cualquier cosa, haremos conferencias por computadora, sin movernos de aquí. La bolsa de valores sigue favoreciéndola. Las acciones de la empresa bajaron en un 0,0000001%, pero se pronostica que mañana volverán a su valor normal. -¿Algo con los datos que pedí? -Sí.- Me entregó tres carpetas verdes, con distintos nombres fuera.- Ya hemos indemnizado al taxista, y en las carpetas va toda la información que pudimos encontrar sobre los tres hombres del taxi. -Gracias. ¿Algo más?- Sus mejillas se tiñeron de rosa. Lo cual era bastante, pues mi secretaria era mas pálida que una hoja de papel. -Me gustaría saber si podría suplirme otra de las chicas lo que queda de día. Me han invitado al teatro y... -No es necesario que me expliques...- Me removí en la camilla.- No hay problema, me las arreglaré con alguien más. Puedes tomarte la tarde. -Gracias, señorita.- Tomó su bolso, que estaba un un sofá al lado de mi cama, y se marchó sin agregar palabra alguna. Miré la alcoba. Me encontraba sola otra vez.  Arrastré la mesilla con ruedas hasta que me quedara cómoda y saqué unos documentos del maletín a mi lado. Comencé viendo unas viviendas que me habían enviado en fotografías, leyendo las descripciones y evaluando si era conveniente hacer convenio con los dueños, para alquilárselas o vendérselas. No siempre era bueno hacer los tratos, generalmente pedían más de lo que realmente el inmueble costaba, y se enfadaban cuando el tasador se los decía.  Las horas siguieron avanzando, los párpados me pesaban más, y sin darme cuenta, volví a caer rendida al dulce placer de dormir sin preocupaciones. Por el momento. ***  Al fin era el día. ¡Menos mal! Ya me estaba llenando de hongos en esa camilla. Esa mañana el doctor había entrado con buenas noticias para mi; al fin había decidido darme el alta médica. Después de dos semanas. Dos semanas. Tenía el trasero cuadrado por no haberme movido de esa pútrida habitación, específicamente, de la cama.  Ya me encontraba recuperada, según mi vergonzoso conocimiento de la salud. Me habían quitado todo elemento que impidiera o limitara mis movimientos y los hematomas y eritemas del comienzo se reducían a una piel un poco amarillenta. Nada que no se solucionara con una capa del mejor maquillaje. O dos. Mis secretarias, como les ordené, me estaban esperando en la salida, me llevaron a mi casa y se marcharon, dejándome sola para reposar por lo que quedaba de día. Tenía toda la tarde para mi y mis caprichos. Si es que se le podía decir caprichos a pasar mi escaso tiempo libre con la cabeza metida entre las páginas de un buen libro. Después de ducharme, me recosté en mi cómoda cama King Size, y busqué en mi biblioteca personal el último libro que había dejado inconcluso. No pude pasar ni diez páginas cuando me acordé del accidente otra vez. Mi estadía en el hospital había sido de lo peor, porque al no poder trabajar tanto como me gustaba, o como acostumbraba a hacer, tenía mucho tiempo para pensar. Y pensar hacía que recordara viejos asuntos, asuntos que era preferible olvidar. Pero no podía. Todo se había originado por una llamada de una operadora. Una maldita operadora. Me hubiese gustado decir que no quise llamar a mi familia, pero mentiría. Es más, en ese mismo minuto, deslizaba mis dedos por aquella pantalla del teléfono maldito, buscando el número que había estado evitando, pero del cual ya no podía escapar. -¿Diga?- Me respondieron al tercer tono, y no pude evitar el apretón en  el estómago. -Mamá, soy yo. -¿Quién? -Melissa. -¡Ah! ¿Recién ahora vienes a llamar? Pareciera que te olvidas que tienes una familia. -También te extrañé, mamá. -Linda, sabes que te quiero.- Escuché cómo soltaba el aire, y me la imaginé instantáneamente con una cigarro en los labios.- Justo iba a llamarte, quería saber de ti, hija. Ya, claro. -¿Sí? -Sí. Quería saber si existía la posibilidad de que me depositaras dinero a mi cuenta. Los niños... Ya sabes, son un gran gasto.- Comentó con voz dulce, escondiendo el verdadero monstruo que llevaba dentro. Ahí estaba la trampa, comprendí. Si no era dinero, era... La verdad es que siempre era dinero.  -Claro mamá. Hoy haré que te depositen.  -Gracias, preciosa. -¿Crees que puedan venir a verme? Tuve un accidente, y no me he sentido bien. -Disculpa, pero ahora no puedo seguir hablando, mi niña. Es mi turno en la fila. Cuanto con el dinero, te mando un gran beso. Cortó. Dejé escapar un suspiro, incrédula. ¿De verdad me había colgado? ¿Me había pedido dinero y cuando le pedí un favor me colgó? Solté una carcajada cansina. En serio había pasado. Y muy en el fondo no sabía qué era lo que realmente me extrañaba de toda esta situación, pues siempre era igual La historia se repetía una y otra vez, sin mayores cambios que  no fueran el contexto. Yo siempre estaba para ella, pero cuando necesitaba algo de su aporte, no había nadie guardándome las espaldas. Cuando necesitaba a alguien, me encontraba sola. Pero cuando ella me necesitaba, ahí estaba yo.  Pero tampoco conseguía mucho si me lamentaba, pues sabía que por muchas veces que ocurriera, volvería a caer con sus dulces palabras, y le volvería a da todo en bandeja para que ella se apoderara de todo, se aprovechara, y me dejara nuevamente sola. Este era mi karma, de lo que sea que haya echo, en esta o en otra vida. Y tenía que aceptarlo. Aunque tarde o temprano, terminaría de pagar mis condenas.  Sólo esperaba que fuera pronto.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR