Capítulo 2

1753 Palabras
No lo podía creer. De verdad que no. ¿Tan fácil había sido? ¿Por esto estuve encerrado los últimos cinco años de mi vida en esa pútrida cárcel? ¡Yo les había dicho que era inocente innumerables veces! Pero claro. No me tomaron en cuenta. Por suerte, un abogado quiso tomar mi caso, aún cuando todas las pruebas habían apuntado hacia mi como principal sospechoso.  Tomé el papel que dictaba que era un hombre libre, y que la negligencia que había ocurrido sería recompensada monetariamente de forma muy generosa, y salí de la oficina del director sin siquiera darle las gracias. Había sido él mismo, hace cinco años, que no me había creído. Me hicieron caminar por un pasillo largo y oscuro. Recordaba vagamente haber pasado por aquí. Una mujer de unos cincuenta años me miró sobre sus gafas cuando llegamos al final. Tenía un rostro serio, dejando ver que no estaba ahí para hacer amigos. -Nombre. -Omar Fernández. Sin mediar más palabras, me hizo entrega de una bolsa negra. Seguí al guardia de seguridad que me había estado escoltando, y para mi suerte, me llevó a unos baños, dejándome solo cinco minutos. Abrí la bolsa y descubrí mis antiguas pertenencias.  Saqué con cuidado la camisa gris y los jeans negros. ¿Así me vestía? Al fondo estaban mis zapatos cafés. Los había extrañado, generalmente los zapatos que nos daban eran duros; y estos eran acolchados.  Me puse toda la ropa y me miré en el sucio espejo que había en el baño. Mis facciones se habían endurecido y tenía una que otra cicatriz, como marca por alguna que otra rencilla que me negaba a perder.  Sacudí la cabeza y sin pensarlo mucho, fu a botar la bolsa, pero sorprendiéndome, me di cuenta de que había algo mas allí dentro: Mi billetera con mis documentos. ¡Pues claro! ¿Cómo lo había olvidado?  Rogué porque llevara dinero, pues tenía unas malditas ganas de una cerveza helada a penas saliera de aquí. Era mi día de suerte. Llevaba veinte billetes en la cartera. -Te están esperando.- Me avisó el guardia a través de la puerta de madera.  Me apresuré a botar la bolsa y salir de ahí. ¿Quién me iba a estar esperando? ¿Mis padres? Imposible; Desde que me declararon sospechoso, intentaron cortar todos los lazos posibles conmigo, para no ensuciar su reputación. Incluso me habían desconocido ante la prensa como su hijo único... -Carlos...- Dije cuando me ingresaron a una habitación aparte. Carlos había sido el abogado que se había apiadado de mi, mi caso, me había creído y había conseguido que todo esto fuera posible. -Omar, hombre... Espero que estés preparado para salir de este lugar.- Dijo palmeando mi espalda. -No te imaginas. -Hago un papeleo en la oficina y nos podremos ir.- Asentí. Desapareció por la puerta que yo entré, y después de diez minutos, volvió con la misma sonrisa de siempre.- Vamos. No quise demostrar que estaba ansioso. Controlé todos mis movimientos, pero por dentro estaba desesperado por pisar la calle como un hombre libre. La luz se filtraba por una pequeña ventanilla que había en la puerta de salida. Estaba caminando literalmente hacia la luz. Sin darle mucha ceremonia al asunto, abrí la maldita puerta y sin una pizca de añoranza, salí. Por fin. Era libre. LIBRE. Y me esperaba una gran suma de indemnización por parte del gobierno. Pero primero... -Yo pago las cervezas. -No esperaba menos. Ambos sonreímos, Carlos sacó su móvil de su elegante traje y marcó un número. En seguida supe que era de un taxi. Nos subimos sin mayor demora y el hombre dio claras indicaciones para ir a un bar. Por mi parte no podía apartar la mirada de la ventanilla. Por un lado muchas cosas habían cambiado, y por otro, todo seguía con la misma esencia.  El taxi pasó por al lado de un deportivo rojo, y me pegunté vagamente si me podría comprar uno con el dinero que me dieran. Me gustaban esos autos, pero nunca había tenido uno. Carlos me hablaba de todos los cambios que habían ocurrido en la ciudad, pero me enteraba más bien de nada. Estaba fascinado con las construcciones, los altos edificios y las cristaleras relucientes, pero de repente algo captó mi atención. El taxista comenzó a zigzaguear por nuestra pista y la del deportivo. -No vamos apurados, puede ir con más calma.- Le dijo Carlos, que al parecer, se había percatado de lo mismo. El taxista asintió sin decir nada y se detuvo en la otra pista por culpa de un semáforo en rojo, por lo que aproveché de abrir la ventanilla. Iba por la mitad, cuando una fuerza me impulsa hacia adelante, haciendo que golpee mi cabeza con el acolchado posacabezas del copiloto. Vi cómo el conductor era impulsado hacia adelante también, golpeando su cabeza con el volante. Por suerte el impacto no había sido demasiado fuerte para mi, ni para Carlos, que se apresuraba en ese minuto a socorrer al conductor.  Calor. Una abrumante corriente de calor se apoderó de mi cuerpo mientras intentaba abrir la puerta de mi lado para salir del coche. En seguida sentí el fuerte y característico olor a bencina, y humo. ¿Humo?. Fue recién cuando me pregunté con qué rayos habíamos chocado. Miré hacia atrás, y el deportivo estaba irreconocible. La parte delantera estaba toda aboyada y el capó se había levantado, dejando salir un delgada capa de humo. Intenté localizar al conductor, pero me fue imposible. En el volante no había nadie.  Di la vuelta entera al estropicio y me apresuré a abrir la puerta del piloto. Lo primero que llamó mi atención, es que la mujer tenía su muñeca bastante doblada y estaba inconsciente. No era doctor, pero no había que ser un genio para darse cuenta de que eso no estaba bien. -¡Carlos! ¡Llama a una ambulancia!- Grité mientras me introducía parcialmente al coche y tomaba a la mujer. Soltó un gemido de dolor cuando moví su brazo, pero no me importó. Si seguía en ese lugar, quizás qué le podría pasar. Conseguí tomarla entre mis brazos y la saqué del deportivo, dejándola acostada en la calzada. Un grupo bastante grande observaba la escena sin atreverse a intervenir, mientras mis nervios comenzaban a llegar a su fin. No sabía qué hacer. No era doctor, y la colorina parecía necesitar con urgencia ayuda. En eso, Carlos llegó y sacó un pañuelo de su bolsillo. -Su frente.- Me indicó con un gesto preocupado. En seguida miré, y por su rostro corría una fina capa de líquido rojo. Puse el paño. La mujer seguía sin despertar y comenzaba a preocuparme.- La ambulancia viene en camino. El conductor está bien. -Ajá.- Dije cortante. La pelirroja no era mi asunto, pero no podía dejarla ahí, era sentido común. A lo lejos escuché la sirena de la ambulancia y mi pulso pareció normalizarse. Los paramédicos llegaron y con cuidado la subieron a la camilla, mientras que la policía constataba y buscaba testigos. Una señorita que venía en la ambulancia nos obligó a ir al Hospital para constatar lesiones, a lo que no nos quedó más remedio que ir. -Vamos.- Me dijo Carlos. Un policía nos entregó un bolso n***o de cuero. Lo miré con una clara pregunta en el rostro. -Son las pertenencias de la joven. Ya tomamos los teléfonos para llamar de emergencia, ahora sólo pueden llamarla a ella. -¿Y quiere que lo llevemos nosotros?- Intervino el abogado.- Eso no se puede hacer. -Señor, por favor, dese prisa, la paciente está cada vez peor.- Los tres nos giramos a la paramédico y nos subimos a la ambulancia, yo aún con la cartera en mis manos. Incluso tocarla me daba miedo. Podía dejar huellas en su caro bolso. La colorina iba tumbada en una camilla con el cuello y brazo inmoviliados, un parche estaba puesto en su frente y llevaba conectada al brazo bueno una bolsa con gotero. La ambulancia empezó a andar camino al hospital. -No sabes la bronca que se le viene encima.- Me dijo Carlos sin apartar la mirada de la mujer.- La coalisión fue su culpa. Deberá pagar muchas multas y puede incluso que le anulen la licencia de conducir. Aunque lo de las multas parece que no le será un gran problema.- Dijo señalando el bolso, el cual había olvidado, llevaba en las manos. -Menudo primer día de libertad, ¿No?- Me burlé. Si no podía hacer nada para ayudar por último podía bromear y aligerar un poco el ambiente. -Las cervezas siguen pendientes. -Para los dos.- Dije señalando al conductor del taxi que hasta el minuto iba en silencio, a nuestro lado. Llegamos al hospital y el caos volvió a reactivarse. Doctores corrían de un lado para otro. Oí algo de cirugía y sala de operaciones, pero no pude escuchar más, porque una mujer joven nos llevó a los tres a una sala mucho más pequeña, y más tranquila. Le dimos los datos que pidió y comenzó a hacer los chequeos correspondientes. Comenzó por el conductor, que al parecer, era el más afectado. En eso, un sonido bastante molesto comenzó a sonar en la habitación. Al comienzo no supe qué era, hasta que la cartera vibró en mis manos. -¿Debo contestar? -Deberías.- Me dijo la doctora. Metí la mano, con miedo a encontrarme cualquier cosa. Era sabido por todos que en la cartera de una mujer se podía encontrar lo impensable. Saqué un móvil verde. No era el que sonaba. Después uno sin carcasa, uno azul claro, uno rojo, pero ninguno era. Me comenzaba a preguntar cuál era el problema de esta mujer con los teléfonos hasta que encontré uno rosado. En seguida contesté. -Señorita Melissa, va tarde a su reunión. El señor Tabascio pregunta por usted. -No... No soy ¿Melissa?- ¿Era el nombre de la colorina? -¿Perdón? ¿Quién es usted?- Preguntó alarmada. -Omar. Omar Fernández. Melissa tuvo un accidente en coche. Ahora mismo está en el hospital.- Dije. -¡Por Dios! Necesito la ubicación. -Claro.- Le dicté la dirección que me escribió la doctora en un papel.- ¿Conoce a algún familiar de ella? Para avisarle. -Yo me hago cargo de todo, muchas gracias y disculpe la molestia. Cortó. Miré extrañado el aparato.  Dejé el teléfono con los demás, y ni bien lo dejé, comenzó a sonar el rojo. Miré el aparato y volví a coger. -Señorita Melissa, hubo una baja en la bolsa de valores. Nada que no se pueda solucionar, pero como me solicitó, la mantengo informada. -No... Soy Omar. ¿Acabo de hablar con usted? -¿Perdón? ¿Y la señorita Melissa? ¿Por qué usted tiene su móvil? -Acabo de hablar con una mujer, le dije que Melissa está en el hospital, tuvo un accidente. -¿Dice que ya habló con alguien? -Recién. Era un móvil verde. -Perfecto, señor, muchas gracias.- Me respondió bastante más calmada que la señorita anterior. -Es tu turno.- Me dijo la doctora acercándose a mi.- Ya hiciste demasiado de secretaria.- Me sonrió y vagamente hice lo mismo, sin embargo, una pregunta se formaba en mi cabeza. ¿Quién era la colorina?
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR