Seis: Bragas en el suelo.

1948 Palabras
La primera semana de clases pasó más rápido de lo que pude darme cuenta. No hubo mayores inconvenientes luego de lo ocurrido en los camarines. Esa misma noche intenté hacerle algunas preguntas a Aspen, pero él me ignoró olímpicamente y apenas su cabeza tocó la almohada, él empezó a roncar como un oso. Al siguiente día lo intenté de nuevo, pero él se había levantado con el pie izquierdo y me mandó al demonio. No pude dirigirle la palabra por toda la mañana y él empezó a actuar como una persona normal casi al terminar la jornada de clases. En cuanto a Mateo, fueron muy pocas veces las que logré verlo. Él estaba en clases avanzadas como bien había dicho Aspen y las pocas veces que logré verlo en los pasillos, él se la pasaba pegado a ese chico Louis como un molesto chape. Sin embargo, estuve intercambiando algunos mensajes con él a mitad de semana (como Rávena, por supuesto). Él me decía que necesitaba verme y que me extrañaba. En otra circunstancia yo habría reaccionado llena de una emoción efervescente, pero verlo aquí y ver la manera borde y tan grosera en la que él se comportaba en el colegio me hacía pensar. Mateo me pidió que nos viéramos el fin de semana y yo accedí. Necesitaba llegar hasta el fondo de este asunto porque recién llevaba cinco días en este colegio y ya me estaba dando cuenta que Mateo estaba lejos de ser la persona que yo no conocía. Me sentía engañada y no sabía cuál de los dos era el real. Escuché rumores sobre él en los pasillos, cuchicheos en el salón de clase y me aseguré de una cosa: había un gran porcentaje de chicos que odiaba a Mateo Novačić. ¿Cuál era tu secreto…? El timbre de mi teléfono me hizo salir de mis cavilaciones. Giré sobre la cama y tomé el aparato que estaba sobre el pequeño velador y cuando desbloqueé la pantalla, alumbré hacia el frente dándome cuenta de que Aspen estaba plácidamente dormido. Entré en la aplicación de mensajería y rodé en la cama, afirmando el peso de mi cuerpo en mis codos mientras leía los mensajes de mi mejor amiga. Grace: Te echo tanto de menos, Vena Grace: ¿Paso a recogerte mañana al lugar que acordamos? Grace: Me muero de ganas por ver a ese compañero de cuarto guapo que tienes Me mordí el labio inferior para aguantar la risa. Más de una vez estuve tentada a tomarle una foto a Aspen mientras él dormía, pero me detenía apenas ese pensamiento pasaba por mi cabeza. Era invasión a la privacidad, parecería aun más rato ante los ojos de cualquier persona y si la situación fuera al revés, yo me volvería completamente loca y desquiciada si me enteraba que Aspen me había tomado una foto mientras yo dormía. Yo: Te lo agradecería por siempre Yo: Las puertas de la libertad se abren a las cinco Yo: ¿Pudiste conseguir lo que te pedí? Grace: Afirmativo Solté una carcajada y me cubrí la boca con rapidez. El silencio en la habitación era casi absoluto. Grace: Lo tengo en el maletero Grace: ¿Cómo vas con todo esto de la doble vida? Le conté a grandes rasgos cómo había sido mi primera semana aquí, prometiéndole que cuando nos viéramos en persona se lo contaría todo con lujos y detalles. Grace me pidió encarecidamente que le contara algo con respecto a Aspen porque yo lo había nombrado un par de veces en nuestras conversaciones telefónicas y fui lo más honesta posible con ella. Yo: ¿Qué puedo decirte exactamente? Yo: Creo que él tiene alguna clase de enfermedad mental Grace: Lol Grace: ¿Por qué lo dices? Yo: A veces, él es amable conmigo y de repente se le cruzan los cables y me trata como si yo fuera un estorbo. Yo: Además, no deja de llamarme tapones nasales solo porque el primer día que llegué aquí encontró mi caja de tampones. Grace: Qué divertido, lol Grace y yo seguimos conversando por mensajes por casi una hora más y yo me despedí de ella casi a las una de la madrugada. Configuré mi alarma a las cinco y cuarenta para despertar antes de que Aspen lo hiciera y coloqué a cargar mi teléfono, dejándolo sobre el velador y acomodándome en la cama. La noche pareció transcurrir en un santiamén porque cuando sonó la alarma, yo desperté asustada, desorientada y con un pequeño dolor en el centro de mi frente. Sentía la necesidad de quedarme acostada y dormir un rato más, pero si lo hacía, estaba segura que terminaría quedándome dormida otra vez y no podría tomar una ducha tranquila, por lo tanto, me obligué a mí misma a levantarme. Tomé mi teléfono y subiéndole todo el brillo a la pantalla, alumbré el corto camino hasta el ropero para buscar ropa limpia y tratando de no hacer tanto ruido. Tomé toallas, un pantalón, una camiseta holgada, calcetines y mis bragas favoritas antes de colocarme de pie e ir hasta el baño. Aspen seguía durmiendo como un tronco y no despertaría hasta las seis y media. Me escabullí en el baño con cautela y dejé mis pertenencias sobre la tapa del inodoro. Me cepillé los dientes y me quité la peluca, recordándome que debía lavarla con urgencia cuando llegara a casa, porque los lavados exprés que le hacía aquí cuando tomaba una ducha no servían de mucho. Masajeé mi cuero cabelludo cuando me quité las horquillas que sujetaban mi pelo. Sentía un dolor molesto justo donde se enterraban las puntas de los pinches y aunque pensé que solo era cosa de acostumbrarme, no lo había logrado en los primeros cinco días. Me metí en la bañera y tomé un baño rápido, sabiendo que mi compañero de cuarto despertaría en cualquier segundo y querría entrar al baño. Las únicas veces que podía ducharme medianamente tranquila era cuando Aspen estaba en clases y aun así no podía relajarme del todo por miedo que él entrara en el baño como un torbellino que era y me descubriera. Cuando terminé de bañarme, escurrí el agua de mi cabello antes de envolverlo con una toalla y salir de la ducha, secándome con rapidez. Mi cuerpo se paralizó cuando escuché ruidos al otro lado de la puerta. Me vestí con rapidez y con el apuro no pude acomodarme bien el cabello húmedo debajo de la malla antes de colocarme la peluca. Al salir del baño, me encontré a Aspen de espaldas a mí. La poca iluminación de su lámpara de noche alumbraba su espalda desnuda, el pantalón a cuadros de su pijama se ajustaba perfectamente en sus estrechas caderas. Él se giró lentamente y de su dedo índice colgaba una de mis bragas. Mi mandíbula casi se desencajó. Aspen me miró, su expresión era una mezcla cómica entre confusión y horror. —¿Son de tu novia? —me preguntó, perplejo. —¿Qué haces hurgando entre mis cosas? —No estaba hurgando, estaban tiradas en el suelo —él se defendió casi indignado por mi acusación— ¿Por qué traes bragas? Quise golpearme la cabeza contra la pared al escuchar su respuesta. Lo más probable es que yo misma las dejé caer cuando sacaba mi ropa de cambio antes de bañarme y no me di cuenta. —Son de mi novia —le dije, haciéndolo sonreír—, ella las metió en mi bolso antes de que viniera hasta aquí. Debía reconocer que mentirle todo el tiempo me hacía sentir un poco mal. No me gustaba mentir porque sabía que tarde o temprano la verdad salía a la luz, pero mi estadía aquí desde el segundo uno fue creado por una mentira. Si no hubiera mentido no habría podido llegar hasta donde estoy. —Las chicas son bastante raras, ¿no? —Aspen comentó mientras dejaba caer su cuerpo de vuelta en la cama. Él tomó su celular y cuando pensé que había dado por terminaba la conversación, inquirió: —¿Cómo se llama? —¿Quién? —¿Cómo que “quién”? Tu novia, idiota. —Ah… se llama Grace. —síp, tomé el camino fácil. —Ah… ¿es la chica con la que hablas por teléfono cuando te encierras en el baño? —preguntó. Mi expresión debió ser un poema porque Aspen soltó una carcajada— Solo estoy bromeando, hombre. Solté una risa nerviosa que sonaba falsa hasta para mis oídos. Me senté en mi cama frente a él y lo miré desde mi lugar. —¿Qué hay de ti?, ¿tienes novia? —No —respondió sin apartar la mirada de su teléfono—, las mujeres son muy complicadas. Su afirmación me llenó de incertidumbre. Aspen Martin era un chico bastante guapo físicamente y si este colegio fuera una escuela mixta estaba segura que él tendría a un club de fans esperándolo afuera de su habitación todas las mañanas. Y aunque su personalidad era bastante cambiante, la mayor parte del tiempo se notaba que era un chico genial. —¿Por qué no tienes novia? Eres bastante guapo Aspen giró la cabeza lentamente en mi dirección hasta que su mirada se encontró con la mía, su ceja alzándose. Ambos nos quedamos en silencio por unos instantes, pero antes de que yo me diera cuenta, sus mejillas se inflaron y él terminó reventando en ruidosas carcajadas. —Lo mejor es que finja que nunca escuché lo que dijiste —Aspen me dijo en medio de la risa. Asentí y bajé la mirada hasta mis manos. Nos quedamos en silencio unos minutos y yo decidí aprovechar que él estaba de buen humor para indagar más en su mala relación con Mateo. El bichito de la curiosidad me había mantenido alerta estos días, tratando de escuchar sus conversaciones con sus amigos a escondidas. —¿Aspen? —lo llamé y él respondió con un sonido que pareció un ronroneo— ¿Puedo hacerte una pregunta un tanto… personal? —Seguro Respiré profundo, armándome de valor. —¿Qué pasa entre Mateo y tú? ¿Por qué parece que lo odiaras? Para mi sorpresa, él no se tomó a mal mi pregunta porque Aspen bloqueó su teléfono y se acomodó de costado, sosteniendo el peso de su cabeza en la palma de su mano mientras me miraba. Él sonrió. —No lo parece, realmente lo hago —confirmó. —¿Por qué? —Porque es un completo y total imbécil. Mateo acostumbra a apuñalar a sus amigos por la espalda, así que, mantente alejado de él. —¿A qué te refieres? Pude ver la duda deslizándose a través de los ojos de Aspen, sin embargo, él terminó suspirando. —Hace tres años, él y yo éramos buenos amigos —comenzó y yo no pude ocultar mi expresión de sorpresa. Yo había conocido a Mateo durante toda mi vida y nunca había escuchado hablar sobre Aspen—. Si, lo sé, ni siquiera yo me lo creo. Él me traicionó de la peor manera en la que puedes traicionar a un amigo, pero le rompí la cara después de eso. A mi memoria llegó el recuerdo de aquella vez cuando vi a Mateo con el rostro magullado. Cuando le pregunté qué le había sucedido, él me había dicho que lo habían asaltado al salir de la escuela, pero ahora me enteraba que realmente Aspen lo había golpeado. —Él aparenta ser el hijo perfecto frente a sus padres, pero no tienes idea la cantidad de secretos que él esconde, taponcito —me dijo, perdido en sus pensamientos y su afirmación me revolvió el estómago.
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