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Él es una chica

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Descripción

Para Rávena, Mateo era el novio perfecto: amable, respetuoso, inteligente y un sinfín de cualidades que la volvían loca, sin embargo, todo cambia de la noche a la mañana y él comienza a desviar las llamadas, no asistía a las citas y evadía todas las preguntas que ella hacía.

Ella estaba decidida a llegar hasta el fondo de todo, pero Rávena jamás pensó que para una chica iba a ser tan difícil estar rodeada de hombres.

Con la tentación frente a su nariz, a Rávena se le dificultó mantener sus ojos (y manos) alejados de su nuevo compañero de cuarto: Aspen Martin quien era todo lo opuesto a Mateo.

¿Qué se podría esperar cuando una chica se infiltró en un colegio solo para hombres? Muchos problemas y miles de malos entendidos.

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Prólogo.
Rodé por tercera vez sobre la cama y ahogué un grito de frustración contra la almohada. Llevaba casi toda la tarde encerrada en mi habitación junto a mi mejor amiga y aunque nosotras estuviéramos en silencio, mi cabeza estaba repleta de pensamientos ruidosos que no me habían abandonado. Las personas decían que dos cabezas pensaban mejor que una, pero el minutero seguía avanzando en el reloj y ni Grace ni yo lográbamos llegar a una conclusión. ¿Por qué todo esto era tan complicado? Claro, todo era más difícil porque ambas estábamos lanzando hipótesis al aire como una lluvia de ideas y ninguna de las dos le daba en el clavo. El único que podía responder nuestras inquietudes no estaba aquí y si lo estuviera… tampoco lo haría. —Si sigues girando de esa manera terminarás vomitando —Grace cortó el hilo de mis pensamientos. Volteé en la cama y suspiré con la mirada fija en el techo de mi cuarto. Sentía un creciente dolor en la sien derecha avisándome que una intensa migraña se avecinaba. —No me digas eso, ¿sí? —le pedí. Mi voz se escuchaba derrotada hasta para mis oídos— Creo que terminaré volviéndome loca. Quiero creer lo que él me dice, pero algo dentro de mí dice que él me está mintiendo. Ella me miró hacia el lado y me sentí patética al ver el leve atisbo de lástima reflejada en sus ojos. Yo sabía que ella no lo hacía con mala intención, pero me molestaba. Nada de esto estaría pasando si mi inseguro sexto sentido no estuviera volviéndome loca. Mateo y yo llevábamos saliendo casi dos años y solía pensar que nuestra relación era perfecta hasta hace unas semanas atrás. Él y yo habíamos pasado unas increíbles dos semanas en la playa junto a nuestros padres, pero mi cuento de hadas se había terminado en el instante en el que él se despidió de mí esa noche hace tres semanas atrás. Mateo había empezado a llegar tarde a nuestras citas, me cancelaba a último minuto, me respondía de manera escueta los mensajes y cada vez que yo lo llamaba terminaba dejándole un mensaje en el buzón porque él no cogía las llamadas. No quería pensar mal sobre él, pero su actitud era tan sospechosa que me era imposible no hacerlo. —Entonces, ¿por qué no vas y se lo preguntas? —Grace sugirió. Me sentí tentada a rodear los ojos. Lo he hecho tantas veces que Mateo me ha tratado hasta de loca. —Maravillosa idea, Grace —espeté con sarcasmo—. ¿Por qué no se me ocurrió eso en las últimas semanas? Ella no se detuvo a no rodar los ojos. Grace avanzó el corto trayecto desde el escritorio hasta mi cama y se sentó a mi lado. Sus ojos marrones me miraron con cansancio y una pequeña parte de mí se sintió mal. Yo llevaba molestándola con el mismo tema los últimos cinco días. Por más que ella me diera soluciones, yo seguía girando en el mismo círculo vicioso de pensamientos intrusivos. Me senté en la cama y la miré. —No seas pesada, sabes que lo único que intento es ayudarte. Solté un suspiro y asentí. —Tienes razón, lo siento —me disculpé, realmente apenada por responderle de manera tan grosera—. Pero, por más que lo pienso, no logro encontrarle una explicación a su cambio de actitud. Quiero creer en él, pero las respuestas de Mateo son tan… ambiguas… —¿Y qué piensas? —Grace preguntó— ¿Piensas que él te está siendo infiel? He de confesar que la idea había pasado por mi cabeza un par de veces, pero jamás la había dicho en voz alta. Ahora, escucharla saliendo de los labios de mi mejor amiga, me hacía estremecer. La miré asustada y ella sacudió la cabeza. —¿Sabes qué? Yo no lo creo —ella sentenció— Mateo no es ese tipo de persona. —¿De verdad lo crees? —pregunté, mi voz sonando esperanzadora. —Por supuesto —respondió sin dudar, dándome un suave empujón—. Tal vez, él solo está estresado. Este es su último año en la secundaria y todo el papeleo de la universidad ha de estar volviéndolo loco, ¿no crees? Me encogí de hombros, no muy convencida. —Además, tú misma me dijiste que ustedes dos pasaron todo el verano juntos. ¿En qué momento te habría sido infiel? —¡Argh! —exclamé, expulsando el aire de mis pulmones y dejando caer mi cuerpo sobre la cama. Mirar el techo de mi habitación no iba ayudarme en este momento, pero contar las calcomanías fluorescentes siempre me ayudaba a calmar mi ansiedad— No sé qué hacer. Además, la próxima semana él va a entrar a clases y menos podré verlo. —¿Ya lo ves? —Grace me dio un suave apretón en la pierna— Ahí tienes otra razón para convencerte de que él no te está engañando. Está rodeado de chicos todo el año escolar y solo sale los fines de semana. Pensé en sus palabras y tarareé una respuesta. Lo que ella decía tenía bastante lógica, no obstante, algo dentro de mí sabía que él me estaba ocultando algo. —Tienes razón en lo que dices —murmuré—. Pero eso me crea más dudas todavía. Si Mateo no tiene una nueva conquista, ¿qué rayos sucede con él? —j***r, Rávena, no lo sé —Grace espetó, perdiendo la poca paciencia que tenía—. Lo único que sé es que aquí encerrada no vas a conseguir nada. Si quieres saber, ve a su casa y pregúntaselo de frente. Dile todo lo que te preocupa y exígele una explicación. Es tu novio, él tiene que aclarar todas tus dudas. —Pero no lo hace —pataleé como una niña malcriada y me senté con violencia—. Lo único que me dice es que estoy loca y que todo está dentro de mi cabeza. ¿Qué se supone que debo hacer? Grace soltó un par de maldiciones entre dientes y se colocó de pie. Miré cada uno de sus movimientos desde mi posición, viéndola tomar su chaqueta y ponérsela antes de agarrar su bolsa. —No sé, ¿por qué no vas y te inscribes en su escuela? Sus palabras se estrellaron contra mi rostro como una increíble idea. Era un completa y total locura, pero algo así me ayudaría a resolver todo este enigma en el que se había convertido mi novio. —¿Qué dijiste? —pregunté y ella se detuvo antes de llegar a la puerta— Repite lo que has dicho. —Dije: por qué no vas y te inscribes en su escuela —Grace repitió, frunciendo el ceño—. ¿Por qué estás sonriendo como una maniática? —¡Eres un genio! Me levanté con rapidez y corrí hasta ella, tomando sus manos y dando pequeños saltos de alegría bajo la atenta y preocupada mirada de mi mejor amiga. —¿Qué diablos te pasa? ¿Te volviste loca o qué? —¿No lo ves? —pregunté como si todo estuviera más claro que el agua— Si entro a estudiar a su escuela, podré saber qué me está escondiendo. Grace se rio a carcajadas. —¿Estás escuchando lo que dices, Rávena? ¡No puedes hablar en serio! Mi rostro se congeló al escuchar sus palabras y la sonrisa se esfumó de mis labios. —¿Qué, por qué? —Uh, Mateo estudia en un colegio para chicos —ella dijo—. Y te recuerdo que tú eres una chica Me frustré tanto en ese instante que quise jalar mi propio cabello hasta arrancarlo de las raíces. No quería seguir sintiéndome como la chica ilusa a la que su novio le ve la cara de estúpida. Mis hombros cayeron en derrota y sentí ganas de llorar. —Odio sentirme de esta manera —le dije y la pequeña voz en mi cabeza me regañó por intentar manipular a mi mejor amiga—. Siento como si Mateo se estuviera riendo en mi cara cada vez que le pregunto qué es lo que pasa. Sé que él me miente y no tienes las pelotas para decirme a la cara lo que está pasando. Grace me escuchó con atención. Vi como su garganta se movía de arriba abajo cuando tragó saliva. —Pero entrar a estudiar a ese colegio es una idea descabellada, Vena… —ella murmuró—. En el caso hipotético de que sí lograras inscribirte ahí, ¿qué vas a decirle a tu papá, eh? ¿Cómo lo harás para anular la matrícula en el colegio? Una sonrisa de suficiencia apareció en mi rostro. Grace era la hija del director de nuestra escuela… eso debía ayudar mucho, ¿no? —Gracie… ¿te he dicho ya lo mucho que te quiero? Sus ojos se estrecharon en mi dirección y ella sacudió la cabeza en negación. —Ni siquiera lo pienses. —¡Oh, vamos, Grace! —exclamé— ¿No se supone que me ayudarías? —Yo nunca dije eso —me recordó, señalándome con su dedo índice—, pero no puedes insinuar que ingrese a la computadora de papá y anule tu matrícula. Si él lo descubre me matará. —Bueno, estaba pensando en que podrías hablar con él, pero ahora que dices que tienes acceso a su computadora, todo será más fácil. —No, me niego rotundamente. No, no, no —Grace, por favor —lloriqueé siguiéndola por mi habitación como un cachorro perdido—, eres la única que puede hacerlo. No será tan difícil, ¿verdad? Solo tienes que tomar su computadora y anular mi matrícula. Ella me siguió diciendo que no y yo seguí insistiendo por los próximos minutos. Grace me daba excusas y yo le daba soluciones a cada una de ellas hasta que llegamos a su punto de ebullición y su paciencia terminó explotando como una olla a presión mal cerrada. —¡Ah, está bien, lo haré!

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