Uno: Rude Laken.

1802 Palabras
Cuando Grace detuvo el coche a dos cuadras del internado para chicos yo estaba tan nerviosa que sentía ganas de vomitar. Había esperado este momento por días enteros y ahora que ambas estábamos aquí, me preguntaba si yo estaba preparada mentalmente para esto. Estoy asustada como el infierno y el aire apenas llega a mis pulmones por culpa de la venda elástica que está alrededor de mi torso ocultando mis senos. —¿Te encuentras bien? La voz de Grace me trajo de regreso a la realidad. Giré la cabeza para mirarla y sus ojos se ampliaron al ver mi mirada vidriosa. —Rávena… —No creo que pueda hacerlo —confesé y volví la mirada al frente—, tengo miedo La escuché suspirar y pocos segundos después, su mano se posó sobre mi antebrazo. —Puedes hacerlo, amiga —Grace me dijo con una convicción que ni ella y yo teníamos—. Ya estás aquí, no puedes dar marcha atrás. Lo peor de todo es que ella tenía razón. Yo la había obligado a robarle la computadora a su padre para que pudiéramos anular mi matrícula, le habíamos mentido a mi padre y habíamos gastado un montón de dinero en conseguir ropa de chico. Sin mencionar que habíamos contratado los servicios de un chico por internet para conseguir documentación falsa. Asentí luego de unos segundos. —Tienes razón, puedo hacerlo. Puedo hacerlo, ¡puedo hacerlo! —¡Sí! —¡No! —lloriqueé, deslizando mi cuerpo por el asiento del coche. La miré con ojos suplicantes— ¿Y qué tal si me descubren? —Tienes que aferrarte a lo que hemos planeado y todo saldrá bien —ella me recordó. —¿Pero y si nada sale como lo planeamos? Ella rodó los ojos ante mi pesimismo. —A ver, Rávena, quiero que me digas una cosa: ¿quieres averiguar qué es lo que está haciendo Mateo a tus espaldas sí o no? —Sí, pero… —Entonces, ¿por qué estás dudando? —ella me interrumpió— Has avanzado mucho esta última semana y después de todas las mentiras que le dijimos a tu papá no será fácil echarnos para atrás. Me froté el rostro, odiándome por ser tan indecisa y tan cobarde. —¿Parezco un chico? —le pregunté Ella sacó la peluca que habíamos conseguido en nuestra peluquería de confianza y la colocó en mi cabeza con un poco de esfuerzo. El cabello marrón de la peluca hacía que los rasgos de mi rostro se endurecieran un poco. —Bueno, no luces como el chico más masculino del mundo, pero dentro de una multitud de músculos nadie lo notará. Me senté correctamente en el asiento del copiloto y bajé la visera parasol para mirarme en el pequeño espejo. Con el cabello corto, mis ojos lucían un poco más grandes y no había ni una gota de maquillaje en mi rostro. Me veía extraña. —Tengo miedo, ¿vale? —admití. Me intenté acomodar en el asiento, pero la costura del maldito uniforme me estaba volviendo loca, sin mencionar la ajustada venda alrededor de mis senos— Los chicos me dan miedo. En ese momento estaba siendo totalmente honesta. Estar rodeada de chicos me daba miedo porque había visto las suficientes noticias en la tele como para saber que cuando ellos se enojaban eran muy peligrosos. —¿Estar rodeada de chicos te da miedo? —Grace me preguntó y luego suspiró de manera soñadora— Ay, Rávena, daría lo que fuera por estar en tu lugar —Si quieres, podemos cambiar de lugar —le seguí el juego, bromeando con ella. —Ni siquiera lo pienses —me cortó de inmediato—. Has llegado muy lejos como para que te arrepientas. Así que, si no quieres que realmente me enoje por hacernos perder el tiempo, sacarás tu trasero de mi coche e irás a esa escuela a descubrir qué está escondiendo el imbécil de tu novio. Hice una mueca dolorosa y desabroché el cinturón de seguridad. —¿Tengo otra opción? —No, no la tienes. Ambas reímos y yo me incliné hacia el lado para despedirme de ella con un abrazo. Me bajé del coche y cerré la puerta del copiloto antes de ir hasta la cajuela y bajar mi bolso deportivo donde llevaba algunas de mis pertenencias. Me incliné en la ventana y correspondí a su saludo de mano antes de empezar a caminar calle abajo por la vereda. Con cada paso que daba, sentía que mis delgadas piernas temblaban como gelatina, mi corazón bombeando sangre a través de mi cuerpo con una rapidez descomunal, el temor a lo desconocido adormecía mi cerebro y lo único que lograba escuchar en mis oídos era el incesante golpeteo de mi corazón. Quería lanzar todo al carajo y retroceder los pasos que había avanzado, pero no podía hacerlo. No ahora que había conseguido tanto en tan poco tiempo. Además, ¿cómo rayos le explicaría a mi padre todo lo sucedido? ¿Qué haría sin matricula en la escuela a la que solía asistir? ¿Qué pensaría Mateo si me descubría? Agité mi cabeza para espantar esos pensamientos de mi cabeza. Yo era miedosa, pero no solía lanzar mis preocupaciones debajo de la alfombra e ignorarlas. Y esta no sería la excepción. Lo único que debía hacer era mentalizarme y no detenerme hasta conseguir lo que había venido a buscar aquí: respuestas. Me detuve justo en la entrada del colegio para hombres y di un paso atrás por instinto. El edificio era inmenso y era tan aterrador como una vieja mansión abandonada de los cuentos de terror. Por lo poco que Mateo me había dicho, el edificio principal era donde se encontraban los salones de clases, la oficina del director y la biblioteca abarcaba casi toda la segunda planta. Los dormitorios estaban detrás, la cancha de fútbol y el comedor. Fui arrastrada por una avalancha de testosterona cuando un grupo de chicos de entre catorce y diecinueve años atravesó la entrada como un rebaño de vacas siendo arreadas. Tropecé un par de veces e intenté salir de la multitud, pero era como si yo fuera totalmente invisible para ellos. A lo lejos y con un poco de dificultad, pude ver la mata de rizos castaños de Mateo. Traté de alcanzarlo, sin embargo, él caminaba ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor mientras iba conversando y riendo con otro chico cuyo rostro no alcancé a distinguir. Cuando logré salir de la manada de músculos lo primero que hice fue corroborar que la peluca siguiera en su lugar. Peiné el cabello con mis dedos y suspiré al darme cuenta que Mateo había desaparecido por completo. Empujé la puerta e ingresé al colegio, asombrada por lo espacioso y lujoso que lucía el interior. Los pisos brillaban. Había vitrinas llenas con estatuas y copas correspondientes a los primeros lugares, medallas de oro y de plata acompañadas con pequeños gafetes donde estaba escrito el nombre del estudiante que la había obtenido. Llegué al hall principal y aunque estaba lleno de chicos vestidos de la misma manera, el lugar seguía sintiéndose intimidante. En las paredes había cuadros de hombres influyentes que en sus años de adolescencia pasaron por ese mismo colegio. Abogados, políticos, grandes empresarios. —Eres Rude Laken, ¿no? Me tomó un par de segundos darme cuenta que me estaban hablando a mí. Miré hacia atrás y me encontré con una mujer de unos treinta y tantos, de baja estatura y con un maquillaje perfecto acompañado con un peinado clean look. —¿Me podrías acompañar? —me preguntó, dándome una pequeña sonrisa amable— El director Sparks quiere verte. Asentí como una tarada, cayendo en cuenta que probablemente ella era la secretaria. —¿Te costó mucho llegar aquí? —ella preguntó y yo negué, realmente nerviosa. ¿Por qué el director quería verme? ¿Me habían descubierto? — No eres de muchas palabras, ¿verdad? La miré con las mejillas sonrojadas y ella sonrió. La seguí en silencio hasta que ambas llegamos a una gran recepción. Ella golpeó la puerta antes de abrirla, avisándole al hombre que ya me encontraba aquí. —Pasa, por favor —ella abrió la puerta para mí y me invitó a pasar con un gesto—, el director está esperándote. Sujeté la correa de mi bolso con fuerza y entré en la oficina, sintiendo un escalofrío recorrerme la espalda cuando la puerta se cerró detrás de mi espalda. —Señor Laken, bienvenido —el director Sparks se colocó de pie y se acercó a mí para ofrecerme su mano. La estreché con cuidado—. Toma asiento, por favor. Me gustaría hablar un par de cosas contigo. Mi cabeza era un torbellino de pensamientos en ese momento. Dejé el bolso con cuidado a un lado de la silla y me senté con una lentitud casi dolorosa. El director se sentó frente a mí al otro lado del escritorio y me sonrió de una manera que no supe descifrar. Estoy acabada. —Sé que hablar con el director en tu primer día no está dentro de las cosas que más les gusta a los adolescentes, pero seré breve —explicó, mirándome fijamente—. ¿Habías estudiado antes en un internado? Asentí. —Estuve revisando tu expediente y para nosotros como institución es muy gratificante tener alumnos como tú en nuestro colegio. ¿Tus padres han llegado a la ciudad? Me aclaré la garganta con demasiada fuerza y tensé mi garganta, buscando que mi voz saliera más grave. —No, señor. Ellos regresan el fin de semana —mentí. Grace y yo habíamos creado un correo corporativo falso para comunicarnos con la secretaria del director, explicando que mis supuestos padres no podrían asistir al primer día de clases conmigo porque estaban fuera de la ciudad—, pero me aseguraré de que ellos estén aquí la próxima semana. El hombre asintió, complacido con lo que estaba escuchando. Luego, él metió la mano en el cajón de su escritorio y me entregó una carpeta con el escudo del colegio. —Tu habitación es la 409. El primer número corresponde al piso en el que está ubicado tu cuarto y tu compañero de habitación será Aspen Martin. Es un chico un tanto problemático, pero manejable. Él siguió explicándome ciertas cosas importantes como el horario de clases y de almuerzo, los puntos clave en la política estudiantil y los beneficios que traía inscribirse en algún taller extracurricular. Intenté seguir el hilo de su monólogo, pero él hablaba tan rápido y era tanta información que me costó retener más allá del número de mi habitación. Supongo que ocurría el primer día para vagar por el lugar y no ser descubierta en el proceso.
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