Después de deambular por los pasillos del internado por casi treinta minutos pude encontrar mi habitación. Me perdí un par de veces por los corredores, pero me sirvió para conocer un poco el lugar y saber más o menos dónde quedaba cada cosa.
Miré hacia ambos lados antes de acercarme a la puerta y apoyar mi oreja contra la madera. ¿Había alguien ahí ya? ¿Mi compañero de cuarto había llegado antes que yo? Intenté agudizar el oído, no obstante, no alcanzaba a escuchar nada desde el otro lado.
Saqué la solitaria llave de mi bolsillo y la introduje en la cerradura, haciéndola girar suavemente. Empujé un poco la puerta y mi cabeza se abrió paso, echándole una rápida mirada al lugar.
Cuando me aseguré de que no había nadie, entré por completo y cerré la puerta, lanzando mi bolso sobre la cama más cercana a la puerta. La habitación era espaciosa, pero bastante básica. Dos camas, dos veladores, dos pequeñas repisas para los libros en la pared. Había un escritorio empotrado contra la pared y dos pequeñas sillas.
—¿Tendremos que compartir el ropero? —murmuré, viendo que solo había un armario en la habitación. La idea de compartir closet con un extraño no me gustaba en absoluto.
Empecé a desempacar y guardé mi caja de tampones dentro de mis zapatos antes de meterlos en la parte baja del clóset y después colgué mi ropa, trazando una línea invisible en la mitad del armario que sería ocupado por mi compañero de cuarto.
Llevé mi pequeño neceser al baño y cerré la puerta para orinar, mensajeándome con Grace mientras estaba sentada en el inodoro. No sé cuánto tiempo estuve allí, pero cuando me abroché el pantalón, escuché la puerta de la habitación abrirse y luego cerrarse segundos después.
El nerviosismo me apretó el estómago al darme cuenta que el otro chico había llegado y que posiblemente ahora mismo se había dado cuenta que la mitad del clóset había sido ocupado por un intruso.
Tiré de la cadena y me lavé las manos, tratando de hacer el mayor ruido posible para que él se diera cuenta que yo estaba aquí. Y cuando abrí la puerta, vi la espalda de un chico alto parado frente al armario, su atención estaba puesta en vaya a saber qué cosa.
Abrí la boca para hablar, pero él se me adelantó.
—¿Qué rayos es esto?
Mi rostro palideció cuando él se dio la vuelta y agitó la caja de tampones en el aire, enseñándomela. Corrí hasta él y se la arrebaté de las manos, retrocediendo mientras escondía la caja detrás de mi espalda mientras sentía que mi rostro ardía por culpa de la vergüenza. ¿Por qué él había tomado mis tampones sin mi permiso?
—¿Quién eres tú? —pregunté con la voz en un hilo.
Él estrechó sus ojos oscuros en mi dirección. Me quedé como una estúpida mirándolo porque él estaba lejos de ser como los chicos que Grace y yo nos imaginamos estando en casa. Él tenía el cabello oscuro, cejas bien pobladas y unos ojos tan enigmáticos que me cortaron la respiración. Tenía un par de lunares salpicados en su rostro como polvos de estrella.
Dios, él era tan… guapo…
—Yo pregunté primero. —contraatacó, refiriéndose a mi caja de tampones— ¿Por qué mierda trajiste esas cosas aquí?
El hechizo en el que él me había envuelto desapareció al instante. ¿Qué se suponía que debía decirle? Él era un chico, pero no era estúpido.
—Son mis tapones nasales.
Él ladeó la cabeza, bastante confundido —¿Crees que soy idiota? Esos son tampones femeninos.
—Ya lo sé —bufé y rodé los ojos, fingiendo que tenía el control de la situación—. Los utilizo porque me sangra la nariz.
Con cada palabra que salía de mi boca él lucía más confundido. Antes de que él pudiera decir otra palabra, yo abrí la caja y saqué un tampón, metiéndomelo en la nariz.
—¿Ves? Es muy absorbente y me ayuda a detener la hemorragia porque…
—Qué puto asco —me cortó y sacudió la cabeza—. Ya cállate, no quiero seguir escuchándote. Dios, siempre me tocan los compañeros de cuarto más raros…
Él reanudó su tarea guardando sin cuidado sus pertenencias en la otra mitad del clóset. Me quité el tampón de la nariz y lo lancé al bote de basura mientras me sentaba en la cama, observando cada uno de mis movimientos.
¿Él era el chico del cual el director me había hablado?
—¿Cómo te llamas?
Él me lanzó una mirada sobre el hombro y cerró la puerta del armario con un movimiento de mano.
—Soy Aspen —dijo, acercándose a su cama y sentándose. Llevaba unos botines de montura n***o y pantalones ajustados. Él vestía del mismo color de pies a cabeza—. ¿Cómo te llamas tú?
—Soy Rude.
Una risa seca escapó de su boca.
—Qué ironía.
Aspen se sumergió en su teléfono por unos minutos y cuando sintió mi mirada sobre él, levantó la cabeza lentamente hasta que nuestras miradas se encontraron.
—¿Necesitas algo? —me preguntó. Me encogí de hombros y negué con la cabeza— ¿Entonces por qué me miras tanto?
Bajé la mirada, sintiéndome apenada.
—Lo siento, es primera vez que tengo un compañero de cuarto y…
—Ay, no —él me cortó, colocándose de pie—, no empieces. No estoy interesado en sentimentalismos. Y antes de que me preguntes: no soy gay.
Lo miré boquiabierta. ¿Él pensaba que yo…? Quise reír.
—¿Crees que yo…? —me señalé— ¿Tú piensas que yo…? Woah, ¿de verdad?
Aspen me lanzó una mirada poco amigable. Yo no había venido aquí con la idea de hacer amigos porque no me interesaba, pero que él pensara que yo era gay era hilarante.
Las palabras de Grace se me vinieron a la cabeza. Ella había mencionado que yo no lucía como el chico más masculino del mundo, pero que Aspen me lo hubiera dicho la primera vez que me veía decía mucho sobre eso. ¿Estaba siendo muy obvia? ¿Yo necesitaba lanzar escupitajos y rascarme los huevos delante de él para parecer más masculino?
Mi compañero de cuarto se colocó de pie y guardó el móvil dentro del bolsillo de su pantalón mientras caminaba en dirección a la puerta. Yo lo seguí porque no quería que mi estancia aquí se prolongara por mucho tiempo, así que, sabía que si quería descubrir lo que fuera que Mateo me estaba ocultando debía empezar a moverme desde ahora.
—Espera… —troté detrás de él casi como un bebé pato siguiendo a su mamá—, ¿puedo hacerte una pregunta?
Él suspiró con hastío y me lanzó una mirada detrás de su hombro mientras bajaba las escaleras. Era una tarea difícil mantenerle el ritmo y hablar porque si me distraía por un segundo terminaría rodando escaleras abajo.
—¿Si te digo que sí dejarás de molestarme?
Ignoré su pregunta grosera y cuando llegamos al descanso en las escaleras me paré frente a él.
—¿Sabes dónde puedo encontrar a Mateo Novačić?
Vi como su labio superior produjo un leve movimiento casi como si estuviera aguantando las ganas de hacer una mueca de desagrado.
—¿Buscas a Novačić? —me preguntó y yo asentí. Su hostilidad me daba ganas de salir huyendo y esconder la cabeza en algún agujero— ¿Por qué estás buscando a Novačić?
Mi cabeza trabajó a cien millas por horas en menos de un segundo para crear una mentira y sin apartar la mirada de él, respondí:
—Él es el novio de una amiga de mi hermana.
Aspen me miró por unos segundos y luego, de la nada, sus labios se curvaron en una sonrisa extensa. Él sonreía de la manera en que lo hacía alguien que sabía algo que tú no.
—¿Eres el hermano de una amiga de la novia de Novačić? —preguntó.
—¿Vas a decirme dónde está o no? —espeté, ya cansada de tantas preguntas.
—Claro que sí —él pasó su brazo por mis hombros y me apretó, obligándome a caminar—. Si quieres, yo mismo te puedo llevar.
Sentí que mi rostro se ponía rojo y lo empujé por el pecho para alejarlo de mí.
—Con que me digas dónde está es suficiente
—Esa chica amiga de tu hermana de verdad debe quererlo mucho para que ella acepte todo lo que Novačić está haciendo —Aspen murmuró, pensativo.
—¿Qué quieres decir con eso? —cuestioné, bastante confundida. Él hizo una grandiosa tarea ignorándome— Aspen…
—Puedes encontrarlo en el laboratorio —el chico me dijo—. Siempre podrás encontrar a Mateo en el laboratorio a esta hora. Todos los días.