Muchos recuerdos vinieron a mi mente cuando vi las fotos sobre la mesa. Eran retratos de las víctimas sobre sus propios charcos de sangre. Solo una de ellas llamó mi atención y esperaba que Alex no la notara. Cuando él la miró, quedó inmóvil por unos minutos hasta que sus lágrimas comenzaron a deslizarse sobre sus mejillas. Una de mis peores pesadillas cobró vida.
—Alex, lo la… —dije.
—No puedo creer lo que estoy viendo, sabías lo importante que era mi hermano para mí y ahora él está muerto y todo por tu culpa —me interrumpió.
—Alex no digas eso, no fue mi intención.
—Prefiero no oírte —se levantó de la silla y nos dio la espalda.
—Nadie te detiene Alex, puedes irte. No tienes ninguna obligación en acompañarnos, Adriana estará bien con nosotros —añadió Emmanuel.
—¡Qué demonios haces! —susurró Carlos a Emmanuel— sabes que no lo podemos dejar ir.
—Solo espera.
—Se lo prometí —dijo Alex para sí mismo—, ¿por qué lo hiciste Adriana?, ¡porqué!
—Entiéndelo, fui obligada a matar a tu hermano. Si no lo hacía, Jaime mataría a toda mi familia.
—Déjame ver si entiendo, preferiste matar a mi hermano para salvar a tu familia, él te consideraba como la hermana que nunca tuvimos.
—Me obligaron a matarlo, pero no pude hacerlo, y Elizabeth tomó el arma de mis manos y disparó. Extraño a tu hermano tanto como tú a él
—¡Cállate! Solo lo dices para aminorar las cosas y ahora mientes sobre otra persona para lavarte las manos.
—Elizabeth, es la esposa de Jaime, Alex —dije.
—¿Eso es cierto? —preguntó Alex.
—Efectivamente —afirmó Luis—. Veo que estamos comenzando a recordar más detalles, o ¿no Adriana?
—¡Cuántas veces debo decirles que no sé el paradero de Jaime! les estoy diciendo la verdad.
—Quizás debamos darte motivos para que hables —mencionó Emmanuel.
—Si piensan lastimarme como lo hicieron hace seis años, no funcionará, he dejado de sentir dolor —añadí.
—Quizás tú sí, pero Alex no —Quedé inmóvil. Emmanuel se colocó detrás de Alex con rapidez para infligirle daño con su arma de electrochoque.
—¡Déjenlo, por favor!, él no tiene nada que ver en esto —dije mientras me levantaba del asiento eufóricamente e intentara golpear con la silla a Emmanuel, Carlos me detuvo de los brazos.
—¡Sujétala, Carlos! —gritó Luis.
—¡Cómo te atreves! —dije mientras intentaba soltarme de sus manos.
Lo siguiente que escuché fue un estruendo que retumbaba en mi cabeza, junto a un porrazo en la puerta. Un hombre encapuchado le hacía señas a Luis de que saliera y lo siguiente que recuerdo es que me encontraba semi inconsciente junto a Alex.
—¡Por favor, despierta!, sé que puedes oírme —los gritos de Alex retumbaban aún más fuerte en mi cabeza.
—¿Qué pasó?, ¿dónde fueron todos? —intenté sentarme junto a él, arrimándome a la pared mientras sobaba mi cabeza.
—Parece que recibieron una llamada con una pista sobre el paradero, si lo capturan seremos libres sino…
—… nos mantendrán cautiverios —añadí.
—Exacto —acarició mi cabeza cerca de dónde recibí el golpe y luego se alejó y apartó la mirada de mí.
—Alex —le dije mientras otra vez intentaba sostenía de su mano—, lo lamento mucho, no sabes cómo el remordimiento me atormenta todas las noches. Intenté parar a Elizabeth, pero ella era más fuerte que yo y no lo conseguí —hice una pausa—, hubiese preferido que ella me…
—¡No lo pienses por ningún momento! —apretó con aún más fuerza mis dedos mientras los entrelazaba—. Me enojé si, perdí el control, también; pero solo fue eso.
—¿No piensas enojarte conmigo?
—No, bueno, la verdad no lo sé.
Tomé sus mejillas en mis manos y lo besé. Al principio quiso separarse, pero luego dejó caer levemente su peso. Lo sostuve con delicadeza. Podía sentir como las lágrimas recorrían su rostro. Los minutos pasaron y aquel beso subió de tono. Se podían oír como nuestras respiraciones se entrecortaban, pero a pesar de eso, continuábamos. Sus manos comenzaron a recorrer mi espalda, mi cintura hasta llegar a mi pierna. Se detuvo. Mis manos en cambio recorrían sus hombros hasta llegar a los botones de su camiseta, comencé a desabrochar uno por uno y cuando estaba por el cuarto botón, su mano detuvo la mía. Dejé escapar un pequeño gemido y abrí los ojos. Él me miraba con un brillo en su mirada que no lo había visto hace tiempo. Me perdí en ella.
—No esta vez, Adri —acarició suavemente mi cintura—. Quiero que estemos a salvo y seguros en un lugar alejados de aquí —me rodeó con sus brazos y me atrajo hacia su pecho mientras él se recostaba en la pared—. Extraño a mi hermano como no tienes idea, era el único que tenía.
—Se suponía que presentación era otro día.
—Lo sé, pero mi hermano y tú se presentaban el mismo día y por más que me pediste que no asistiera no podía dejar de apoyar a mi novia y a mi hermano, y ahora entiendo porque lo hiciste.
—Le rogué a Jaime de que esperara hasta que se fueran, pero ustedes no se iban.
—No podía irme.
—Te lo supliqué y no lo hiciste.
—No sabía que lo decías por algo más.
—Jaime me dio a elegir.
—¿A qué te refieres? ¿quería que eligieras a quién salvar?
—Sí
—¿Y me elegiste a mí sobre mi hermano? Cómo…
—Lo hice, pero antes de eso le rogué a tu hermano que se fuera y te llevara con él, pero no hizo caso, intenté con todas mis fuerzas y simplemente cuando no pude halar del gatillo, Elizabeth lo hizo. No sabes…
—No sigas. Solo quiero preguntarte, ¿por qué nosotros?
—Jaime comenzó a sospechar de Emmanuel y creyó que eran parte de ellos. Por más que lo quise convencer de que no, no quiso creerme.
—Todo es culpa de Emmanuel…
—No Alex, es culpa de Jaime y mía. Tuve que esforzarme mejor en advertirte
—¡Por Dios Adriana! Éramos adolescentes, no fue tu culpa.
—Sí, lo fue.
—No, juré que me vengaría de la muerte de mi hermano después de que me enteré.
—¿Cómo lo supiste? No podías recordar nada.
—Mis padres se olvidaron de esconder las fotos de mi hermano y debes admitir que ambos éramos muy parecidos, y aunque no podía recordar nada siempre tuve curiosidad, y un día escuché hablar a mis padres sobre una misa de réquiem. Tenían planeado mandarme de viaje con Emmanuel y mi tía a la playa, pero al descubrirlos se vieron obligados a decirme, y desde ese momento juré que me vengaría de su muerte. Luego te encontré en esa convención. No te reconocí, pero tuve ese sentimiento extraño de que ya te conocía desde antes. Y hace unos momentos cuando vi la foto de mi hermano y lo conecté con el video de la cámara de seguridad, sentí de nuevo el mayor de mis rencores. No quería creer que tú estuvieras involucrada. Te odié, pero cuando escuché decir a Emmanuel que estarías bien estando sola con ellos, sabía que no era verdad, no después de lo que me dijiste.
—Podías huir y no lo hiciste.
—Nunca lo haría y eso lo sabía muy bien Emmanuel, sabía que no me negaría a dejarte, sabía que aún me preocupaba por ti.
—Si Jaime volviera a aparecer, porque sé que lo hará, me quiere de vuelta, prométeme que huirás y que te olvidarás de mí.
—No podría…
—Prométemelo —lo interrumpí.
—Hay promesas que no puedo cumplir.
—¡No entiendes!, quiero que estés a salvo, que te olvides de mí y hagas una nueva vida, conozcas a alguien más, a alguien quien no te cause daño.
—Adriana tú no lo entiendes, quiero estar contigo. Perdí a un amigo, bueno a quien lo consideraba así, Emmanuel, perdí a mi hermano y no quiero perderte luego de que te volví a encontrar.
—Esta es mi pelea no la tuya y aún tienes a tus padres, yo sé que ellos sabrán qué hacer —me abrazó aún más fuerte al rodearme con sus brazos.
—Entiende, no pienso abandonarte.
—Cuando te encuentres de nuevo en peligro y tengas la oportunidad de elegir entre tu vida y la mía, elegirás la tuya.
—No, elegiré la tuya.
—Alex, por favor…
—Intenta descansar —me interrumpió y besó mi cabeza con ternura, presionando sus labios como si nunca quisiera abandonarme.
—Te amo —fue lo último que dije antes de quedarme dormida en su pecho.
—Yo también.