Pasaron las horas y escuchamos un sonido fuerte en la puerta junto a unos pasos que se aproximaban a toda velocidad. El ruido provocó que nos levantáramos de golpe. Carlos con Emmanuel sostuvieron a Alex de los brazos por detrás, mientras que Luis se acercaba eufóricamente hacia mí. Cogió de mis brazos y los colocó detrás de mi espalda bruscamente y empujó con fuerzas mi cuerpo contra la mesa haciendo presión en mi cabeza.
—¡Déjenla! —gritaba Alex.
—Me dirás en este momento dónde está Jaime o juro que lo pagarás con tu vida —dijo Luis mientras hacía más presión.
—Mi cabeza…
Con la misma fuerza que sostenía mis brazos contra mi espalda me arrojó hacia el piso. Golpeé mi cabeza con la esquina de una de las sillas. Entre inconsciente y con sangre que salía de mi frente, miraba como Alex intentaba deshacerse de Carlos y Emmanuel, pero sin éxito, mientras que Luis se acercaba por segunda vez, me levantó sujetando del cuello.
—¡Dime dónde está!
—¡No lo sé! —dije entrecortado.
—Lo estás llevando muy lejos otra vez, si la matas no nos podrá decir nada —dijo Carlos mientras le colocaba su mano en el brazo. Me soltó y caí frente a ellos tosiendo, e intentando recuperar la respiración.
—¡No la maten! —gritó Alex inconscientemente. Emmanuel lo golpeó en el estómago dejándolo sin aire.
—Apuesto que lo sabías —mencionó Emmanuel—. Todo fue una trampa. Cuando llegamos a la cabaña solo nos encontramos con cadáveres mutilados adheridos al techo con soga. Intuimos que eran los dueños.
—¿Qué cabaña?
—Una cabaña en el bosque. Tenía una bandera gigante pegada en la puerta de…
—…color rojo con n***o y un escudo de león en el medio —completé.
—¿Cómo sabías que diría eso? —preguntó Emmanuel sorprendido.
—Habla en este momento, ¡te lo exijo! —dijo Luis mientras me golpeaba las piernas con su pie.
—Jaime siempre me contaba una historia sobre el león y su hogar.
—¿Recuerdas algo más? —preguntó Carlos mientras se acercaba para ayudarme a levantar.
—¡No me toques! Puedo levantarme yo sola —aparté su mano de mi brazo. En ese mismo momento sentí que mi cuerpo tambaleaba.
—Déjame ayudarte, no estás bien —volvió a colocar su mano en mi brazo.
—No sabía que me estaba contando una historia sobre esa cabaña —dije.
—¿Entonces la cabaña no era tu hogar? —preguntó Emmanuel.
—No, vivía con Jaime en una casa que parecía mansión, y no una cabaña —aparté la mano de Carlos de mi brazo—. ¡Traidor, suéltame!
—No soy ningún traidor, Adri, cálmate —dijo Carlos con un brillo en sus ojos—. Me involucré con ellos para ayudarte, si no lo hubiese hecho, pregúntate donde estarías.
—Muy lejos de aquí.
—Estaría muriéndote de hambre y eso no lo iba a permitir.
—¡Porqué! Tú y yo no somos nada.
—No, no lo somos —colocó su mano en mi cintura. Alex lo observó con desprecio, pero a la vez sin estar seguro de lo que escuchaba.
—Señores, estoy cansado de este drama —Luis se me acercó y me miró con odio.
Carlos me ayudó a sentarme junto a Alex mientras tocaba mi frente. Sentía que mi cabeza se partía en dos y que en cualquier momento perdería la conciencia.
—Encontramos una nota en el cuarto principal, creemos que es una carta de Jaime, por su contenido —mencionó Emmanuel.
—¿Puedo verla? —pregunté con miedo de lo que podría encontrarme. Al leerla mi piel se erizó—. Sí, es su letra.
—Estaba junto a estas fotos —Luis extendió las fotos y las colocó sobre la mesa.
No quise verlas. Desde lejos sabía que fotos eran. Me levanté de la silla y me dirigí a un rincón de la sala dándoles la espalda.
—Adriana, lo lamentamos no teníamos ni idea —añadió Carlos—. Nunca encontramos estas fotos
—¡No lo sabían! No intentes convencerme de esa mierda —grité mientras lo miraba por encima de mi hombro.
—Adriana, intentamos de todo para encontrar pistas, pruebas, pero creímos que cuando él te mantuvo en cautiverio no habías corrido la misma suerte que las demás chicas —-comentó Emmanuel.
—¿De qué hablan? —preguntó Alex confundido—. ¿Puedo ver esas fotos?
—Adelante —ordenó Luis.
—Quiero estar sola si es que tienen una pizca de consideración.
Lo siguiente que oí fueron las sillas arrastrándose y una puerta abriéndose. Miré nuevamente por encima de mi hombro y noté que todos se habían ido. Dejé caer mi peso al suelo y comencé a llorar, luego sentí una presencia detrás de mí que se acercaba.
—Lo siento Adri, no tenía ni idea —dijo Alex mientras me abrazaba por detrás y me hacía girar hacia él—. No sabes la rabia que siento hacia Jaime, si tan solo lo tuviera en mis manos yo…
—¿Por qué sigues aquí? —lo interrumpí.
—Porque sé que no quieres estar sola en estos momentos —intentó limpiar la sangre de mi frente con su camiseta.
—¿Por qué viste esas fotos?, ¡dime!, ¿por qué? —lo miré con lágrimas en mis ojos.
—Porque leí la nota, y no creí que él fuera capaz de hacerte esto —limpió mis lágrimas con sus dedos.
—Debiste irte con ellos, no tiene caso que me tengan encerrada, preferiría estar muerta.
—Nunca digas algo así, tú le importas a muchas personas.
—Solo estás tú, no tengo a nadie más que me llore si muero.
—Por favor detente —me abrazó fuertemente—. ¿Por qué dice “Ella siempre será mi conejilla de indias” ?, ¿qué pasó?, dímelo.
—¿Por qué quieres saber? Si está claro que me prostituían.
—¡Adriana, detente! —colocó mi cabeza en su pecho—. Las fotos demuestran que él se aprovechaba de ti. No te merecías algo así.
—No tenía escapatoria, Alex, si me rehusaba, él mataba a toda mi familia.
—Juro que si lo tengo en frente mío lo mato.
—Nadie puede contra él, es más fuerte de lo que aparenta y no tiene piedad de nadie, nunca la tuvo conmigo.
—¿Él te…?