—Él me pegaba y abusaba de mí —completé la frase entre sollozos.
—¡Dios que impotencia!
—Alex, estoy rota por dentro, desde hace tiempo me siento así.
—Adriana, nada de esto es tu culpa —me abrazó con más fuerzas.
—Sé que no es mi culpa, lo sé muy bien. Todo es culpa de Jaime.
—De eso no cabe duda, todos sabemos que él…
—No es mi verdadero padre.
—Eso no iba a decir, espera un momento —me miró consternado—. ¿Qué quieres decir?
—Él se convirtió en mi padrastro, pero no es mi verdadero padre —tomé un suspiro antes de continuar—. Mi verdadero progenitor le debía dinero y no tenía cómo pagarle y si no lo hacía nos mataría a todos, incluyendo a su amante.
—¿Tenía una amante?, ¿por qué nunca me hablaste de ella?
—Porque cuando nos conocimos solo vivía con Jaime, y no supe más de ellos —lo miré a los ojos por un momento—. Él me obligó a quedarme callada y si te decía algo a ti o a alguien más, lo pagaría muy caro.
—¿Te pudo haber matado? —noté el miedo en sus ojos y acaricié su mejilla.
—No, aunque no lo creas, el amor enfermizo que me tenía era como el de un padre amoroso hacia su hija y eso no le permitía llegar hasta ese punto.
—¿Cómo puedes estar tan segura? Él es un hombre peligroso, es capaz de todo sin importar cómo lo consigue, te pegaba y te trató como a una cualquiera.
—Porque una vez intenté acabar con mi vida.
—¡Qué! —-me miró con temor—. ¿Cómo fuiste capaz de intentarlo? ¿Cuándo pasó?
—Cuando falté una semana al colegio, ¿recuerdas?
—Si, dijiste que tenías una fuerte infección estomacal y gripe, pero no pensé que fuera algo peor —me volvió a mirar con decepción—. ¿Qué intentaste hacer contra tu vida?
—Él dijo una verdad a medias para justificar mi inasistencia, pero en realidad ese día me había propuesto tomar hasta la última gota de cloro y él me descubrió.
—Adriana —me miró con tristeza—. No sé qué decirte.
—Sé que no sería capaz de matarme, porque esa vez, fue el único día, que lo vi realmente preocupado por mí. Hizo lo imposible para que no muriera; me llevó a los mejores hospitales con los mejores doctores y luego me internaron. Fue una pesadilla.
—Por más que intentes convencerme de que no es capaz de matarte, siempre creeré que es un peligro para ti. Míranos donde estamos.
—Alex, siempre estuve huyendo. Todos estos seis años jamás he permanecido en un solo lugar, por lo peligroso que sería si él me encontraba.
—¿Pero nos volvimos a encontrar?
—Sí —lo interrumpí—, no es coincidencia que Carlos y Emmanuel nos trajeran a esta convención, no es coincidencia de que Carlos me haya llevado a tu stand y nos hayamos reencontrado, porque sabían que de cierta forma me reconocerías. Todo estaba planeado.
—¿Pretendían obligarte hablar sobre el paradero de Jaime?
—Si, ellos creían que lo haría, pero en realidad no puedo recordar.
—¿Qué hay de tu madre verdadera?, ¿te acuerdas de ella?
—Ella murió en un accidente automovilístico. Mi padre siempre me convenció de que fue así, pero Jaime fue quien me contó la verdad.
—¿Qué verdad? No me digas que…
—Sí, mi padre cortó los cables del freno para cobrar su seguro de vida. Nunca pudieron encontrarlo culpable.
—¿Dónde estabas cuando sucedió eso?
—Estaba con mi tía, la hermana de mi mamá. Pasaba más tiempo con ella porque mi madre comenzó a desconfiar de mi propio padre, creía que tenía una amante y que se encontraba en malos pasos y a la final tuvo razón.
—Pero si él cobró el seguro entonces pudo pagarle toda la deuda a Jaime.
—No fue suficiente. Le faltaron diez mil dólares. Tampoco su amante consiguió lo que faltaba —mientras más continuaba con la historia más escondía mi rostro de él.
—Luego ¿qué pasó?
—Lo inevitable, Jaime estaba furioso y habló nuevamente con él. Le dijo que tenía un puesto de trabajo para mí con el que podría saldar su deuda. Mi padre aceptó.
—¿Cómo puede hacerle eso a su propia hija?
—Era un adicto, Alex. Ellos no pueden pensar correctamente, y desde el momento de que me vendió dejé de considerarlo como mi padre y la única figura paterna que más se le acercaba y que tenía a mi lado, era la de Jaime.
—¿Cómo puedes si quiera considerarlo de esa forma?
—Porque Jaime era lo único que tenía, no había otro padre con quien podría compararlo.
—¿A quién quieres engañar? Ese tipo de hombres siempre serán así sea con quien sea…
—¡Oye! —lo miré a los ojos y coloqué mi mano sobre su boca—. Entiendo tu frustración, sé quién es él y de lo que es capaz. Solo sé que no descansará hasta encontrarme y quiero que estés lejos cuando eso suceda. No quiero que él te encuentre.
—Adriana, todo estará bien. Si tengo que confrontarlo, lo haré.
—No quiero que mueras, no soportaría una pérdida más.
—Adriana, no me vas a perder —me da un beso rápido en la boca.
Minutos después, Emmanuel con Carlos y Luis, ingresaron rápidamente a la sala, cerraron con pestillo la puerta y nos escondieron bajo la mesa. Con señas nos pidieron que guardáramos silencio. Apreté con fuerzas las manos de Alex, cuando una voz, que conocía bien, salió de los parlantes.
—SÉ QUE INTENTAN ESCONDERLA DE MÍ, PERO NO SERÁ POR MUCHO TIEMPO, ELLA SIEMPRE SERÁ MI CONEJILLO DE INDIAS, DÉNMELA, Y NADIE SALDRÁ HERIDO, CASO CONTRARIO, EXPLOTAREMOS EL LUGAR.
—Me encontró —susurré mirándolo a Alex—. Será mejor que me entregue.
—Por ningún motivo te dejaré hacerlo —dijo Alex.
—¡Saldremos de aquí sanos y salvo! —añadió Carlos.
—¡Silencio! —exclamó Luis.
—Es imposible que no sepan dónde estamos —dije.