—Jefe, no podemos quedarnos aquí para siempre. Debemos hallar la forma de salir de aquí —dijo Emmanuel a Luis.
—Estoy pensando en eso —observó a los alrededores—. Debemos dividirnos, Emmanuel ve con Carlos y Alex, Adriana vendrás conmigo. Hay unas escaleras al final del pasillo que llevan a una salida alterna. No podemos permitir que se la lleven porque perderíamos la oportunidad de capturarlo.
—Luis, hay más de diez hombres allá afuera. Lo conozco bien. Si salimos así nomás, los matarán a todos —dije.
—Tienes razón, por eso te cogeremos a ti como escudo —dijo Emmanuel.
—¡Están locos!, eso sería arriesgado —dijo Alex. Se giró a verme y notó mi expresión de tranquilidad ante la descabellada idea— ¿No estarás pensando en hacerlo?
—Alex, es la única forma —le respondí mientras lo callaba con un beso en su mejilla.
—Lo que dice Emmanuel es verdad, y debemos asegurarnos de qué lado se esconden —dijo Carlos—. Podemos deslizar una silla en el pasillo y escuchar de dónde provienen los disparos. Antes miraría por debajo de la puerta.
—Hazlo —ordenó Luis.
—No hay nadie.
—Bien, hagámoslo.
—Señor, encontré un gas lacrimógeno que podríamos usar —dijo Emmanuel.
—Excelente, cuando estemos cerca de las escaleras lo lanzas.
Luis gateó hasta la puerta mientras que Carlos se acercaba a la mesa, cogió la silla con sus manos y la deslizó hasta el pasillo. Se escucharon disparos de todos los lados excepto del lado norte dónde se encontraban las escaleras.
—Tal como lo imaginaba —dijo Luis.
—Ahora ¿qué hacemos? —preguntó Carlos.
—Haremos lo que dijimos. ¿Tienen sus armas?
—Sí, señor —respondieron Carlos y Emmanuel.
—Bien.
Luis no dudó ni un minuto en cogerme del brazo y halarme con él. Aunque Alex intentaba detenerlo, Carlos y Emmanuel no lo dejaron.
—Bajen sus armas o no se la daremos a Adriana —gritó Luis mientras salía conmigo cogido del brazo—. ¡Ahora!
—¡Están huyendo! —dijo uno de los guardias de Jaime— ¡No disparen, el jefe la quiere viva!
Todos corrimos hacia las escaleras, y al llegar, Emmanuel lanzó el gas lacrimógeno. Todo se nubló. Algunos gritaban que no nos dejaran huir mientras que otros tosían o disparaban. Cuando nos acercamos a la salida, Jaime se colocó en el contorno de la puerta.
—¡Qué grata sorpresa mi pequeña conejilla! —dijo Jaime con un tono burlón, característico de su gran altura de 1,90 metros y contextura gruesa—. Veo que has traído a tus amigos contigo, que mala elección, mi niña.
Desde las esquinas aparecieron más hombres que avanzaban hacia dónde estábamos. Algunos de ellos forcejearon con Carlos, Emmanuel y Luis, mientras que Alex intentaba colocarse entre Jaime y yo.
—Creí que no te volvería a ver —dijo Jaime. Notó la sangre en mi ropa—. Golpeaste a mi hija, mal nacido.
—¡Cómo te atreves al acusarme! solo la estaba cuidando de depravadores como tú —respondió Alex con euforia.
—Depravadores son ustedes que me arrebataron a mi hija…
—No lo mates por favor, te lo suplico.
—Me temo que eso no será posible.
—No te tengo miedo, y si debo morir para protegerla, lo haré —dijo Alex.
Ambos comenzaron a pelear, aunque parecía que Alex ganaría, Jaime se levantó del suelo y le pegó con fuerza en la mejilla, dejándolo inconsciente sobre el suelo. Jaime se reía y golpeaba su estómago con su pie, él no reaccionaba y temía que lo hubiese matado.
—¡Déjalo, ya me tienes! —dije mientras me colocaba en medio de los dos.
—Déjame terminar con él cariño, parece que no ha aprendido su lección —lo levantó del cuello de la camisa.
—No papá… —se me hizo un nudo en el estómago y sentí bastante repugnancia al pronunciar las palabras.
—Hace mucho tiempo que no te oía llamarme así —me miró y lo soltó —. Vámonos antes de que sea tarde para la cena.
Cogió de mi mano como lo haría un papá con su hija y me llevó con él. Miré hacia atrás y tanto Carlos, como Emmanuel, Luis y Alex permanecían, inconscientes en el piso. Al menos ellos estarían a salvo, Jaime no atentaría contra sus vidas, aunque me tocara la peor de las pesadillas, no podía parar de sentirme tan feliz, al saber, que ya nadie sufriría por mí. Pese a que intentaba huir de él, eso nunca pasaría, siempre le pertenecí.
—Señores, el espectáculo ha terminado, por favor, recojan sus cosas y larguémonos —ordenó Jaime a sus hombres.
—¿A dónde me llevas?
—A casa, donde siempre tuviste que estar.
—¡Suéltame! —intenté forcejar con él para que me soltara, pero su fuerza era mayor.
—¡Nathan!
—Señor.
—Hazte cargo de ella.
—Sí, señor, ¿quiere que la espose?
—¡Quítame las manos de encima! —golpeé sus brazos intentando que no me tocara.
—No.
—Adriana, por favor, yo quiero esposarla, pero el señor Jaime no lo quiere así, coopere…
—¿O qué? No me puedes golpear al menos que él lo decida.
—Él no tiene porque saber lo que hago con usted…
Lo miré directamente a los ojos, su seriedad y su mirada, me lo decía todo, no estaba mintiendo. Tragué saliva y no le quité la mirada tampoco.
—¿Va a cooperar?
—¿Quién demonios eres?
—No tengo órdenes de responder esa pregunta.
—Solo es una maldita pregunta, ¿quién eres?
—No puedo responder a esa pregunta.
—Bien, si es así, entonces dime quien no eres.
—Alguien que cuidará de usted.
—Me queda claro, nada puedo esperar de la gente de Jaime.
—Necesitamos alcanzar a los demás, por favor, coopere.
—Solo déjame hacer algo por última vez.
Intenté acercarme a Alex, pero Nathan me detuvo del brazo, lo miré con desprecio y me solté de su mano. Él no esperaba que lo rechazara con tanta fuerza, su mirada cambió y podía notar su enojo, pero supo contenerse.
—No podemos arriesgarnos con semejante estupidez, y perder tiempo.
—De todas formas, iré a casa con ustedes, no tengo como huir.
—Apúrese.
—Cuídate mucho, te amo Alex —susurré lo más bajo posible para que Nathan no pudiera oírme.