—Hija, levántate —dijo Jaime.
—Necesito dormir, estoy muy cansada.
—Solo será un momento.
Abrí la puerta, y ahí estaban Jaime y Nathan parados en mi puerta, no los miré a los ojos y me volví a acostar, arropándome por completo con la colcha,
—Te tengo que pedir un favor, sé que nuestra relación se desmoronó, pero te prometo que solo quiero recuperar a mi hija.
—No soy tu hija.
—Yo te crie.
—Me arrebataste de mi verdadero padre, eso no te da derecho a llamarme hija.
—Algún día entenderás de que él no era un verdadero padre, vender a su propia hija por problemas de drogas…
—Es la misma mentira que le dices a las chicas que traes aquí como a Lupe.
—Ella es ingenua, cree cualquier cosa que le diga y ordene.
—Así como yo te creí por bastante tiempo.
—He cambiado, he recapacitado, y quiero que mi hija vuelva a confiar en mí.
—Eso no va a pasar, yo también he cambiado y para bien.
—Te puedo asegurar que tu padre también, solo debes darme una oportunidad.
—¿Quieres que te de una oportunidad?
—Es lo que todo un padre quisiera.
—Entrégate a la policía.
—Si lo hago no podrás ver mis cambios.
—Claro que sí, sería el cambio más genuino.
—No, el cambio lo verás día a día.
—Necesito dormir.
—Te espero en media hora en la cocina para desayunar juntos —dijo molesto.
No respondí. Jaime salió de mi habitación junto a Nathan y pude sentir paz de nuevo. Me levanté y me acerqué hasta la cajonera. Había escogido una ropa sencilla que tenía un olor distinto y no podía dejar de imaginar que quizás le había pertenecido a una de las chicas que raptó. Me tragué las lágrimas y bajé hasta la mesa principal donde me esperaba Jaime con un ramo de flores dentro de una jarra con agua; y Lupe parada alado de lo que sería mi silla. No podía evitar pensar en lo rico y apetecible que se veía el desayuno. Sonreí de la forma más falsa y me senté con desgana, cogí los cubiertos y Jaime me interrumpió.
—Así no te enseñé como cogerlos, por favor, no hay que perder la elegancia.
—Lo siento —dije, aunque me estaba riendo por dentro—. ¿Así te parece bien?
—Sí, así fue como te crie, ahora debemos agradecer a Dios por la comida.
—¿Lo dices en serio?
—Era nuestra tradición cuando estabas más pequeña, así que mi respuesta es sí —me miró como si esperara que yo empezara la oración.
Tragué saliva y repetí unas frases que siempre oía de los padres de Carlos, Jaime me sonrió. Terminé la oración y desayunamos, me permitieron repetir y la verdad es que tenía bastante hambre.
—La prenda que escogiste está perfecta, después de desayunar, iremos al jardín que está detrás de la casa.
—¿Jardín?
—Sí, está rodeado por un bosque. Te gustaba que te dejara columpiar.
—Basta, la mayor parte de cosas que me dices no recuerdo.
—Lo recordarás, así que te espero allá.
Jaime se levantó de la mesa, se limpió la boca con la servilleta y se dirigió al parque que había mencionado. Terminé mi jugo y miré a Lupe.
—¿Ya desayunaste?
—No, lo haré después de que se vayan —respondió Lupe.
—¿Por dónde tengo que salir?
—Por la puerta de vidrios que está al fondo.
—Gracias.
Me levanté y me dirigí al parque, miré a los alrededores y estaban Jaime y Nathan, no había notado lo alto que era; un metro ochenta y cinco, vestido con un traje n***o. Su mirada de ojos azules era penetrante, un aspecto muy varonil que le asentaba bien. Me acerqué a los columpios y esperé hasta que Jaime notara mi presencia.
—Señor —dijo el guardaespaldas.
—Gracias, Nathan. Los voy a presentar formalmente, Nathan es mi guardaespaldas personal, pero ahora tú serás su prioridad, ella es Adriana, mi apreciada e inocente hija, no puede pasarle nada y tampoco dejarás que escape.
—Entendido.
—Déjanos un rato a solas.
—Estaré en la sala por si me necesita.
—Perfecto.
Jaime me indicó con la mano que me sentara en el columpio, lo hice y él se colocó detrás de mí, para columpiarme. Por un momento olvidé lo que ocurría alrededor y quien tocaba mi espalda. La brisa acariciando mi rostro, me hacía sentir tranquila conmigo misma, olvidé por completo todas mis cicatrices y traumas y solo me dejé llevar.
—Adriana, mi Adrianita, he extrañado todo este tiempo a mi hija.
—No soy tu hija, no me acerco ni a un poco.
—Lo eres y un día lo admitirás.
—¿Me vas a matar si no lo llego a admitir?
—No.
La tarde transcurrió sin problema, él regresó a la sala principal y yo me quedé colummpiándome. Me pregunté que estará haciendo Alex. Sentí que alguien hacía más presión para columpiarme, su tacto era distinto y podía ver de rabillo que Jaime estaba dentro de casa.
—¿Nathan?
—Sí.
—¿No deberías estar con Jaime?
—No, mi prioridad es usted.
—Vamos Nathan, no tengo a donde ir.
—Tengo órdenes de estar con usted.
—¿Siempre hablas tan formal?
—Es parte de mi trabajo.
—Si te pido que algún día me tutees, ¿lo harías?
—No.
—¿Nathan?
—Sí.
—¿Has visto a las demás mujeres que trae Jaime?
—Sí.
—¿También has participado o visto algo?
—No, Adriana. Mi responsabilidad es la seguridad de su padre…
—Padrastro —lo interrumpí en seguida—. Él nunca será mi padre.
—Ahora se encuentra en un lugar seguro.
—Es lo que él quiere que crea.
—¿Usted qué cree?
—Que estaría mejor si no respirara más.
—El señor Jaime no lo permitiría.
—Es lo que tú crees.
—Yo no se lo permitiría.
¿A qué se refería?, ¿lo decía por el pacto que tuvo con mi padre? Su respuesta era sincera, pero ¿qué tan sincera? Dejé que me columpiara más hasta que comenzó a hacer frío. Él lo notó y me dio su saco, el cual parecía una batona de dormir para mi estatura. Me reí y él también cuando me vio por completo antes de entrar a la casa.