—No creo que haya mentido cuando hablaba de ti y expresaba lo mucho que quería volverte a ver —dijo Lupe.
—¿Lo estuvo planeando por mucho tiempo? —pregunté.
—Sí.
—Maldito bastardo —susurré asegurándome que no me escuchara—. No puedo creer que aún lo hiciera, Dios, después de tanto tiempo.
—No sé a qué se refiere, señorita.
—Es normal que no te lo haya contado, si lo hiciera, hubieses tratado de huir de aquí.
—También me comentó sobre la actitud que tomaría cuando regresara.
—Me conoce bien, pero ven, siéntate alado mío, te contaré una pequeña historia sobre su apreciada sala de estudio.
—No creo que sea conveniente, debe tener mucha hambre, ¿quiere que le prepare algo en específico?
—Yo estoy bien, ¿tú ya comiste?
—No se preocupe por mí.
—Entonces sigamos con la historia.
—¿Y si el señor Jaime regresa?
—No lo hará, cada mañana se va a las ocho, y regresa a las 7 de la noche, todos los días.
—Es impresionante.
—Sí, yo también me sorprendo de cuántas cosas recuerdo ahora, ¿no ha cambiado sus viejas costumbres?
—No.
—Comencemos, los quince de cada mes, él trae un grupo de chicas, y las obliga a entrar a su sala de estudio, les pide que se desvistan y que usen diferentes prendas de vestir para él y su apreciada cámara Nikon, las que él no las considera a la altura, las desecha; las demás, se quedan en esta casa, pero no por mucho tiempo, por lo general las tiene por uno o 3 años, y siempre les asigna una responsabilidad dentro de casa, como si fueran sus empleadas. Noté el rostro de sorpresa en Lupe y continué con la historia.
—Las que duran más tiempo son las que pasan por cosas aún peores, hombres desconocidos abusan de ellas…
—¡Oh, por Dios!
—Aún no termino, ¿sabes lo que les pasa a las que él desecha?
—¿Las que él desecha?
—Sí, nunca he podido verlo con mis propios ojos, pero sé que las mata…
—Señorita Adriana, no me asuste por favor.
—¿Aún lo defiende?
—Sí, el señor Jaime jamás me ha lastimado…
—¿No te obligaba a tener encuentros con hombres desconocidos?
—Sí, pero…
—Nada lo justifica, es abuso.
—Solo abusaron de mí para ayudar a mis padres con sus deudas.
—Pobre ingenua…
—Estoy segura de que pasó por lo mismo, porque sigue viva —Sentí como le había afectado que la llamara así.
—Sí, y pasé por cosas aún peores, logré escapar, pero él encontró la manera de recuperarme.
—Él se encariñó con usted, siempre ha hablado bien de usted y de cómo la adora.
La vi por un momento decepcionada, pero para nada sorprendida de su respuesta, Jaime había hecho un buen trabajo entrenándola.
—Créeme que hubiese preferido que me matara como a las que desechó por no estar a su altura —observé el terror en los ojos de Lupe—. Eres nueva, te falta mucho por vivir y acostumbrarte a la vida de aquí, además estoy segura de que la vestimenta de empleada te quedaba bien en la sesión de fotos.
—Sí.
—Regresar a este infierno ayuda a que mi memoria vuelva, ¿cuánto le debía tus padres a Jaime?
—Más de cincuenta mil, ya no teníamos cómo pagarle.
—¿Ellos viven?
—Esa fue la condición.
—¿Fue tu padre quien accedió a los planes de Jaime? —Lupe asintió—. Mi padre hizo lo mismo conmigo, supongo que no todos nacemos con padres perfectos.
—No lo juzgo, tampoco lo odio, me siento mucho mejor con Jaime.
—No sabes lo que dices, él contradecirá cada razonamiento que tengas, te hará creer que te ama como a una hija, pero es solo una ilusión, él necesita comportarse de esa forma para sentir que así tiene el poder.
—Solo espero poder reencontrarme con mi familia.
—¿Tienes hermanos?
—No, tuve un hermano mayor, pero murió al nacer.
—Debió ser muy duro para tus padres.
—Por eso me tuvieron a mí.
La noche cayó y un sonido en la puerta detuvo nuestra conversación, Lupe enseguida se paró y se colocó alado de la cocina esperando órdenes de Jaime, mientras que yo simplemente permanecí sentada en la mesa, ignorando su presencia, quien no dudó en hacerse notar y llamar mi atención.
—¿Te sientes como en casa? —preguntó Jaime.
—Nunca fue mi hogar, solo me tenías viviendo en una burbuja y sabes qué ya no soy esa niña ingenua.
—Te has convertido en una gran mujer.
—Prefiero regresar donde me tenías presa, a que soportar un minuto más de tu presencia.
—Y muy malcriada de hecho, no deberías comportarte así con la gente que te quiere. Tu cuarto está en el tercer piso mano derecha, número dieciséis.
—Me retiro a mi cuarto padre… —dije sarcásticamente, lo que emocionó mucho a Jaime, pese a mi tono burlón.
Subí a mi nuevo cuarto y me encerré en él, me tiré a la cama y no paraba de llorar, pensé varias veces en como provocar mi muerte y aun así no me atrevería, sigo siendo la cobarde de siempre, todo me cambió, la Adriana de hace años, hubiese buscado la forma de cómo terminar con sus días. Estar sola y no ver a Alex me deprimía. Cerré mis ojos, intentado dormir, pero la voz de Nathan fuera de mi habitación me detuvo.
—No quiero que te despegues ningún minuto de ella, cuidarás de ambos, pero tu prioridad de ahora en adelante será ella, es terca, grosera y desobediente.
—Lo he notado, señor.
—Nos dará dolor de cabeza más de una vez, y no quiero que se escape.
—Entendido, señor.
—Si necesitas usar la fuerza, hazlo.
—Entendido.
—Te puedes ir a tu habitación.
La puerta del cuarto de Jaime sonó y sabía que ya se había encerrado en su cuarto. Me coloqué de nuevo las zapatillas y salí de mi habitación sin hacer mucho ruido. Al hacerlo me choqué con un cuerpo más alto que yo.
—¿Nathan? —pregunté confundida intentándolo ver en la oscuridad.
—Señorita Adriana, ¿a dónde va?
—Solo quiero un vaso de agua.
—La acompaño.
—No es necesario, conozco el camino…
—La acompaño —me interrumpió sosteniendo de mi brazo con fuerza.
—No tiene que ser rudo conmigo.
Bajamos las escaleras, él sosteniendo de mi brazo, prácticamente parecía mi padre llevándome hasta la cocina y sirviéndome un vaso de agua.
—¿Está bien fría?
—Sí.
Me deslizó el vaso de agua y él se sirvió otro.
—¿Quién eres?
—Nathan.
—Sabes que no me refiero a eso.
—No estoy autorizado a decirlo.
—¿Por qué no fue a su habitación?
—Así que lo oyó todo, entonces ya conoce la respuesta sobre quien soy.
—Apenas los pude oír.
—La oí varias veces moverse en su cama, supuse que no podía dormir.
—Supuso bien.
—Regresemos, necesita dormir.
—¿Me llevará de nuevo del brazo?
—Solo si me provoca.
—Así que eres de la misma calaña que él.
—Señorita, provocarme no hará que consiga que las cosas funcionen como usted quiere.